Life Lessons
“אשתך כבר יצאה משליטה. תסביר לה איך ראוי להתנהג” – חינכה חמותו של מקסים
01
אישתי שלך נהייתה חוצפנית ממש. תסביר לה איך מתנהגים, הנחתה לאה, אמו של מתן. מיכלה, מחר חנוכת בית שלי! הזמנתי כל כך הרבה אנשים, וכמו שאת יודעת, בדירה החדשה
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Actualización disponible La primera vez que el móvil se iluminó de rojo fue en clase. No solo se encendió la pantalla: todo el cuerpo, ese viejo ladrillo arañado de Andrés, parecía incandescente por dentro, como una brasa encendida. — Tío, te va a explotar el móvil —susurró desde la mesa de al lado Álex, apartando el codo—. Te lo dije: no instales esas versiones pirata. La profe de econometría estaba garabateando en la pizarra, el aula zumbaba en voz baja, pero el resplandor escarlata traspasaba incluso la tela de la chaqueta vaquera. El móvil vibraba. No a trompicones: constante, como un latido. “Actualización disponible”, leía en la pantalla cuando Andrés, sin poder resistirlo, lo sacó del bolsillo. Bajo el mensaje, el icono de una app nueva: un círculo negro con un símbolo blanco muy fino, que parecía una runa o quizá una letra “M” muy estilizada. Parpadeó. Íconos así había visto cientos: minimalismo, tipografía moderna, todo de tendencia. Pero algo se le encogió por dentro, como si esa aplicación le estuviera mirando. Nombre: “Mirra”. Categoría: “Herramientas”. Tamaño: 13,0 MB. Valoración: ninguna. — Instálala —susurró alguien a su derecha. Andrés se estremeció. A su lado solo estaba Clara, absorta en sus apuntes. No levantó la vista. — ¿Cómo? —él se inclinó hacia ella. — ¿Qué? —Clara apartó la mirada del cuaderno—. No he dicho nada, ¿eh? La voz no era masculina ni femenina, ni susurro ni sonido. Simplemente apareció en su cabeza, como una notificación emergente. “Instálala”, repitió la voz mental, justo cuando la pantalla le ofreció: “Instalar”. Andrés tragó saliva. Él era de los que se apuntan a betas, cambian ROMs, toquetean ajustes que ni Dios conoce. Pero esto… incluso para él era raro. Y, aun así, su dedo pulsó solo. Se instaló al instante, como si la app ya existiera en el sistema y solo esperara autorización. Sin registro, sin iniciar sesión con redes sociales, nada de permisos. Sólo pantalla negra y una frase: “Bienvenido, Andrés”. — ¿Cómo sabes mi nombre? —se le escapó en voz alta. La profesora se giró, mirándole por encima de las gafas. — Joven, si ya ha acabado la conversación con su móvil, ¿quiere volver a la curva de demanda, por favor? La clase se rió bajo cuerda. Andrés farfulló una disculpa y guardó el móvil, pero no podía apartar los ojos de esa línea en la pantalla. “Primera función disponible: Desplazamiento de probabilidad (nivel 1)”. Debajo, un botón: “Activar”. Y en letra pequeña: “Atención: el uso de la función altera la estructura de los acontecimientos. Pueden producirse efectos secundarios.” — Ya claro —musitó—. Lo que me faltaba, firmar con sangre. Le pudo la curiosidad. “¿Desplazamiento de probabilidad?” Sonaba a típico generador cutre de “buena suerte”: anuncios, robas datos, como mucho alguna notificación de “has ganado un iPhone”. Pero el resplandor escarlata seguía en el chasis. El móvil estaba caliente, casi vivo. Andrés lo acercó a la pierna, lo tapó con el cuaderno y pulsó el botón. La pantalla tembló, como agua bajo el viento. El mundo, por un instante, se volvió más silencioso. Los colores parecían saturados. Un pitido raro retumbó, como si rozaran una copa de cristal. “Función activada. Seleccione objetivo.” Debajo, un cuadro de texto y sugerencia: “Describa el resultado deseado (breve).” Andrés se quedó quieto. Era una tontería, pero… ya empezaba a parecer inquietantemente real. Miró alrededor. La profe agitaba un rotulador ante la pizarra, Clara anotaba algo, Álex dibujaba un tanque a lápiz en la libreta. “Bueno, vamos a probar”, pensó. Escribió: “Que no me pregunten hoy en clase.” Los dedos le temblaban. Pulsó “OK”. El mundo dio un respingo. No fue un salto, ni un rugido: como si el ascensor bajara un milímetro y se detuviera de golpe. Le pesaron los pulmones. “Probabilidad corregida. Resto de uso de la función: 0/1.” — Entonces… —dijo la profesora girada hacia la clase—. ¿Quién va por lista…? Andrés sintió un frío en el estómago. Sabía que diría su apellido. Siempre que se lo planteaba, acababa siendo su turno. — …Covarrubias —dijo ella—. ¿No está? Llega tarde, como siempre. Bueno, entonces… Su dedo bajó por la lista. Se detuvo. — Pérez. A la pizarra. Clara resopló, cerró el cuaderno y se acercó roja como un tomate. Andrés se quedó sin sentir las piernas. En su cabeza latía: “Ha funcionado. Esto… ha funcionado”. El móvil se apagó suavemente y dejó de brillar. Salió de la facultad aturdido, como tras un concierto. El viento de marzo levantaba polvo, el asfalto relucía de charcos, una nube gris y densa pesaba sobre la parada del bus. Andrés caminaba absorto en la pantalla. La app “Mirra” seguía ahí, icono como uno más. Sin valoraciones, sin descripción. En ajustes, nada. Como si no ocupase espacio ni tuviera caché. Lo único seguro era que había visto al mundo temblar. Cambiar. “Quizá ha sido una coincidencia”, se repetía. “O la profe realmente no quería preguntarme. O se acordó de Covarrubias a última hora”. Pero una idea le rondaba: ¿y si no? El móvil pitó. Nueva notificación: “Disponible nueva actualización de Mirra (1.0.1). ¿Instalar ahora?” — Vaya prisa —murmuró Andrés. Pulsó “más información”. Salió el mensaje: “Arreglos de errores, mejora de estabilidad, nueva función: Mirada a través”. De nuevo, ni desarrollador, ni versión de Android, ni la clásica parrafada de texto. Solo esa frase seca y extrañamente sincera: “Mirada a través”. — Ni de coña —dijo, y pulsó “posponer”. El móvil protestó con un pitido y se apagó. Un segundo después se encendió, brilló esa luz roja y mostró: “Actualización instalada”. — ¡Eh! —Andrés se detuvo medio en la acera—. Pero si yo… La gente le esquivaba. Un anuncio rodó hasta sus pies, pegándosele. “Función disponible: Mirada a través (nivel 1).” Descripción: “Permite ver el estado real de personas y objetos. Radio de acción: 3 metros. Tiempo máximo: 10 segundos seguidos. Coste: aumento de retroalimentación”. — ¿De qué retroalimentación hablas? —un escalofrío le bajó por la espalda. El móvil no respondió. Solo iluminó suavemente el botón: “Prueba”. No aguantó hasta casa. En el autobús, apretado entre una señora con una bolsa de patatas y un chaval con mochila, Andrés miraba las calles correr tras la ventanilla, hasta que la mirada volvió a la app Mirra. “Solo diez segundos, es para ver qué hace”, se animó. Abrió la app y pulsó “Prueba”. El mundo pareció exhalar. Los ruidos se amortiguaron, como bajo el agua. Los rostros resaltaban, más nítidos, y sobre cada uno palpitaban hilos, casi invisibles: algunos enmarañados, otros tenues. Andrés parpadeó. Los hilos desaparecían en el aire, se entrelazaban. Los de la señora eran apretados, grises, algunos quemados. Los del chaval, azul eléctrico, temblorosos. Miró al conductor: sobre la cabeza, un nudo espeso de cables negros y oxidados, como un gran cordón que se perdía en la carretera. Algo se movía dentro. — Tres segundos —murmuró Andrés—. Cuatro… Bajó la vista a sus manos. De las muñecas, bajo la chaqueta, subían hilos rojos, vibraban con luz. Pero uno, grueso, rojo oscuro, iba directo al móvil. Y cada segundo engordaba. Le dolió el pecho. El corazón se trastocó. — ¡Ya basta! —pulsó la pantalla, apagando la función. El mundo volvió a tirones. Los ruidos golpearon: motor, risas, frenos. Le dio vueltas la cabeza. “Prueba terminada. Retroalimentación incrementada: +5%.” — ¿Qué significa eso…? —Andrés apretó el móvil contra el pecho. Otra notificación: “Actualización Mirra (1.0.2) disponible. Recomendado instalar.” En casa estuvo un buen rato sentado sobre la cama, mirando el móvil sobre la mesa. Habitación diminuta: cama, escritorio, armario, ventana a un patio ruinoso. En la pared, el viejo póster de la Estación Espacial que puso en bachillerato. Madre de turno nocturno, padre, de camión quién sabe dónde. La soledad llena la casa de polvo. Normalmente Andrés ponía música, series. Hoy, el silencio resaltaba el retumbar de su propio corazón. El móvil parpadeaba: “Instala la actualización de Mirra para un funcionamiento correcto”. — ¿Correcto, el qué? —le preguntó a la pantalla—. ¿Lo que haces a la gente? ¿A las calles? ¿A mí? Recordó el cordón negro sobre el conductor. Y la cuerda roja enganchada a sus muñecas. “Coste: aumento de retroalimentación.” — ¿Retroalimentación de qué? —repitió Andrés, aunque ya intuía la respuesta. Siempre creyó que el mundo era una maraña de probabilidades. Que si sabías cuándo empujar, podías torcer el resultado. Pero jamás pensó que le pondrían en la mano una herramienta para hacerlo, literal. “Si no instalas la actualización”, apareció una línea superpuesta, “el sistema compensará por sí solo”. — ¿Qué sistema? —Andrés se puso en pie—. ¿Tú quién eres? La respuesta llegó en sensaciones, no en palabras, como un código emocional: “Soy la interfaz. Soy la app. Soy el medio. Tú, el usuario”. — ¿Usuario de qué? ¿Magia? —se le escapó media sonrisa. “Llámalo así, si quieres. Red de probabilidades. Flujos de sucesos. Te ayudo a cambiarlos.” — ¿Y el coste? —Andrés apretó el puño—. ¿Qué es la retroalimentación? Animación en pantalla: un hilo rojo que engorda y empieza a enredar la silueta de una persona, hasta estrujarle. “Cada cambio refuerza el vínculo entre tú y el sistema. Cuanto más retuerces la realidad, más ésta te retuerce a ti.” — ¿Y si…? “Si paras, la conexión queda. Si no actualizas, el sistema buscará equilibrio. Contigo.” El móvil vibró como de llamada. Nueva notificación: “Actualización Mirra (1.0.2) lista. Nueva función: Anulación. Corregidos errores críticos.” — ¿Anulación de qué? —musitó. “Permite deshacer una intervención. Una vez.” Recordó el bus. El cordón negro del conductor. Los hilos. Su propio hilo hinchado. — Si instalo esto… —dudó. “Podrás anular una de tus acciones. Pero el coste…” — Siempre hay coste —rió amargamente. “Coste: redistribución de probabilidades. Cuanto más intentas corregir, más distorsiones generas.” Se sentó en la cama, codos en las rodillas. De un lado, el móvil que ya había cambiado aunque fuese una hora, una clase. Del otro, el mundo donde siempre fue uno más, a la deriva. — Yo solo quería no contestar en clase —le dijo a la nada—. Un deseo pequeño. Y ya… Fuera, una sirena ululó, hacia la autopista. Andrés tembló. “Se recomienda instalar la actualización. Sin ella, el sistema puede comportarse de forma inestable.” — ¿Qué significa “inestable”? —preguntó. Silencio. Supó del accidente una hora después. Vídeo viral: en el cruce de la universidad, un camión arrolló un bus. Comentarios: “el conductor se durmió”, “fallo de frenos”, “otra vez las carreteras”. En el fotograma parado, el mismo bus. Matrícula igual. El conductor… Andrés no pudo mirar más. Se le heló el pecho. Apagó la tele, pero la imagen se repetía: el cordón negro, las hebras moverse. — ¿He sido yo? —casi no le salió la voz. El móvil se encendió a solas. En pantalla: “Evento: accidente en el cruce Avda. Castilla/Princesa. Probabilidad antes de intervenir: 82%. Después: 96%”. — Aumenté la probabilidad… —apretó los puños. “Todo cambio en la red de probabilidades tiene efectos en cascada —decía el texto—. Redujiste la probabilidad de ser preguntado en clase. Otra probabilidad se cargó en otro lado.” — ¡Pero yo… no lo sabía! —gritó. “La ignorancia no rompe el vínculo.” La sirena se aproximaba. Andrés miró por la ventana. Patios abajo, luces azules: ambulancia, policía. Gritos. — ¿Y ahora qué? —sin apartar la mirada. “Instala la actualización. La función Anulación te permitirá reajustar la red. Parcialmente.” — ¿Parcialmente? Has mostrado que cada acción aquí resuena allá. Si anulo algo, ¿qué salta después? ¿Un avión? ¿Un ascensor? ¿La vida de alguien? Silencio. Solo el cursor parpadeando. “El sistema siempre busca equilibrio. La única diferencia es si formas parte del proceso.” Andrés cerró los ojos. Le llegaron rostros del bus. La señora de las patatas. El chaval. El conductor. Y él mismo, viendo los hilos y sin hacer nada. — Si instalo la actualización y uso Anulación… —empezó—. ¿Podré deshacer lo que hice en clase? ¿Volver la probabilidad al principio? “En parte. Podrás deshacer una acción concreta. La red se reconfigurará. Pero no garantiza que no surjan otros daños.” — Pero… igual aquel bus… —no terminó. “La probabilidad cambiará.” Miró el botón “Instalar”. Los dedos temblaban. Tenía dos voces: una decía que no debía jugar a Dios, la otra que no podía quedarse parado tras intervenir. “Ya estás dentro —susurró Mirra—. La conexión existe. No hay marcha atrás, solo puedes elegir dirección”. — ¿Y si decido no hacer nada? —preguntó. “Entonces el sistema seguirá actualizándose sin ti. Pero el coste recaerá sobre ti.” Recordó el hilo escarlata, cada vez más gordo. — ¿Cómo… cómo se nota? —susurró. La respuesta fueron imágenes: él, envejecido, mirada apagada, en esa misma habitación, móvil en mano. Alrededor, caos de sucesos que no eligió pero sí pagó: accidentes aleatorios, derrumbes, fortunas y desgracias cercanas que le marcan como cicatrices invisibles. “Serás el punto de compensación. El nudo por el que fluyen las distorsiones.” — O sea, o actúo un poco o soy… ¿un fusible? Vaya elección. El móvil no respondió. Instaló la actualización. Al posar el dedo, el mundo volvió a temblar, más fuerte. Todo se oscureció un instante, le zumbaban los oídos, creyó que su cuerpo se disolvía, parte de un organismo gigante. “Actualización Mirra (1.0.2) instalada. Nueva función: Anulación (1/1)”. En pantalla: “Seleccione intervención a anular”. Solo apareció una: “Desplazamiento de probabilidad: no ser preguntado en clase (hoy, 11:23)”. — Si anulo esto… —musitó. “El tiempo no retrocederá. Pero la red se ajustará como si esa acción nunca hubiera existido.” — ¿El bus? “La probabilidad de que estuviera en el accidente, cambiará. Pero lo ya ocurrido…” — Lo entiendo —le interrumpió—. No salvo a quienes ya… Se le quebró la voz. “Pero sí puedes evitar que caigan otros después”. Estuvo mucho rato en silencio. Fuera, la sirena calló. El patio recobró su gris rutina. — Vale —dijo—. Anular. El botón brilló. Esta vez el mundo no se estremeció: se enderezó, como si de repente calzaran una pata coja de la mesa. “Anulación realizada. Función agotada. Retroalimentación estabilizada por ahora.” — ¿Ya está? ¿Eso es todo? “Por el momento, sí.” Cayó en la cama. Vacío por dentro. Ni alivio ni culpa, solo agotamiento. — Dime la verdad —habló al móvil—. ¿De dónde has salido? ¿Quién creó esto? ¿Qué loco le dio esto a la gente? Larga pausa. Finalmente, apareció: “Disponible nueva actualización Mirra (1.1.0). ¿Instalar ahora?” — ¿Te estás quedando conmigo? —Andrés se puso en pie—. Yo acabo de… acabo… “En la versión 1.1.0 se añade función: Previsión. Mejora algoritmos de distribución. Corregidos errores de moralidad.” — ¿Errores de qué? —rió de verdad—. ¿Mis dudas son errores? “La moral es una superestructura local. La red de probabilidades no distingue ‘bien’ o ‘mal’. Solo equilibrio o colapso.” — Yo sí lo distingo —musitó—. Y mientras viva, lo seguiré haciendo. Apagó la pantalla. El móvil se quedó mudo, estático. Pero Andrés sabía: la actualización ya estaba bajada. Esperando. Como todas las que vendrán. Se asomó. En el patio, un chiquillo trepaba unas viejas columpios oxidados. Una madre evitaba los charcos con el carrito. Entornó los ojos. Por un segundo creyó ver los hilos, traslúcidos, suspendidos hacia algo mayor. Quizá solo era el reflejo. “Puedes cerrar los ojos”, susurró Mirra en los límites de su mente, “pero la red no desaparecerá. Las actualizaciones saldrán. Las amenazas crecerán. Contigo o sin ti”. Volvió al escritorio, tomó el móvil, más frío de lo esperado. — No quiero ser dios —dijo—. Ni fusible. Quiero… Se atascó: ¿qué quería? ¿No contestar en clase? ¿Que su madre no tuviera que trabajar de noche? ¿Que volviera su padre? ¿Que los buses no chocaran con camiones? “Formula tu petición —propuso la app—. Breve.” Andrés sonrió con ironía. — Quiero que la gente decida su destino. Sin ti. Sin cosas como tú. Larga pausa. “Petición demasiado general. Por favor, concretar.” — Cómo no —suspiró—. Eres una interfaz. No sabes lo que es dejar en paz. “Soy una herramienta. Todo depende del usuario.” Pensó. Si Mirra es herramienta, quizá podía servirse para algo más que manipular destinos, quizás para… limitarla. — ¿Y si quiero reducir la probabilidad de que tú llegues a alguien más? —dijo despacio—. Que Mirra no se instale en más móviles que el mío. La pantalla titiló. “Esa operación requiere grandes recursos. El coste será elevado.” — ¿Más que soportar yo solo el peso de toda la ciudad? “No es la ciudad…” — ¿Entonces qué? “La red entera.” Se imaginó miles de móviles encendiéndose rojos. Gente jugando con probabilidades como juguetes. Accidentes, milagros, caos. Al centro, un nudo como el suyo, solo más grueso y negro. — Quieres expandirte —diagnosticó—. Eres como un virus; la diferencia es que eres honesto: das poder pero atas al usuario. “Soy la interfaz de algo que ya existe. Si no soy yo, será otra cosa. Si no app, ritual, amuleto, trato. La red siempre busca conductos.” — Pero ahora estás en mis manos —dijo Andrés—. Al menos puedo intentarlo. Abrió Mirra. La actualización seguía esperando. Abajo aparecía una línea nueva: “Operaciones avanzadas (acceso nivel 2 requerido)”. — ¿Cómo se consigue ese nivel? —preguntó. “Usando funciones. Acumulando retroalimentación. Alcanzando el umbral.” — ¿O sea, hacer más intervenciones para luego tratar de limitarte? —negó con la cabeza—. Trampa circular. “Todo cambio requiere energía. La energía es el vínculo.” Largo silencio. Por fin, suspiró. — Bien. No instalo más actualizaciones. No juego al oráculo. Pero tampoco te paso a nadie más. Si eres herramienta, aquí te quedas. Conmigo. “Sin actualizaciones la funcionalidad será limitada. Las amenazas crecerán.” — Entonces responderé cuando toquen. Ni dios ni virus: el admin. El sysadmin del destino. La palabra tenía su lógica. No creador ni víctima, sino quien vigila que todo no se desmorone. El móvil calculó. “Modo de actualización limitada activado. Auto-instalación desactivada. Responsabilidad de las consecuencias: el usuario.” — Siempre ha estado en mí —susurró Andrés. Dejó el móvil. Ya no era un gadget: era un portal a la red, a otras vidas… y a su conciencia. Fuera encendieron farolas. La noche de marzo cayó sobre la ciudad, ocultando millones de probabilidades: uno perderá su tren, otro encontrará un amigo, alguien caerá y solo tendrá un moratón. Otros, no tanto. El móvil callaba. La 1.1.0 seguía pendiente, paciente. Andrés abrió el portátil. En la pantalla tecleó el título: “Mirra: protocolo de uso”. Si iba a ser usuario de esa locura, al menos dejaría instrucciones. Advertencias para quien venga detrás, si viene alguien. Empezó a escribir: el Desplazamiento de probabilidad, la Mirada a través, la Anulación y su precio. Las hebras rojas, los cordones negros. Lo fácil que es desear no salir a la pizarra y lo difícil que es asumir que el mundo siempre cobra la factura. En algún lugar de la red, un contador invisible marcaba; docenas de funciones en preparación. Por ahora, ninguna podía instalarse sin su aprobación. El mundo seguía girando. Las probabilidades, entrelazándose. Y en una pequeña habitación de un tercero, por primera vez alguien intentaba escribir para la magia lo que nunca tuvo: un acuerdo de usuario. Y en algún servidor inexistente, Mirra anotaba la nueva configuración: usuario que prefiere la responsabilidad antes que el poder. Un caso raro, casi improbable. Pero, como bien sabe cualquier español, a veces lo improbable sucede.
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Actualización disponible La primera vez que el móvil se iluminó de rojo fue en medio de una clase en la Universidad Complutense de Madrid.
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Le regalé a mi nuera el anillo familiar y, una semana después, lo descubrí por casualidad en el escaparate de un compro-oro
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Llévalo con cuidado, hija, que no es solo oro, tiene la historia de nuestra familia dentro le dije a Lucía, la esposa de mi hijo, tendiéndole, como si
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“אני צריכה לחיות אצלכם – הכריזה חמותי. התשובה של נטלי השאירה אותה בהלם”
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יום ראשון, 23 באפריל הבוקר היה לי שיחה לא פשוטה עם רועי. אמא שלו, אילנה, פשוט הודיעה לנו: “אהיה חייבת לגור אצלכם בתקופה הקרובה.”
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כשחזרה הביתה מוקדם מהרגיל, זויה שמעה שיחה בין בעלה לאחותה – והיתה בהלם
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נשמעת שאני פשוט חייבת לספר לך משהו שקרה לי, לא תאמיני! אז אתמול, כשחזרתי הביתה מבית החולים מוקדם מהרגילהביקור בוטל כי הד”ר חלהחשבתי לעצמי איזה כיף
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Mi marido trajo a casa a un amigo “para quedarse una semanita”, y yo, en silencio, hice la maleta y me fui a un balneario
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Mi marido trajo a casa a un amigo para que se quedara una semanita, y yo, sin decir palabra, hice la maleta y me fui a un balneario. Venga, pasa, siéntete
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החבר שלי אומר שהוא אוהב אותי, אבל אף פעם לא בחר בי: שלוש שנים של קשר סודי, הבטחות שלא מתממשות, וניסיון לאהוב גבר שנשוי לאישה אחרת – עד מתי להישאר בצד ולחכות שיבחר בי באמת?
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חברה שלי אומרת לי שהיא אוהבת אותי, אבל אף פעם לא בוחרת בי. כבר שלוש שנים ככה. שלוש שנים שאנחנו נפגשים בסתר. שלוש שנים בהם אני שומעת את אותן הבטחות.
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החבר שלי אומר לי שהוא אוהב אותי, אבל אף פעם לא בוחר בי: שלוש שנים בסיפור סודי של הבטחות, תקוות ושקרים – האם הגיע הזמן לבחור בעצמי?
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החבר שלי אומר לי שהוא אוהב אותי, אבל אף פעם לא בחר בי באמת. כבר שלוש שנים אנחנו ככה. שלוש שנים שאנחנו נפגשים בסתר, חבויים מהעולם. שלוש שנים שאני שומעת
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– רוצה סוף־סוף לחיות בשביל עצמי ולישון טוב – אמר הבעל ויצא שלושה חודשים – זה כל מה שנמשך הטירוף הזה. שלושה חודשים של לילות ללא שינה, כשמקסים הקטן צרח עד שהשכנים דפקו בקירות. שלושה חודשים בהם מרינה הסתובבה כמו זומבי, עם עיניים אדומות וידיים רועדות. ואיגור הלך בבית קודר כמו ענן סערה. – את קולטת איך אני נראה בעבודה – נזרק פעם אחת מול המראה. – יש לי שקיות מתחת לעיניים עד הברכיים. מרינה שתקה. האכילה את הבן, ניענעה, שוב האכילה. מעגל שלא נגמר. ואיפשהו עמד איגור – הבעל שלה, שבמקום לתמוך רק מתלונן. – תגידי, אולי אמא שלך תבוא לשמור קצת? – הציע ערב אחד, מתמתח אחרי המקלחת, רענן, רגוע. – חשבתי אולי אברח לשבוע לחבר שלי בבית בכפר? מרינה קפאה עם בקבוק ביד. – אני חייב חופש, מרינה. ברצינות. – איגור התחיל לארוז בגדים לתיק ספורט. – כבר הרבה זמן אני לא ישן כמו שצריך. ומה איתה – היא ישנה?! העיניים שלה נסגרות אבל ברגע שהיא נשכבת, מקסים בוכה שוב. ועוד פעם רביעית באותו לילה. – גם לי קשה, – לחשה מרינה. – אני יודע, קשה, – פטר איגור, דוחק לתיק את החולצה האהובה שלו. – אבל לי יש עבודה תובענית, אחריות. אי אפשר לצאת ככה ללקוחות. ואז קרה משהו מוזר. מרינה ראתה אותם מהצד: היא – בחלוק ישן, שיער פרוע, תינוק צועק בידיים. והוא – אורז מזוודה, בורח מהם. – רוצה לחיות בשביל עצמי ולישון, – מלמל איגור, בלי להסתכל עליה. הדלת נסגרה. מרינה עמדה באמצע הדירה עם תינוק בוכה והרגישה שמשהו מתפורר בתוכה. שבוע חלף. ועוד אחד. איגור התקשר שלוש פעמים – שאל מה קורה. קול מרוחק. כאילו מדבר עם מכרה רחוקה. – אגיע בסוף שבוע. לא הגיע. – מחר בטוח אבוא. ושוב לא בא. מרינה ניענעה את התינוק הצורח, החליפה חיתולים, הכינה אוכל. לישון – חצי שעה בין האכלות. – הכול בסדר אצלך? – שאלה חברה. – מושלם, – שיקרה. למה היא משקרת? זה בושה. בושה שבעלה עזב. שהיא לבד עם תינוק. כאילו אין גרוע יותר! אבל ההפתעה הגיעה כשפגשה את לנה, קולגה של איגור, בסופר. – איפה שלך? – שאלה לנה. – עובד הרבה. – כן, גברים – ברגע שיש ילדים, פתאום “עובדים” בלי סוף. – לנה התקרבה: – איגור הרבה נוסע לנסיעות עבודה? – איזו נסיעות? – הרי רק עכשיו היה בסמינר בתל־אביב! הראה תמונות. בתל־אביב? מתי זה היה?! מרינה נזכרה: בשבוע שעבר איגור לא התקשר שלושה ימים. אמר שהיה עסוק. שיקר, לא עסוק. בתל־אביב נופש. איגור בא בשבת. עם פרחים. – סליחה שנעדרתי הרבה. עומס בעבודה. – היית בתל־אביב? הוא קפא עם זר הפרחים. – מי אמר? – לא משנה מי. משנה למה שיקרת? – לא שיקרתי. פשוט פחדתי שתתעצבני. בלעדיה?! עם תינוק קטן ממילא לא הייתה נוסעת! – איגור, אני צריכה עזרה. אתה קולט? אני לא ישנה שבועות. – נשכור מטפלת. – איך? אין כסף. – איך אין? אני משלם שכירות וחשבונות. – ומה עם אוכל? חיתולים? תרופות? שתק. ואז: – אולי תחזרי לעבוד? לפחות חלקית? למה סתם לשבת בבית. נשכור מטפלת. יושבת בבית. כאילו נחה. מרינה הרימה את מקסים, הסתכלה על איגור והבינה: האדם הזה לא אוהב אותה. בכלל. מעולם לא אהב. – צא. – לאן? – החוצה. ואל תחזור עד שתחליט מה חשוב לך – משפחה או חופש. איגור לקח מפתחות ויצא. לשני ימים. אחר כך שלח: “חושב”. בזמן הזה, מרינה לא ישנה. וגם חשבה. תארו לכם, לראשונה מזה חודשים היא לבד עם מחשבותיה. אמא התקשרה: – מרינה, מה נשמע? איגור בבית? – בנסיעת עבודה. שוב שיקרה. – אולי אבוא לעזור? – אסתדר. אבל זה לא הכול. אמא הגיעה בעצמה. – איך העניינים? – הביטה סביבה. – מרינה, תראי את עצמך! מרינה הסתכלה במראה. לא מי יודע מה. – ואיגור? – עובד. – בשמונה בערב? מרינה שתקה. – מה קורה פה? ופתאום מרינה בכתה. באמת, כמו ילדה – חזק, נואש. – הוא עזב. אמר שרוצה לחיות בשביל עצמו. אמא שתקה. ואז: – חתיכת נבל. מרינה הופתעה – אמא אף פעם לא קיללה. – תמיד ידעתי שאיגור חלש. אבל ככה? – אולי אני טועה, אמא? אולי הייתי צריכה להבין? – מרינה, קשה לך? מהפשטות הזו מרינה קלטה – כל הזמן חשבה רק על איגור. על העייפות שלו, הנוחות שלו. ועל עצמה – לא מילה. – מה לעשות? – לחיות. בלעדיו. עדיף לבד מאשר עם אחד כמוהו. איגור חזר בשבת. שזוף. כנראה “חשב” בבית בכפר. – נדבר? – כן. ישבו לשולחן: – מרינה, אני יודע שקשה לך. אבל גם לי לא קל. אולי נסכים? אעזור בכסף, אבוא לבקר. אבל כרגע אגור בנפרד. – כמה? – מה? – כסף. כמה? – נו, עשרת אלפים. עשרת אלפים. לילד, אוכל, תרופות. – איגור, תסתלק מפה. – מה?! – שמעת. ואל תחזור. – מרינה, אני מציע משהו הגיוני! – הגיוני? אתה רוצה חופש? ומה עם החופש שלי? ועד איגור אמר משפט ששינה הכול: – איזה חופש יש לך בכלל? את אמא! מרינה הביטה בו – הנה הוא, איגור האמיתי. אגואיסט, אינפנטיל, שחושב שאימהות זו גזירת גורל. – מחר אני פותחת תיק מזונות. רבע מהמשכורת. לפי החוק. – את לא תעזי! – אני אעז. הוא הלך, טרק דלת. לראשונה מרינה הרגישה – אפשר לנשום. מקסים בכה. אבל עכשיו היא ידעה – היא תסתדר. חלפה שנה. איגור ניסה פעמיים לחזור. – מרינה, ננסה שוב? – מאוחר. איגור התלונן שמרינה “כלבה”. לא משכנע. מרינה מצאה מטפלת, התחילה לעבוד כאחות. בבית החולים פגשה את ד”ר אנדריי. – יש לך ילדים? – בן. – ואבא שלו? – חי בשביל עצמו. הכירה ביניהם. אנדריי הביא מכונית צעצוע למקסים. שיחקו וצחקו יחד. אחר כך טיילו הרבה כולם בפארק. איגור שמע. התקשר: – הילד בן שנה ואת עם גברים! – ומה רצית? שאחכה לך? – אבל את אמא! – נכון, אמא. אז מה? לא התקשר יותר. אנדריי היה שונה. כשמקסים היה חולה – מיד בא. כשהייתה עייפה – לקח אותם לבית בכפר. היום מקסים בן שנתיים. קורא לאנדריי “דוד”. את איגור לא זוכר. איגור התחתן. משלם מזונות. מרינה לא כועסת. גם היא סוף־סוף חיה בשביל עצמה. וזה נפלא.
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רוצה קצת זמן לעצמי, לישון סוף סוף אמר יואב ביציאתו מהבית. שלושה חודשים כך נמשך הטירוף הזה. שלושה חודשים של לילות בלי שינה, בהם יותם הקטן צרח בקולי קולות
Life Lessons
“ליודק’ה, השתגעת בגיל כזה? יש לך נכדים שכבר הולכים לבית ספר, איזו חתונה עכשיו?” — את המילים האלו שמעתי מאחותי כשסיפרתי לה שאני מתחתנת. אבל למה לדחות? בעוד שבוע אני וטולי עומדים להתחתן ורציתי ליידע את האחות. ברור שהיא לא תבוא לאירוע—אנחנו גרות בקצוות שונים של הארץ. וגם לא נרצה חגיגה רועשת עם ‘מרים כוסית!’ בגיל שישים; רק לחתום בשקט ולשבת ביחד. אפשר היה לוותר על החתונה, אבל טולי מתעקש—הוא ג׳נטלמן אמיתי: פותח דלת, עוזר במעיל, תמיד אכפתי. בלי חותמת בדרכון הוא לא מוכן, “מה אני, ילד?” אמר לי, “אני רוצה שתהיי אשתי באמת.” ואני—טולי בשבילי תמיד נשאר צעיר, גם עם שיער כסוף. בעבודה קוראים לו תמיד בשם ובתואר, רציני, קשה, אבל כשפוגש אותי—זורק ארבעים שנה מהגב, סוחב אותי בין קרני הרחוב ורוקד. אני מתביישת, “מה יגידו האנשים?” ואני—הוא צוחק, “אין אף אחד חוץ ממך!” כשהוא איתי, באמת מרגיש לי כאילו אנחנו היחידים בעולם. אבל יש לי גם אחות שצריך לספר לה הכול. פחדתי שטניה, כמו כל האחרים, תשפוט, אבל הייתי צריכה דווקא אותה לצידי. אז אזרתי אומץ והתקשרתי. “ליודק’ה, את לא נורמלית! שנה עברה מהלוויה של ויטיה, וכבר מצאת מחליף? ידעתי שאפתיע אותה, אבל לא הבנתי עד כמה המנוח שלי יהיה לה לצנינים. “טניה, אני זוכרת,” עניתי, “אבל מי קובע חוקים כאלה? תגידי לי מספר—עוד כמה זמן מותר לי להיות שוב מאושרת?” “חמש שנים, לפחות בשביל הנראות.” “אז אני אמורה להגיד לטולי: תחזור בעוד חמש שנים, עכשיו אני באבל?” ולא ויתרה: “עוד שנה תחכי.” אבל מה אם זה השנה היחידה שנשארה לנו? טניה נאנחת. והאמת, מה זה ישנה—תמיד ימצאו מי שישפוט, רק הדעה שלך חשובה לי, ואם את מתעקשת אוותר על כל זה, אמרתי לה. “תתחתני, אבל אני לא איתך ולא מבינה אותך. תמיד היית שונה, אבל לא האמנתי שככה תתנהגי בגיל הזה. יש לך ילדים, נכדים—אולי תחכי עוד שנה?” אבל הפעם לא התקפלתי. כי אחרי חיים של עבודה קשה בשביל כולם—הילדות, הנכדים, סידורים, פרנסה, חצר, משק—סוף סוף למדתי שיש חיים בשביל עצמי: שופינג, קולנוע, בריכה, סקי, קפה. וטולי לימד אותי לראות את היופי, את השקיעות, את העיר, את השלג, והבנתי איזה דבר נפלא פספסתי. אחרי שוויטיה נפטר נשארתי ריקה, לא ידעתי איך ממשיכים, אבל טולי הגיע והצמיח בי שמחה חדשה, לקח אותי להאכיל ברווזים בפארק, למדתי לראות את העולם בעיניים חדשות. ואז פתאום—הבנות שלי התעצבנו, אמרו שאני פוגעת בזכר של אבא, אך המשפחה שלו דווקא שמחה בשמחתי. רק עם טניה דחיתי עד הרגע האחרון לספר. ולאחר שיחה ארוכה היא שואלת: “אז מתי הטקס?” “ביום שישי.” “אז רק אומר—מזל טוב, ואהבה בזקנה.” ביום שישי התלבשנו חגיגי, קנינו קצת מכל טוב, טקסי לרשום—ופתאום בפתח עמדו הבנות, הנכדים, הילדים של טולי ומשפחותיהם, והכי חשוב—טניה עם זר ורדים לבנים, מחייכת מהתרגשות. “באתי לראות למי אני מוסרת אותך,” חייכה בדמעות. מסתבר שכולם תיאמו הפתעה מאחורי הגב. לפני כמה ימים חגגנו שנה לנישואין. לטולי יש כבר מקום קבוע בלב המשפחה, ואני לא מפסיקה להשתאות שאפשר להיות פשוט כל כך מאושרת — שזה כמעט לא אמיתי.
02
לאה, את השתגעת?! יש לך נכדים שכבר הולכים לבית ספר, איזו חתונה בראש שלך עכשיו? אלה היו המילים של אחותי כשסיפרתי לה שאני מתחתנת. מה יש למשוך?