Mi pequeña manzana
¡Eres igual que tu madre!
¿Igual que cómo, abuela? Me noté tensa al responder, como si debiera defenderme, pero de inmediato me reprimo. ¿De quién me estoy protegiendo?
¡De esas personas listas! ¡Tu madre nunca escuchaba a nadie! ¡Y tú sigues sus pasos!
¿Y qué es lo que tengo que oír?
¡A mí! ¡Tienes que escucharme y respetarme! ¡Que para algo soy mayor y conozco la vida mejor que tú! ¿Está claro?
Me quedé mirando a la mujer, rubicunda por el enfado y con el pelo algo alborotado, que agitaba su dedo ante mi cara.
Curioso. ¿Por qué exige que la escuchen? Si parece que ha sido pintada en la puerta y ahora nadie podrá borrarla…
Moví los dedos, casi sintiendo en ellos una goma de borrar. ¡Ojalá pudiera corregir este día! Quitarle algo de sombras aquí, iluminar allá No quiero oscuridad, nunca la he querido No soporto las discusiones, los gritos, los tonos subidos Mi madre jamás me hablaba así. Siempre repetía que las personas decentes saben escuchar y comprender.
¡Abran bien las orejitas, Lucía, y escucha con atención! ¡Como los conejitos! ¿Sabes por qué el conejo escucha tan bien? Porque la zorra avanza sin hacer ruido. Si el conejo se despista, no pone atención, la zorra viene ¡zas! y se lo come.
¡No, mamá! Yo me quedaba muy quieta, mirándola con los ojos grandes.
¡Claro que no! Por eso el conejo es listo, escucha atenta y corre todavía más rápido. ¡Ninguna zorra lo alcanza!
Eso era hace tiempo. Yo, Lucía, ya casi soy adulta, pero recuerdo todos los cuentos y enseñanzas de mi madre.
Es curioso De pequeña pensaba que mi madre exageraba o que inventaba cosas. Y ahora me doy cuenta de que tenía más razón de la que creía.
Por ejemplo, la abuela. Ni siquiera la conocía hasta el año pasado. Vivía con mamá en una pequeña ciudad de la costa del Cantábrico, iba a la guardería, peleaba y luego hacía las paces con Carmen y Sonia, para después perseguirnos hasta la heladería del paseo marítimo. Luego vino el colegio, Marcos, los primeros besos al anochecer en la orilla.
Y siempre estaba mi madre
Apreté entre los dedos una bolita turquesa falsa de un brazalete que mamá me había hecho.
¿Qué importa si no es de verdad? ¿Has visto qué bonito? Mira, pequeña, a veces lo auténtico resulta amargo y complicado. Por mucho que te empeñes, no te alegra ni te calienta. Y una imitación puede ser menos mala de lo que tú piensas.
¿Cómo es eso?
Mira: hace un par de semanas, ¿por qué te enfadaste con Carmen?
Dijo que éramos pobres, que no podías comprarme unas deportivas de marca y que las mías eran copia. ¡Aseguraba que sabía cómo debían ser las auténticas!
Tenía razón, Carmen. Tus deportivas te las hizo el tío Julián. Pero nadie dijo que fueran de marca, ¿a que no?
No
Sin embargo, son de buena piel, bonitas, hechas con cariño. Ya sabes, el tío Julián esas cosas solo las hace si salen perfectas. ¿A ti te gustan esas deportivas?
¡Sí!
Entonces, ¿qué importa la marca? Son cosas que la gente dice para creerse superiores. Mira, tengo este pañuelo, tú no; así que soy mejor. ¿Pero de verdad es así? ¿Es correcto?
No.
Exacto. Lo importante es que la persona no sea falsa por dentro, el resto da igual. Algunos solo ven la etiqueta, otros valoran lo que tienen. Y yo sé que es más feliz quien no mide la vida en etiquetas.
Me costó entenderlo. Aquella vez limpié hasta el suelo de mi habitación y la de mamá, pensativa todo el rato. Después fui a la cocina, donde preparaba mermelada de albaricoque, y le pregunté:
Mamá, ¿entonces Carmen no es mi mejor amiga? ¿Si me dice cosas buenas y luego de repente me suelta una maldad? Sé que le gustaron las deportivas, pero no lo quiso decir.
¿Cómo lo sabes?
Sonia me contó que Carmen montó un escándalo en casa, exigiendo que le compraran unas mejores que las mías.
¡Ay, Lucía! María, mi madre, dejó la cuchara de madera y me abrazó. No seas radical. Carmen sigue siendo una niña igual que tú.
¡Yo no soy una niña!
Me revolví entre sus brazos, frustrada conmigo misma. María lo sabía; me enfadaba con Carmen y eso me dolía.
Para mí lo eres musitó mamá. Tú, Carmen, todos los niños del barrio sois peques, ¿no es bueno eso? Yo echo de menos a mi madre, ojalá pudiera volver a ser pequeña para que me mimaran así
Frunció el ceño y besó mi coronilla.
Bueno, basta. Hablemos de ti y de Carmen Lucía, dale tiempo. Recuerda cuando te llevó a casa en brazos después de que te cayeras en el parque. Te asustaste, pero ella más, y se raspó las rodillas saltando por ayudarte. ¡Lloraba tanto que la médica le quiso pinchar una vacuna para que se calmara! ¿Recuerdas?
Sí
¿Y cuando te regaló los rotuladores nuevos que le trajo su padre? No pudo visitarte porque estabas enferma y te pidió que pintaras un dibujo bonito para ponerlo en su pared mientras esperaba a que te recuperaras, ¿lo recuerdas?
Sí
¿Ves? Y tú preocupada por las deportivas ¡Tonterías de críos! Cuando crezcáis lo entenderéis. No perdáis lo mucho que tenéis.
Ella ya vino.
¿A qué?
A reconciliarnos. Pidió perdón.
¿Y tú?
Le dije que no quería verla y que no éramos pobres.
¿Te enfadaste?
¡Mucho!
¿Ahora?
También pero menos
Entonces, espera a calmarte del todo y luego hacéis las paces. Si te adelantas, el enfado no se irá del todo.
Qué falta me hacía mamá Ella siempre sabía qué decir o hacer. Sobre todo ahora, con la abuela presente
La abuela apareció de repente.
No sabía nada de que mamá estaba mala ni de que ella había contactado con su exsuegra y le pidió que viniera.
Bueno, María, ¡cuánto tiempo! Nunca pensé que nos volveríamos a ver dijo la mujer gruesa y sofocada por el calor, cerrando el portón tras de sí. ¡Qué calor! ¡No sé cómo voy a aguantar esto!
Hola, Rocío, saludó mamá, con un tono raro en la voz.
¿Y tú quién eres? Rocío me miró de arriba abajo. No te pareces en nada ¿De verdad eres hija de Alejandro?
Nunca cambias dijo mamá alzando una ceja, y yo me relajé. Si mamá reía, no sería tan grave.
La abuela no me gustó. Era ruidosa, nerviosa, impulsiva. Llenó enseguida el piso con su trajín constante y sus exigencias.
¡Esto es un caos, como siempre! ¿Cuesta tanto poner orden, María? ¡Y eso que tienes una niña! ¿Qué ejemplo va a tener? El marido la echará de casa. ¡Y con razón!
No entendía por qué mamá callaba, tapando su sonrisa y dejando hacer a esa señora, como si no le importara que pusiera todo patas arriba.
Hasta los gatos, Blanca y Sardina, se asustaron y desaparecieron en cuanto vieron una fregona en manos de la abuela. Goliat, el perro que el tío Julián me regaló, se fue a tumbar al jardín y gruñía cada vez que Rocío alzaba la voz en el salón.
¡Mira! ¡La única criatura sensata en la casa es el perro! ¡Sabe que aquí no pinta nada! ¡Los animales no deberían ni entrar en casa!
Los gatos, al oír eso y ver la fregona, salieron huyendo. Mejor poner tierra de por medio.
Fue entonces cuando por primera vez planté cara. Alcé a Sardina, mi favorita, y me la llevé directa al cuarto.
¡Eso qué es! ¡Lucía! El grito de Rocío hizo ladrar a Goliat fuera.
¡Estoy con ella! le respondí floja pero firme. Los gatos se quedan y Goliat también. Estaban aquí antes que usted. Si quiere orden, respételo. ¡Esta es nuestra casa y usted está de visita! En la suya haga lo que quiera.
¡Lucía! mi madre se tapó la boca, atónita. Jamás me había visto hablar así a un adulto.
Pero Rocío ni se ofendió. Se quedó observándome, sonrió con sorna y dijo:
Eso, sí que sí, es de familia Vaya genio. Ya lo dicen, de tal palo, tal astilla. María, podrías haber educado mejor a tu nieta
Desde entonces no volvió a molestar a los gatos. Les daba un empujón con el pie si se cruzaban, pero de echarles no más.
En realidad, no había tiempo para preocuparse por los gatos. Todo pasaba demasiado rápido para mi gusto; miraba el viejo reloj de pared y deseaba poder parar las agujas.
¿Por qué el tiempo tenía tanta prisa? ¿Por qué? Mamá aún era joven. ¡La necesitaba! No podía ser. ¡Era injusto!
Pero al tiempo nada le importaban mis deseos. Seguía su curso, implacable, y no daba tregua ni una.
Médicos, fármacos, hospital…
María se fue una mañana de primavera.
La víspera, por primera vez ese año, abrí la ventana para dejar entrar el aire del mar y susurré:
Mamá, pronto florecerá tu cerezo Ya falta poco.
Lo intentaré, Lucía Ojalá pueda verlo.
Al enterarme de que mamá se había ido, rompí enfurecida la rama que asomaba hacia la ventana de su cuarto. ¿Para qué seguir ahí si ya nadie la verá?
Rocío no me dejó estar sola ni en ese momento. Me arropó en sus brazos, sacó un enorme pañuelo y decretó:
¡Llora! ¡Grita! ¡Saca lo que llevas dentro! ¡No te sirve de nada! ¡Tú no podías hacer nada cada uno tiene su tiempo!
¿Cómo sabía decir justo lo que hacía falta? Era cierto. Yo me sentía culpable de todo. Porque mamá trabajaba tanto, porque yo no aprovechaba el tiempo, porque había dejado para el final arreglar mis notas Quería decírselo, quería que supiera que sí, que me ponía las pilas, que me importaba. Y ni eso consiguió escuchar de mí
El sobre con la carta de María, mi madre, me lo dio Rocío a los cuarenta días.
Toma. Ahora sí puedes leerlo. Tu madre te deja su mensaje.
¿Y por qué está abierto? remiré el sobre sin remite ni sello, solo un Para Lucía escrito con su letra rápida.
¿Por quién me tomas? Podré no caerte bien, pero leer cartas ajenas… Rocío negó con la cabeza. Venga, que tengo demasiada faena. Si quieres, ayuda después, pero ahora haz lo que tengas que hacer.
Se notaba ofendida, supe enseguida, porque evitaba mi mirada y salió refunfuñando hacia la cocina. Me apoyé en el marco de la puerta, donde aún quedaban marcas de lápiz que mamá ponía cada cumpleaños para medir mi altura.
¡Vaya, cómo ha crecido Lucía! ¡Qué grande está!
La voz de mamá la sentí tan nítida que me sobresaltó. Grande, decía Si lo fuera, sabría comportarme mejor y no haría daño a la gente por orgullo. Mamá no aprobaría mi actitud.
Cerré la puerta de mi cuarto, me senté en el suelo y puse el sobre en el regazo, incapaz de abrirlo. Había tanto que decirle, tanto que escuchar de ella
El sobre rebosaba de hojas llenas de su letra, arrancadas de un cuaderno cuadriculado. Abrazando a Sardina, empecé a leer.
Lucía: Deja de llorar ahora mismo. Eres fuerte, te he visto serlo, confío en ti. La vida es preciosa y está ahí, esperándote. No desperdicies tiempo ni en lamentos. Seguro que ahora crees que nos faltó tiempo, que no fue suficiente. Pero te aseguro, pequeña, que tuvimos muchísimo, más incluso de lo que imaginas. Y tienes derecho a escuchar nuestra historia.
¿Cómo empezar? ¿Por cómo conocí a tu padre, tal vez? Era especial. En cuanto lo vi, me enamoré. Mis amigas me decían: ¿Pero cómo te gusta si es pelirrojo? No veían lo guapo que era, tan brillante como el sol y tan cálido Te pareces mucho a él, aunque por fuera te parezcas más a mí. De él tienes las pecas, los ojos y la nariz.
Cuando naciste, él no se cansaba de mirarte y soñaba que tuvieses los rizos de tu abuela Rocío.
Lucía, tu abuela es buena persona. No te tomes tan a pecho su manera de ser. Siempre fue fuerte, impulsiva y ruidosa, pero es leal y generosa.
Si quieres saber por qué no la conociste antes La culpa fue mía. Éramos jóvenes, yo no supe comprenderla ni ver más allá.
Perdóname.
Nos peleamos mucho cuando tú eras niña. Tu padre y yo nos llevábamos bien, hasta que él encontró un nuevo amor. Suele ocurrir, Lucía…
No fue por falta de cariño ni porque no te quisiera. Simplemente apareció una mujer que se volvió su universo.
Te preguntarás: ¿y el universo que tenía antes? Pues dejó de existir. Creo que yo siempre le amé más de lo que él me amó a mí. Fue un buen padre, se quedó solo por ti cuando ya no sentía amor. Pero al conocer a esa otra no pudo seguir mintiendo. Siempre fue honesto
Eso lo entiendo ahora; entonces dolía tanto Y justo cuando apareció Rocío, quería arreglar las cosas, no entendía nada. Vino a decir su famosa frase: ¿Dónde está el orden? Y yo exploté. Nos dijimos de todo, palabras que hasta hoy me avergüenzan. Argumentos, reproches, cosas sin sentido. Llegué a gritar que tú no eras su nieta
¡Dios mío, Lucía, qué locura! Qué fácil es cometer un error y qué difícil reconocerlo después
Si hubiera recordado cómo, estando embarazada y en peligro, ella dejó todo para vivir con nosotros, trayéndome comida y ordenando la casa. No se fue hasta que todo estuvo bien.
Tampoco imaginé que intentó hablar con la otra mujer, y que al final la aceptó, con sus hijos, que también fueron sus nietos y los quiso mucho. Sí, tienes dos hermanos aparte. Si quieres, Rocío te los presentará. Lo hablamos. Es mejor estar en familia.
Piénsalo.
Ahora, hablemos de tu futuro. Lucía, estudia. Yo sueño con que tengas oportunidades. Pero elige por ti. Que nadie decida por ti. Recuerda lo que hablamos: utiliza ese don que la vida te ha dado. Eres talentosa, mi niña, no todos los días se recibe ese regalo. No va a ser fácil, pero Rocío te ayudará. Hay ahorros, no muchos, pero sí suficientes para un año o dos. Después, te lo ganarás tú sola, como ya hacías vendiendo tus bolsos y cuadros a los turistas. En Madrid o Barcelona te irá mejor. No abandones tus sueños. Hazlos realidad, confío en que un día veré tu exposición en una galería importante. Aunque yo no esté, sabré de ti.
Te quiero, me preocupas, pero sé que puedes con todo, mi niña fuerte y lista.
¡Límpiate las lágrimas, que ya te lo he dicho!
Mamá.
Me quedé, carta en mano, mucho rato. Mamá decía que no llorara.
Sardina dormía a mis pies, temblando de vez en cuando, y yo trataba de decidir cómo seguir.
La respuesta llegó con Rocío, que abrió la puerta, encendió la luz y ordenó:
¡Arriba! Basta de penumbras. Ven, te preparo una infusión y hablamos. Hay cosas que hacer, no solo llorar.
La idea de lo artístico no le gustaba nada. Me sermoneó sobre elegir una profesión decente, pero yo no quise ni escuchar. Solo entonces reconoció, enfadada pero con cierta ternura, que era tan testaruda como aquélla que tanto tiempo no supo admitir un error y privó de calor y cariño a quienes más lo necesitaban.
¡Años sin una palabra, sin una carta! ¡Y yo buscándoos por todas partes, sin saber que tu madre te cambió el nombre y el apellido! Ni siquiera volvió al suyo; inventó otro. ¿Cómo lo hizo?
Tío Julián la ayudó.
¡Ya hablaré con él! ¡Menudo favor me hizo! Por poco pierdo la esperanza de encontrar a mi nieta.
No te enfades. Nos ayudó siempre, incluso quiso casarse con mamá.
¿Y ella?
No quiso. Decía que amaba a papá. Ni siquiera sabía que él seguía vivo, si hubiera sabido la habría convencido.
¡Vaya historia! bufó Rocío, poniendo un plato ante mí. Come y piensa. ¿De verdad quieres ser artista? Mejor sería ser contable: ni te faltará el pan ni el dinero.
¡Abuela, por favor! ¡No quiero!
Primero cuentas el dinero de otros, luego tendrás el tuyo.
No es para mí.
¡Pues tú verás!
No quiero enfadarte, entiéndeme. Solo quiero hacer lo que me apasiona. Mamá te dejó mi dinero, ¿no? En un mes cumplo dieciocho. Lo cojo y me voy. No tendrás que cuidarme más. Me las arreglo.
Rocío estuvo a punto de explotar, pero se contuvo. Me estudió con atención, hizo una figura con los dedos (la de siempre) y sentenció:
Eso, bien. ¡Me voy contigo! Seguiré tus pasos para que seas una buena artista. Le prometí a tu madre no dejarte sola. ¡Silencio! Come, te digo.
Los años pasaron, y en una pequeña galería céntrica de Madrid se veía a un grupo de lo más peculiar: una mujer pelirroja, desaliñada y risueña; un chico larguirucho con gafas; y yo, con mi hijo en brazos.
¿Y bien? no pude evitar preguntar, aunque juré mil veces no hacerlo hasta oír su veredicto.
Rocío me miró, refunfuñó y me quitó el niño, que enseguida se le acurrucó en el hombro.
Muy bien. Los marcos bonitos, todo Solo te digo: echas demasiada pintura, niña, ¡que no es barata! Y la sala del estudio, ¡un desastre! Fui esta mañana y aquello es una jungla. ¡Gonzalo! ¿Y tú, qué miras?
¿Algo mal, Rocío?
Tiene unas ojeras que asustan, ¡no duerme! Hoy me llevo a Samuel. Vosotros descansa y el lunes volvéis con mejor cara. ¿Me habéis oído? Vámonos entonces, ¿a que sí, pequeño?
Pasando junto a mí, Rocío se detuvo un momento, me acarició la mejilla y susurró:
Mamá estaría muy orgullosa de ti, niña. Yo también. ¿Lo sabes, verdad? Así me gusta. Mi pequeña manzanitaSonreí, contagiada de ese cariño seco pero indestructible que, ahora lo sabía, era herencia de familia. Vi a Rocío alejarse balanceando a Samuel en brazos, como si entre sus manos siempre fuese posible sostener un mundo entero. Gonzalo me rodeó la espalda con el brazo, en silenciono hacían falta las palabrasy me dejó apoyar la cabeza en su hombro.
Me quedé un momento quieta, observando la sala: las pinturas luminosas, la gente que sonreía al pasar, la manzana turquesa en el centro, imperfecta y brillante. Una pequeña manzana. La primera que pinté por mamá, por mí, y acaso por todas las mujeres de mi vida.
Entonces lo supe. Nunca estaría sola. Porque había aprendido a escuchar historias, incluso aquellas que duelen, y a dejar espacio para las risas y el desorden, para las segundas oportunidades y los abrazos inesperados. Madre, abuela, hijala vida seguía pasando de una a otra, como un secreto que nunca se apaga del todo.
Cerré los ojos un instante, respirando hondo. El eco de la voz de mamá, el murmullo ronco de Rocío, el latido de Samuel en brazos de su abuela Todo estaba ahí.
Al abrirlos, la galería relucía bajo la luz suave de la tarde. Afuera, los cerezos asomaban flores blancas junto a la acera, impacientes por anunciar otra primavera.
Y, entre la gente, me pareció ver el destello de una sonrisa pelirroja, tan cálida y fugaz como el sol al reflejarse en el mar.




