El precio de una segunda oportunidad

Life Lessons

El precio de la segunda oportunidad

Álvaro se plantó frente a Jimena, inclinándose levemente hacia delante, suplicándole con cierta dulzura casi profesional: ahora mismo parecía dispuesto a disfrazarse de corderito manso con tal de que su mujer soltara prenda.

Venga, cuéntamelo todo. Te juro que no me voy a enfadar dijo con voz suave, pero su mirada decía lo contrario. A Jimena le recorrió un escalofrío por la espalda: reconocía aquella sombra de sospecha en los ojos de su marido y ya sabía a dónde llevaba. Además, te recuerdo que en esa época estábamos divorciados añadió él en un tono más bajo, como quien menciona la cláusula pequeña de un contrato.

Jimena suspiró como si le estuviera pasando una factura, se mordió el labio y sintió cómo le burbujeaba la indignación. ¡Vaya paliza siempre con lo mismo! El mismo interrogatorio día tras día, el mismo runrún… Intentó contenerse, pero la paciencia tiene la cuerda más corta que el verano en Burgos.

¡Na-da! ¡No hubo nada! ¿De verdad vas a estar preguntando lo mismo cada mañana y cada noche? le salió la voz un pelín más alta, de esas que retumban en las paredes del piso y resucitan recuerdos no deseados. ¿Por qué accedió a darles otra oportunidad? Sus amigas la alertaron: “Jimena, estos hombres pocas veces cambian”. Pero en aquel momento prefería creer en el poder redentor del amor antes que en la experiencia ajena.

De golpe, Álvaro cambió el tono. La dulzura desapareció y la sorna se le hizo noche oscura en la voz.

Mira que se lo pregunto a Lucía soltó con firmeza de tertuliano en programa de sobremesa. A la niña no le cuesta nada decirme la verdad.

Sus palabras le atravesaron el alma a Jimena. Se le encendieron las mejillas y el filo del enfado hizo temblar su voz:

¡Pues adelante! Pero no olvides que tiene cinco años y el año pasado estuvo con más canguros que la casa real tiene primos. ¡Tenía que trabajar para mantenerla, no sé si te acuerdas! ¿A ti qué más te da con quién quedé o a quién conocí? ¡No es asunto tuyo, chaval! Álvaro, en serio, llevas un mes tocándome las narices Me fui de tu lado una vez, ¿te crees que no me atrevería una segunda?

Álvaro se quedó helado durante un microsegundo, sorprendido por la firmeza. En su cara apareció una incertidumbre fugaz, pero enseguida disimuló con sarcasmo:

¿Y vas a tener para el billete de tren o de AVE? ironizó, levantando una ceja.

Pero al ver cómo palidecía Jimena, rectificó a trompicones.

Perdona, no era lo que quería decir. Es que a veces me dejas flipando, en serio. Yo de verdad pensaba no ponerme celoso. Piénsalo, por favor.

Sin pensarlo mucho más, Jimena cogió lo primero que tenía a mano un cojín del sofá y se lo lanzó de pleno a Álvaro cuando este ya salía del salón. El cojín no hizo daño, tan solo rozó su amor propio.

Álvaro abrió la boca para devolver la pulla, pero entonces apareció Lucía.

Vestida con un vestido rosa lleno de volantes, la niña se lanzó a los brazos de su padre con el entusiasmo propio de quien acaba de ver a los Reyes Magos.

¡Papi, papi, has vuelto! ¡Te he echado un montón de menos! balbuceó a mil por hora.

Álvaro contempló a Jimena con aire triunfal, como quien dice: “Ya ves de qué lado está la niña”. Lanzó una mirada rápida y casi altiva a su mujer, pero cuando volvió a atender a Lucía, se le ablandó la cara. Ahora sí hablaba como un padre empalagoso y feliz.

Vamos, chiquitina, vamos a jugar le dijo mientras alzaba a la pequeña entre risas y saltos. Que mamá pueda descansar un rato, que está agobiada.

Jimena se apoyó en la encimera, retorciendo sin piedad el trapo de cocina. Le dolía hasta la puntita del alma: “Estupendo, ahora va a poner también a la niña en mi contra”, pensó para sí, aguantando como podía no romper a llorar. Pero no más, se dijo. Ya está bien, esto no puede seguir.

Ya estaba decidido: en una semana le darían el diploma de competencias digitales después de tanto curso online, ¡por fin!. En cuanto lo tuviera, lo primero que haría sería mirar vuelos. A cualquier sitio, con tal de largarse bien lejos. Álvaro se equivoca si piensa que no tiene un euro y que por eso va a seguir aguantando. Que estamos en el siglo XXI, hombre: hay trabajo online para dar y tomar, solo hay que asomarse a InfoJobs.

Se soltó del fregadero y se acercó despacio a la ventana, soltando el trapo. Miró la calle bulliciosa: la Gran Vía con su tráfico de siempre, los escaparates encendiendo luces y los abuelos yendo y viniendo a por el pan.

Por lo menos algo bueno tiene Madrid murmuró. Aquí están bien valorados los títulos, y trabajo hay de sobra. Y en cualquier ciudad, vamos.

De pronto se sintió ligera como una pluma. Por primera vez en años, tenía un plan. Solo quedaba esperar el diploma, hacer la maleta y empezar de cero con Lucía

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¿Por qué demonios accedió a volver con Álvaro? Ni ella misma lo sabía exactamente. Quizá porque se lo rogó con una sinceridad tan teatral, jurando por la catedral de Burgos y el Bernabéu juntos que había cambiado y sería el mejor marido y padre del mundo. En su momento, Jimena quiso creer. Quiso creer en los paseos los tres por el Retiro, los cumpleaños multitudinarios y los proyectos de futuro lanzados entre risas.

Pero a los pocos días todo empezó de nuevo. Jueguecitos, desconfianza, preguntas a todas horas: “¿Dónde estabas?” “¿Por qué has tardado tanto?” “¿Y esa llamada del móvil?”. Y sin que hubieran mediado ni infidelidades ni grandes tragedias Solo celos, celos de campeonato. Álvaro la celaba hasta del contable de la comunidad de vecinos. Salir a buscar curro era imposible: habiendo hombres en la oficina, menudo “peligro”. Ir sola a casa de sus padres, ni hablar: “Que si el vecino se te queda mirando, que si te abre la puerta muy sonriente”.

Salir con amigas también fue languideciendo. Primero refunfuñaba, luego se encaraba:

Vuestras amiguitas, lo que buscan es piropear a los tíos y coquetear, no me vengas con cuentos y seguía rumiando.

¡Que son libres y pueden salir con quien quieran! rebatía Jimena, defendiendo a sus amigas, aunque aquello solo sirviera para echar más leña a las discusiones. ¡También merecen ser felices!

Pues que den el mal ejemplo solteras, no a ti sentenciaba Álvaro.

Al final, las amigas se cansaron. Empezaron a llamar menos y desaparecieron del mapa. Acabó sola, hablando solo con sus padres a una hora prudente y con Lucía pidiendo la cena mientras Jimena se preguntaba quién más en Madrid estaría así de sola.

Un día, mientras Jimena suplicaba a la niña que comiera algo de puré (la cría hacía auténtica escultura con la cuchara), Álvaro dejó caer:

Va siendo hora de encargar el hermano, ¿no?

Jimena se quedó con la cuchara a medio camino. Por si fuera poco, Lucía volcó el plato y se rió de lo lindo. Jimena limpió resignada, agotada, la mirada perdida mientras su marido, ajeno a todo, seguía tan ancho:

Te veo con mucho tiempo libre. Y ahora, con eso de los cursitos Para currar tampoco te va a servir mucho.

A Jimena se le hizo un nudo en el estómago. Quería desarrollarse, aprender, tener una ventanita al mundo, aunque fuera online. Pero ahí estaba el oráculo de la inutilidad.

Fuera de coñas, Álvaro. Yo solo quiero aprender, ¿de verdad eso te molesta? susurró intentando no llorar.

Nada, nada, todo eso es porque no tienes demasiado que hacer. Cuando venga el niño, verás si tienes tiempo para tonterías remató él, como si estuviera proponiendo su mejor plan estratégico.

A Jimena solo le quedaba pensar en protegerse. Aquel comentario fue el remate: empezó a buscar información sobre métodos anticonceptivos ocultos. Tenía que protegerse, buscar una salida, un plan de huida si la cosa se ponía peor.

La gota que colmó el vaso fue el veto a la fiesta de cumpleaños de su hermano: “Allí habrá mucho hombre suelto, y no me fío”, dictaminó Álvaro. Ella intentó razonar, decirle que eran solo parientes nada, al muro.

Hasta que un día, mientras él estaba en el trabajo, hizo la maleta, preparó las cosas de Lucía y llamó a su hermano. Él se presentó en casa con una furgoneta y entre caja y caja, le bastó un me voy para entenderlo todo.

Se marcharon casi sin hacer ruido. En la cocina, Jimena dejó una nota escueta: Perdona, pero así no puedo más. Quiero que Lucía crezca en paz.

Ese mismo día pidió el divorcio.

El trámite lo llevaron en el juzgado. Álvaro, haciendo de fiscal, exigió el periodo de reflexión, la paz mental y hasta la última cucharilla de café. Acusaba a Jimena de ser una madre desagradecida, egocéntrica. Fue duro, se sobrepasó, interrumpió y montó el número.

La jueza, una señora de pelo blanco recogido en moño y más paciencia y sorna que una librera de toda la vida, escuchó a ambos y negó el periodo de reconciliación.

No veo que aquí quede familia que salvar. Y le doy la enhorabuena, Jimena, por haber aguantado cinco años en semejante estrés dijo con voz cansada y fraternal.

Jimena asintió, aliviada. Por fin había hecho lo correcto.

Después, se fue a casa de sus padres, encontró trabajo y empezó a reconstruirse. El cambio fue duro: maletas, viajes con la niña, explicaciones, empezar de cero pero cuando pisó el recibidor de la casa familiar, se quitó una losa de dos arrobas de la chepa.

Se apuntó a cursos de diseño gráfico algo que siempre le había apetecido y que a Álvaro le parecía una marcianada. Ahora, Jimena se empapaba de tutoriales, hacía sus bocetos y experimentaba con tipografías como una cría con rotuladores.

Poco a poco fue haciendo nuevas amistades: compañeras del curso, madres del parque, alguna vecina apañada… Incluso se animó a alguna cita: un café, charla insustancial y la primera risa espontánea en años. Por fin tenía la sensación de ser ella misma, sin miedos ni cadenas.

Por las tardes se acomodaba en la terraza de la casa familiar, sorbiendo infusiones de menta en su taza de flores. Lucía corría con sus primos por el jardín, organizaban expediciones para alimentar palomas y construir cabañas con tablas viejas. La niña reía a carcajadas, y Jimena descubría una felicidad ingenua y contagiosa.

“Así se vive pensaba con el corazón en paz, sin gritos ni acusaciones ni miedo al error. Solo vivir, disfrutar los detalles y ver crecer a mi hija feliz”.

La cosa se fue asentando. Jimena planeaba acabar los estudios, empezar con encargos pequeños, tal vez alquilar un piso cerca de sus padres Hasta que, un año después, reapareció Álvaro.

De lo más insospechado, comprando manzanas en el Mercado de San Miguel, sintió que la observaban. Giró la cabeza y allí estaba. Álvaro, algo desmejorado, con cara de no haber pegado ojo y unos kilos menos. Pero el mismo brillo escrutador de siempre.

Jimena murmuró con voz insólitamente baja. Te he estado buscando.

Ella se defendió aferrándose al cesto como si fuera un escudo medieval.

¿Para qué? respondió intentando parecer más tranquila de lo que estaba.

He cambiado insistió él, dando un par de pasos pero manteniendo la distancia, como si negociara con una cabra montesa. Me he dado cuenta de que os he perdido, y bajó la voz no puedo vivir sin vosotras.

Jimena tragó saliva. Los recuerdos la asaltaron: el primer beso en un tormentón, los cuentos de Lucía al calor del brasero, las risas tontas en camisón Un puñado de imágenes hermosas y ahora lejanas.

Solo pido otra oportunidad suplicó Álvaro. Una. Te lo juro, no volveré a ser como antes.

De alguna forma, logró convencerla de su arrepentimiento verdadero. Y la niña, además, echaba un de menos al padre que daba pena. Lucía lo preguntaba a diario: “¿Cuándo viene papi?”, “¿Nos ha olvidado?”, “¿Podemos llamarle hoy?”. Hasta dibujaba a la familia junta y Jimena sentía el corazón apretar con cada dibujo.

Accedió, con una condición: nada de matrimonio. Al menos hasta comprobar que el cambio era real.

Sin anillos ni papeles aclaró Jimena, muy en plan eficiencia administrativa. Y se acabó lo de aislarme de mi gente y vigilar mi móvil. Lo pillas, ¿verdad?

¡Perfecto! Lo que tú digas aplaudió Álvaro, tan servicial que daba que pensar.

De ahí, se mudaron a Valencia más lejos imposible. Al principio fue todo emocionante: ciudad nueva, orxata, buen tiempo pero pronto a Jimena le sonó la alarma. De repente, estaba más sola que una aceituna en una paella. Sin amigas, sin red, los horarios hacían imposible llamar a casa y siempre con Álvaro por medio en las videollamadas.

Y lo peor, la dichosa duda: durante el año de divorcio, ¿Jimena habría estado con otro? Álvaro machacaba con el tema como si fuera el estribillo de una canción pesada:

Venga, confiésame, ¿tuviste algo? No me voy a enfadar, en serio. Solo cuéntamelo.

Le explicaba, cada vez más resignada, que no tuvo tiempo ni ganas de nada, pero él a lo suyo:

Lo noto en tu forma de hablar. Seguro que hubo algo.

Le cotilleaba el móvil, vigilaba WhatsApps, preguntaba a cada mensajero o vecina con entusiasmo de portero de finca.

Tampoco es normal que ayer hablaras tanto con la vecina ¿Qué te dijo? ¿Por qué tan largo el recado?

Un día, al acostar a Lucía, saltó todo por los aires.

Ya estamos con WhatsApp otra vez, ¿eh? le arrebató el móvil, con ese aire de detective barato. ¿Quién es Marta? ¿No será tu ligue secreto?

¡Dámelo ya! exigió Jimena, temblándole la voz de indignación. Es mi amiga. Vamos al parque mañana con los críos. ¡Te lo he contado mil veces!

Amiga, claro. ¡Y encima poniendo emoticonos! se burló él. Eso es que flirteas.

¿Pero tú te escuchas? le espetó, mientras bajaba la voz para no despertar a la niña. ¿¡Hasta cuándo este rollo?! Te di una oportunidad porque quería creer que de verdad habías cambiado. Pero sigues igual que siempre: controlando, sospechando Nada ha cambiado.

Álvaro se quedó tieso como una figura de Lladró. Hubo un silencio, una chispa de culpa en los ojos, pero enseguida volvió el rictus duro.

Si no ocultas nada, ¿qué problema en enseñármelo?

Se acabó zanjó ella, recuperando el móvil y tomando distancia. Advertí que no lo consentiría. Este no era el trato.

¿Y adónde piensas irte? dijo él, altivo y seguro. Sin dinero, sin trabajo fijo ¿cómo piensas apañarte?

Te equivocas ella se irguió, sacando una fuerza de donde no sabía que tenía. Ya tengo títulos, ya hago cosas por mi cuenta. Marta me ha pasado encargos de diseño pequeños, sí, pero pagan en euros y no en abrazos. Y ¿sabes qué? Ya no tengo miedo. Ni a la soledad ni a empezar de cero. Ahora sé que puedo sola.

Justo entonces escucharon la vocecilla de Lucía desde la habitación:

¿Mamá? ¿Por qué gritas?

Jimena entró en la habitación y se agachó junto a su hija, abrazándola y acariciándole el pelo suavemente.

Tranquila, mi vida. Solo que mamá ha decidido que nos vamos de viaje a un sitio con mucho sol y columpios y verde, ¿quieres?

Lucía medio dormida asintió y se acurrucó en su pecho.

Álvaro los miró desde la puerta. De repente, parecía perdido, inseguro por primera vez en mucho tiempo.

¿De verdad te vas a ir? susurró.

Sí afirmó ella, acariciando suavemente a su hija. Para siempre. Necesitamos tranquilidad y con contigo no es posible. Lo siento.

***********************

Álvaro lo intentó todo: súplicas, chantajes, amenazas leves pero Jimena fue inamovible. Cada vez que él llamaba o escribía, ella respondía lo mismo: Todo ha terminado. Es definitivo.

Lucía lo pasó mal al principio. Preguntaba mucho por papá, se le escapaba alguna lágrima a escondidas, pero Jimena la rodeó de afecto, buscó un piso bonito, cerca del Retiro, con luz y hasta con balcón para plantar geranios. Poco a poco, Lucía lo llenó de vida con sus dibujos y nuevas amigas del parque y de la escuela de arte a la que Jimena la apuntó. Allí enseguida encontró compañeras, risas y ganas de jugar, y así fue olvidando las peleas de sus padres.

Al principio, Álvaro llamaba todos los días. Se esforzaba en sonar alegre: ¿Qué has pintado hoy? ¿Habéis ido a la Casa de Campo? ¿Qué tal con mamá?. Al poco, las llamadas fueron espaciándose. Un día sí, otro no y después solo mensajes-plantilla: Buenos días, princesa, cuídate mucho y media docena de euros al mes, que apenas cubrían el estuche de ceras. Se fue dando cuenta de que a Jimena no iba a convencerla otra vez.

Y así, Jimena empezó a respirar tranquila. Por fin era libre. Paseaba con Lucía cada tarde por el parque, hacían picnic junto al estanque, recogían hojas o volaban cometas. Lucía reía a carcajadas y Jimena sentía que, aunque tardó, eligió bien.

No fue fácil: buscar trabajo, adaptarse al piso nuevo, estirar cada euro pero la paz y la libertad no tienen precio. Ahora solo reinaban la calma, la risa y la alegría sencilla. Un mundo nuevo, propio, sin miedo, sin celos, sin reproches, hecho de segundos, de oportunidades y de esperanza.

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