Carta a mi padre
¡Menuda eres, Lucía, menudo espectáculo! No esperaba esto de ti resopló mi madre, Carmen, olvidándose de la compostura y secándose la nariz con la manga de su blusa.
Aquella blusa elegante se la cosió mi abuela, Rosa. Sacó una tela de seda atesorada, suspiró con pena al recordar que no sería para ella, y se sentó decidida delante de la máquina de coser.
¡Vaya! Que la niña ya es toda una mujer. Necesita ir bien vestida. ¿Quién iba a fijarse en ella si va hecha un desastre?
“Mejor habría estado mi madre sin complicarse tanto ¿Para qué?” me preguntaba yo, observando cómo se alejaba mi primer amor.
Ese amor mío se alejaba de mí con paso firme y militar, sin atreverse a mirar atrás ni una sola vez.
¡Aquello sí que dolía, y de qué manera!
Sollozaba un poco más, hasta que recordé que llevaba las pestañas pintadas, pese a la prohibición de mi madre, y que arruinar el maquillaje sería el colmo.
Ignacio, Nacho, Nachito
Mi amor y mi único. Apenas seis meses de felicidad juntos. Lo tenía contado desde aquel día en que nos conocimos; justo medio año había pasado.
¡Solo seis meses, y cuántas cosas han pasado!
Al final, Ignacio se giró, pero yo fingí no haberlo visto.
¡Pues eso! Bien está. Yo le doy una noticia así, y él se marcha con la cabeza bien alta, dándome la espalda. ¡Hala, que haga lo que quiera! ¡Marinero tenía que ser! ¡Todo lo arregla el mar y la libertad! ¡Vamos, no te fastidia! Pues buen viaje. ¿Qué pasa, que soy una cría? ¡Cómo si no pudiera criar yo sola a mi hijo! ¡Sin pedirle permiso a nadie! ¡Ni que necesitara tanto honor!
Por fuera pretendía estar enfadada, pero por dentro el desgarro de la ofensa me crispaba los dientes.
¿Pero cómo podía ser? ¡Si me había jurado amor eterno, promesas de una vida juntos! ¡Hasta juró que nos casaríamos! ¿Y ahora? Cuando le conté lo del embarazo, ¿sale huyendo?
Bueno…, contarlo, contarlo… Lo que le dije fue que esperaba un compromiso más serio, más que esos encuentros de fin de semana, y él me respondió que el mar lo llamaba y que no pensaba cambiar sus planes por mis preocupaciones. Que si le quería, que me fuera con él.
¿Y yo cómo iba a irme lejos de mi madre? ¡Y embarazada! A la otra punta del país, donde no teníamos a nadie, ni amigos ni familia ni nada.
¡No, eso nunca!
Me levanté del banco, me arreglé la falda y me coloqué el moño. Poca melena tenía, claro, pero el permanente obra milagros. Mi madre siempre me dice La apariencia lo cambia todo. Mira Ignacio, por ejemplo, poca cosa, pero las chicas se parten por él. Será porque es listo y divertido y sabe conversar mejor que un universitario. Aunque solo tenga estudios hasta la ESO y poca cosa más, ¡mira tú! Muy apañado…
Aunque yo tampoco era ninguna erudita. Acabé el ciclo formativo y punto. No quise seguir estudiando ni cuando mi madre no paraba de insistir. Hasta me llamó cualquier cosa y estuvimos casi un mes sin hablarnos. ¿¡Cuándo había pasado eso!?
Pero sé muy bien dónde está mi beneficio. ¿Para qué quiero yo el diploma, si ya ahora gano un buen sueldo en la obra? Mando dinero a casa y me sobra para mí.
Mi madre volvió a la normalidad y me tomó bajo su ala otra vez, como buena madre que es. Pero solo hasta que supo que iba a ser abuela ¿Habrá bronca? Eso era seguro
Y así fue. La bronca fue monumental, tanto que las vecinas acabaron apareciendo por el escándalo. No se explicó nada; “Problemas del trabajo”, dijeron, y las echaron. Los asuntos de familia, a resolverlos en casa.
¿Pero cómo es posible, hija mía? ¿No te dije mil veces que te cuidaras antes de casarte? ¿Ahora quién te va a mirar? ¡Anda que Nacho! No esperaba eso de él. ¡Vaya serpiente! Parecía buen chico ¿Así que cuando le dijiste lo del niño se fue corriendo?
Yo dudé ¿Cuento la verdad o le dejo lo que cree? Ella no me va a dar tregua, mientras que Ignacio ya estará lejísimos.
Sí, mamá. Así ha sido.
Ay, mi niña, ¿y ahora qué vamos a hacer?
No pasa nada, mamá. No somos unas crías. Tú si no me dejas sola y me ayudas al principio, podré tener el niño sin miedo.
¿Pero cómo voy a dejarte yo? ¿Qué cosas dices? ¡Ninguna madre abandona a su hija si la necesita!
Cerré los ojos un momento y exhalé con alivio.
Eso es, Nacho. Sin ti, también saldremos adelante. Si el mar te tira más que un hijo, vete
Con el tiempo hasta olvidé los detalles de la discusión. Convencida estaba de que le había contado claramente lo del embarazo, y que él me rechazó. Así, el rencor y la herida se encamaron dentro de mí, entrelazados y, de vez en cuando, me susurraban:
¡Anda! Mírala, igualita a su padre. ¡Qué diablillo! ¡No para! ¡Igualita que él! Ya verás, cuando sea mayor, también se irá lejos, igual que él El gen viene de familia.
Tal vez por eso, mi hija Jimena creció convencida de que, en este mundo, solo su abuela la quería, y no siempre. La abuela la mimaba, pero bastaba que las vecinas cuchichearan por detrás para que la apartase:
¡Vamos, ve con tu madre! Que te mime ella, hija ¡Qué castigo, madre, el nuestro! ¿Qué habremos hecho para merecerlo, Señor?
Hasta los tres años, Jimena pensaba que “castigo” y “pena” eran sus nombres, igual que el de Jimenita que su madre le susurraba en los pocos ratos tranquilos. En esos momentos, su madre sí la acariciaba.
Ven aquí, cariño, que te peine esas trenzas Qué bonita tienes la melena. No como la mía. Mira qué abundante, como la de tu padre. Él también tenía el pelo oscuro y denso, como ala de cuervo. ¡Y los ojos tan azules como ese mar que lo llamó lejos de nosotras! Eres igual que él. Aunque seas muy guapa, la felicidad nunca la conocerás.
¿Por qué? protestaba la pequeña, a punto de echarse a llorar.
¡Porque sí!
El tono de mi madre se quebraba y Jimena intuía que mejor no preguntar más, que sería peor. De ahí se iba con la abuela, se abrazaba al delantal que olía a croquetas y cocido, y lloraba un ratito, primero por ella, luego por su madre y, al final, por la abuela, que cargaba con la vergüenza de la hija.
¿Qué era esa vergüenza? Tardó años en entenderlo. Tenía apenas diez cumplidos cuando vio a su madre renacer de golpe, arreglarse y marcharse a Madrid, a iniciar una nueva vida.
Jimena se quedó con la abuela.
No es que echara mucho de menos a su madre; ya de pequeña pasaba largas temporadas fuera, trabajando para que a la “hija sin padre” no le faltara nada. Pero al volver solía traer regalos, ropa, la abrazaba y luego reprochaba a la abuela:
Mamá, ¿por qué está tan delgada? Van a decir que aquí no la alimentáis.
¡Pero si no come nada! Solo picotea un trozo de pan y con eso tiene. Si estuviera la madre, comería mejor. Yo, con la granja y la huerta, bastante hago En vez de protestar, deberías quedarte y cuidar tú misma de la niña.
¿Para qué? Ya está mayorcita Venga, cállate y mira lo que te he traído.
¿Y para qué sirven tus cosas? Ojalá te quedaras. El corazón me duele de tanto echarte de menos
La madre se oscurecía, y Jimena se acurrucaba en una esquina, sabiendo que habría pelea.
¿Ah, sí? ¿Que te aburres? ¿Y yo? ¡Joven y guapa y viviendo como una viuda! Y tú encima me lo echas en cara. Así no hay quien viva. ¡Mamá, apiádate! Bastante cruz he cargado ya con esto Si llego a saber que sería así, ¡nunca lo hubiera dejado marchar!
Ahora ya no sirve de nada lamentarse, hija.
¡Mamá!
¿Sí? Tuviste una hija, pues críala. Si no, escribe a su padre Igual la acoge.
¿Para que le dé Jimena a ese hombre? ¡Jamás! Él nunca quiso saber de ella. ¿Ahora va a quedarse con el trabajo hecho? ¡De ninguna manera! Bastantes años me he matado en la obra para que venga él a recoger los frutos.
¡Pues entonces calla! Que la niña escucha todo. ¿Crees que no le duele saber que su padre es un canalla y su madre no da más de sí?
¡Me da igual! La vida no es dulce; a veces te pega tan fuerte que ni te reconoces. Anda, mamá, se acabó el tema. Y no se te ocurra escribirle a Ignacio. ¡Te conozco!
La abuela cumplía la promesa, pero solo hasta cierto punto.
Cuando Jimena se preparaba para la selectividad, llegó una noticia de Madrid. Su madre había tenido un niño y, a la semana, había fallecido, sin llegar a explicar nada a nadie.
El verdadero origen de aquel hermano hubiera sido un secreto, si no fuera por la tozudez de Jimena.
Al enterarse, la abuela se fue enseguida a Madrid, dejando a Jimena llorando en casa y con instrucciones claras para mantener la casa en orden.
Ahora no es momento de lágrimas, hija musitaba mi abuela mientras se apretaba el pañuelo negro. ¿Cómo vamos a salir adelante? Ni idea
Abuela, yo voy a trabajar.
A ver. Primero, el bebé. Su padre solo lo recogió, pero no se quiere hacer cargo. ¿Podremos, Jimena?
¿Qué alternativa hay? Abuela, si yo he crecido sin madre casi ¿Cómo vamos a dejar a ese niño en un orfanato? ¡No es justo!
Ya lo sé Pero me da miedo, Jimena. No sé cuánto aguantaré.
La abuela se fue, y yo revolví la casa entera, sabiendo que ahora las antiguas prohibiciones de mi madre no servían de nada.
Había que buscar al padre, porque sin ayuda no saldríamos adelante
Sabía perfectamente lo que hacer. Desde pequeña, antes de aprender a escribir, dibujaba cartas a mi padre, escondiéndolas para que ni madre ni abuela las encontrasen. Contaba, en dibujos, que había llegado un nuevo gato a casa o cómo la abuela me enseñaba a hacer croquetas. Mi abuela encontró los cuadernos debajo de mi cama, y aunque intentó hablar seriamente con mi madre, se rindió; aquella herida era de otro calado. Mi madre no pensó nunca que Ignacio, su antiguo amor, no sabía ni siquiera que tenía una hija.
Luego vinieron los garabatos con letra. Seguí escribiendo cartas a mi padre, escondiendo los cuadernos donde vertía toda mi vida y mis enfados.
Y ahora, por fin, era hora de escribir la carta más importante la que enviaría de verdad.
Encontré la dirección. Un sobre viejo, que mi madre había escondido tan bien que solo justo romperse un portarretratos con una vieja foto de estudio suya, logré hallarlo. Al caer el marco, el cristal saltó en pedazos y rompí a llorar, torpe y herida como mi madre siempre decíamanos de mantequilla.
El rincón de un sobre gastado asomaba bajo la foto. Lo saqué temblando y al ver lo que era, lloré aún más.
¿Por qué, mamá? ¿Por qué?
Lloré sentada en el suelo, hablándole largo rato al retrato, pidiendo perdón sin saber bien por qué.
No encontré alivio.
Perdona, mamá, pero no te voy a hacer caso. No querías que hablara con papá, ya lo sé Pero lo necesito. Abuela dice que no es eterna. Me enfado cuando habla así, pero sé que tiene razón. Y solas no podemos ya. Si es tan ruin como decías, al menos lo sabré y dejaré de esperar. Pero si no es cierto Perdona, mamá, pero no te creo del todo. Siempre dijiste que papá era malo, pero tú ¿Para qué me tuviste si ni querías quererme? ¿Para qué ese heroísmo inútil? Ya sé que dirás que soy desagradecida Bueno, pues lo soy. ¿Sabes lo que duele que no te quieran? ¿Que te repitan que te pareces a un hombre al que ni conozco ni he visto nunca? ¿Cómo puedo saber cómo es? No te enfades, pero necesito mirarle a la cara. Y escuchar lo que tenga que decirme.
Ni se me pasó por la cabeza que aquel hombre que envió una vez una carta a mi madre se habría mudado. No pensaba en nada, iba a hacer.
Pasé media noche sobre una hoja arrancada de un cuaderno y conseguí escribir tres líneas; ahí estaba todo. Mi herida, mi súplica de ayuda y una mínima esperanza de que mi padre me escuchase.
La mandé por la mañana, camino del instituto. Y de regreso, al llegar a casa, encontré a mi abuela con el bebé inquieto, tan pequeño que me pareció de juguete.
Mira, Jimenita, este es Pablo Tu hermano sollozó la abuela y apartó la mirada mientras lo envolvía en la manta. Yo lo observaba fascinada.
Abuela, ¿por qué es tan chico?
Tú eras más flaquita aún.
¿En serio?
Sí. Y después, mira qué mujer me has salido. Él también crecerá. Ya verás.
¿Y su padre, abuela?
Haré lo que pueda, pero ha dicho que solo ayudará económicamente. Que llevárselo, no.
Pues mira, ¡algo es algo! dije, copiando perfectamente el tono irónico de mi abuela, y ella no pudo contenerse y se rió.
¡Ay, Jimena! ¿Podremos con esto?
¡Claro! ¡Como todas! Mira a Clara González, que tiene nueve, ¡y ahí está!
Y así, entre bromas, mi abuela reía y yo me iba acostumbrando. Clara prometió traerme ropa de sus mellizos, casi nueva. Y es verdad, los niños crecen tan deprisa
¿Es verdad que los niños crecen así de rápido, abuela?
Sí, cariño. Más rápido de lo que crees. Parece que fue ayer cuando tenía a tu madre en brazos y ahora ya no está
¡No llores, abuela! Que si no, yo también y este, mira, igual se pone a llorar. ¿Qué necesita? ¿Cambio, biberón?
¡Será comer! Tienes razón, ¡ya toca! contestó la abuela, y me puso a Pablo entre los brazos. Sujétalo, no lo vas a caer. Eres una chica fuerte, ojalá él salga igual.
Sentí el peso del bebé. Por primera vez, no estaba sola. Llevaba años esperando tener a alguien que me necesitara tanto como yo a él. Abuela y madre jugaban otra liga, con sus reglas. Pero, por fin, alguien era realmente mío.
Enseguida aprendí a cuidar de Pablo. Un día se presentó Clara apresurada, me enseñó todo, y me animó muchoClaro que podrás, todas pueden. Antes nos casaban muchísimas más jóvenes y teníamos ya media docena. Así que, tranquila.
Mientras, pensaba que yo aún no estaba preparada para ser madre. Amar a tus hijos va más allá ¡Pero Pablo me enseñó! Volvía del instituto corriendo, porque me esperaba. Y su primera sonrisa fue para mí, no para la abuela. Y mi nombre lo aprendió antes que nadie:
¡Jima! decía aquel gordito, saliendo al patio a trompicones.
¡Aquí estoy, corazón! Ven
Sus bracitos me rodeaban y yo me derretía.
A Pablo le aguantaba hasta el baño, cosa que a nadie más consentía. La abuela se parte de risa viéndome forcejear con él:
¡Parece una sierpe, Jimenita, agárralo!
En ese ajetreo olvidé la carta a mi padre. No hubo respuesta, y decidí que el silencio era suficiente: si no contestaba, no me quería.
Una sombra de pena me rozó el corazón, pero, con Pablo, apenas tenía tiempo de pensar en mí.
La abuela sacaba el tema de la universidad, pero ni hablar.
¡Abuela, eso es imposible! Si estudio me tengo que ir a la ciudad, ¿y qué hacéis vosotras solas? Ni pensarlo. Siempre hay trabajo aquí: en la granja, en la tienda que han montado Clara y su marido Clara ya me lo dijo, que tendría sitio.
Pero la abuela insistía:
Jimena, no seas tonta; tu madre perdió su vida así y tú vas por el mismo camino. Todo lo hago por ti.
Ya lo sé, abuela, pero para mí hay cosas más importantes que un título.
Y fue entonces, en pleno tira y afloja, cuando apareció aquel hombre que nunca esperé ver.
Volvía con Pablo de casa de Clara. El niño, agotado de tanto jugar, refunfuñaba pero me seguía, porque sabía que conmigo había que obedecer. Al llegar a la cancela, me tiró de la falda:
¡Jima, brazos!
Y yo lo cogí. Avancé por el caminito, y me quedé helada: en la terraza estaba un hombre desconocido, subido a un taburete, trasteando con la bombilla fundida de toda la vida.
¡Anda, con la cereza! gruñó aquel hombre satisfecho al encender la luz, y saltó al suelo.
Solo entonces me vio allí plantada, con Pablo a cuestas.
Hija
Ignacio dio un par de pasos; sin hacer caso a mi instinto de apartarme, nos abrazó a los dos.
Mi niña
Vi lágrimas en los ojos de aquel hombre desconocido.
Perdóname, hija mía, ¡no sabía nada de ti! ¿Es tuyo? asintió hacia Pablo, que lo miraba intrigadísimo. ¿Me dejas cogerlo, mi tesoro?
Solo entonces reaccioné.
¡No es mío! Bueno… quiero decir, hijo mío no Papá, él es… el hijo de mamá. Mi hermano, Pablo.
¡Ah, ya veo! agarró a Pablo, que, por algún misterio, no solo no se resistió sino que se aferró a su cuello y se restrregó la mejilla.
¡Pica!
¡Eso se arregla, campeón! Me afeito ahora mismo. Ven, hija, vamos dentro, que los mosquitos de aquí ¡Dios qué bichos! Me devoran
Está el río cerca, papá
Ya lo sé
La abuela nos recibió con una mirada que me dejó claro que la paz ya estaba firmada entre los mayores. Si ellos lo habían arreglado, yo tampoco debía guardar rencor.
¿Qué importaba el pasado de mis padres? Ahora lo que contaba es que nuestra familia había crecido. Y, en el fondo, aquello era un regalo y debía recibirlo con gratitud.
Pablo revoloteaba en torno a su ‘abuelo’, y yo entendí que así serían las cosas. Por fin, un hombre en casa.
Más adelante supe que mi carta no se había extraviado. Llegó a la dirección pero Ignacio ya no vivía allí. Una mujer halló la carta y la reenvió a él, localizándolo a base de esfuerzo. Luego, el sobre esperó meses porque Ignacio estaba embarcado.
En cuanto recibí tu carta, tiré para aquí. Creía que estaba solo en el mundo Escribí a tu madre varias veces, quería una familia.
¿Y ella?
Solo me contestó una vez: decía que se había casado y que no volviera a molestar. Y ya no insistí Ay, hija, si hubiera sabido todo esto, no habría dejado de buscaros. Qué suerte la mía, inmerecida. ¿Te vendrías conmigo? Tengo piso en Cádiz, enorme, con vistas al mar. Las puestas de sol hacen que merezca la pena todo.
Papá, yo no puedo irme.
¿Por qué no?
No pienso dejar a Pablo ni a la abuela. Eso no es justo.
¿Y quién ha dicho que se quedan aquí? Hay sitio de sobra para todos. Tienes que estudiar, hija. La abuela cuida de Pablo y tú te vas a la Universidad.
¿Y de qué vamos a vivir? Apenas llegamos a fin de mes; el padre de Pablo prometió ayudar, pero se ha desentendido. Hace más de un año que no aparece por aquí.
¿Estás dudando de tu padre? Ignacio frunció el ceño tan igual que Pablo que casi me echo a reír. ¿De qué te ríes? ¿Acaso no puedo sacar adelante a dos mujeres y un niño? Recoge, anda; tu abuela ya ha dado su visto bueno. Solo faltabas tú, y veo que ya lo tienes decidido.
Así es, papá Así es.
Y le abracé, bendiciendo el día en que decidí escribir aquella carta. Más tarde me iría con él, al Atlántico, que de tranquilo solo tiene el nombre.
Quizá mi vida no sea un remanso, ni conozca mucha calma Pero sé que siempre habrá un puerto de abrigo, pase lo que pase.
Allí me esperan los míos, el aroma a empanada de espinacas que nunca conseguiré preparar como la abuela, pese a sus esfuerzos y un chaval desgarbado que, poco a poco, ya presume de voz adulta:
¡Eh! Papá dijo que venías ya. ¡Jimena, te he echado de menos!
Y yo a ti y yo.







