Abuelo ya no está
Mira, te cuento Acababa de llegar de otra de esas interminables reuniones de trabajo en Valencia y ni tiempo me dio a deshacer la maleta, cuando de pronto, suena el móvil. Era mi madre.
El tono de Carmen Jiménez, mi madre, era raro, algo crispado, pero la verdad, con el cansancio que traía encima, ni caso le hice.
Carlota, hija, ¿has llegado ya a casa?
Hola mamá. Sí, acabo de entrar. ¿Qué ocurre? ¿Pasa algo?
Me alegro de que estés en casa, hija.
Sentí al momento que mi madre quería contarme algo, pero andaba dándole vueltas y no sabía ni por dónde empezar. Pensé para mis adentros: Seguro que ha vuelto a enterarse de los cotilleos del bloque y está deseando soltarlo todo. Pero vamos, yo lo único que quería en ese momento era tirarme en la cama y dormir del tirón, que ya sabes cómo son los viajes en tren.
En mi compartimento de al lado venían cuatro chavales jóvenes que llevaban celebrando desde que subieron. Y a eso de la una, se pusieron a cantar con la guitarra a todo pulmón. Y hasta me dedicaron una canción:
En el campo florecían almendros,
y el río escondido bajo un velo,
salía Carlota a la orilla,
donde la brisa roza el cielo
Si hubiera estado de mejor humor, hasta me habría hecho gracia, pero en ese momento, solo soñaba con que a la guitarra se le rompan todas las cuerdas y parara aquello. Pero no, no hubo suerte.
Mamá, de verdad déjame que me dé una ducha y descanse un poco; ahora te llamo, ¿vale?
No, Carlota, es que no vas a poder descansar
¿Cómo que no? ¿Pasa algo? (ahí por fin noté algo raro en su voz).
Cariño tu abuelo ya no está
Sentí un escalofrío y me senté en el sofá, móvil en mano. Aquello no me lo esperaba.
Ha sido esta mañana, me ha llamado la vecina de Manuel, Teresa Pérez. Fue a llevarle leche y ya Lo encontró en la entrada, con la mano en el pecho En fin, lo siento, Carlota, hay que ir al pueblo y despedir al abuelo. Los vecinos ayudarán con lo que haga falta, hija mía. ¿Estás ahí?
No sabía ni qué decir, solo me salió un leve sí entre dientes.
Teresa llamó también a la familia, pero nadie quiere venir. Que si no hay herencia, no van a gastar tiempo ni dinero, que lo entiendas. Total, la casa esa en mitad de Cuenca, ¿quién la quiere ahora? Se notaba el resentimiento en la voz de mi madre.
Y mira te soy sincera, ni ganas tengo de ir al pueblo. Encima, tu abuelo fue claro: No quiero verte más en mi casa, ni en mi entierro. Y yo le prometí que no iría. Así que, hija, solo nos quedas tú; ¿puedes ir tú a despedirlo?
Mi madre guardó silencio. Me quedé mirando la carta que tenía sobre la mesilla, la última que recibí de mi abuelo. Era de hacía un mes, justo el tiempo que había estado fuera por trabajo. El tercer viaje en seis meses, y con el ritmo de la empresa, seguramente no sería el último. Siempre era yo la que iba: mis compañeros, entre que si el crío, que si la presión, que si la familia Y yo, como no tenía ataduras, a viajar.
Volvió a sonar mi madre al teléfono:
Por lo menos que en el pueblo no crean que hemos olvidado al abuelo, Carlota. Tú siempre te llevaste bien con él. ¿Qué le digo a Teresa? ¿Vas?
Sí, mamá. Claro que iré. Solo
Me acerqué a la mesilla, toqué la carta y la dejé otra vez en su sitio.
Mamá, no entiendo El abuelo estaba bien cuando fui en Navidad. Alegre, fuerte, no se quejó de nada.
Carlota, hija, a su edad A ver, hoy día muchos no llegan ni a la jubilación, y tu abuelo ya iba camino de los ochenta. No se puede pedir más. Que descanse.
Me quedé en shock. Le tenía mucho cariño. De toda la familia, yo era la única que lo visitaba. Mi madre, ya sabes, se llevaba fatal por una historia muy antigua: nunca le perdonó la muerte de mi padre y vivían echándose la culpa. Mi padre (el único hijo de mi abuelo), murió joven, de tanto trabajar. Mi madre siempre le decía que tenía que buscarse un buen sueldo, mejorar la casa, comprarse una parcelita, vivir bien Y mi padre, que era profesor, terminó encadenando contratos y contratos, hasta que el corazón le falló.
En el funeral, el abuelo Manuel no lloró, es que aullaba de dolor, una escena que no se me olvida. Por eso después cortó toda relación con mi madre y le vetó la entrada en casa.
Conmigo siempre fue diferente. A mí me adoraba, y yo iba todos los veranos a su casa de Cuenca, y luego ya mayor, aunque no podía ir tanto, nos carteábamos. A la antigua usanza; no quería móviles, ni nada moderno. Por carta. Igual por eso nadie más le llamaba nunca; en la era de los mensajes instantáneos, escribir una carta sonaba a chiste.
Para los vecinos era el raro del pueblo. Y el último mes, ni te cuento: empezó a hablar con el gato. Sí, con un gato negro al que él llamaba Sombra. Lo curioso es que nadie había visto a ese gato jamás Vamos, para pensarse que se le fue la cabeza. Pero la soledad, ya sabes
Terminé llorando unos minutos. Tenía tantas ganas de haber ido a verlo ese verano y, por trabajo, lo fui dejando. Siempre alguna reunión, algún congreso, un nuevo lío en la oficina de Madrid
Y yo me decía: Bueno, cuando todo acabe, volveré Pero la vida no espera, ¿sabes?
En el cementerio, todo fue como siempre: silencio, palabras bonitas, última despedida entre oraciones y tierra. Los vecinos, ayudando en lo que podían, y la copita de licor y la comida de después, donde todos recordaban anécdotas, donde parece que los muertos siguen vivos mientras se habla de ellos.
Cuando todos se fueron, me sentí sola, rodeada de los recuerdos de la casa de mi abuelo: ese olor a madera, los álbumes de fotos, los relojes de cuerda, la vajilla antigua. Limpié un poco, ventile bien, recogí lo poco que quedaba en la nevera y me senté en la galería a mirar el jardín. Los manzanos ya en flor, junto al seto de moras y grosellas. El huerto este año, sin plantar, me dolió un poco. Mi abuelo nunca dejaba la tierra baldía. Pero quizá este año supo que no debía plantar nada
Me pregunté: ¿Y ahora qué pasará con todo esto? Y le llamé a mi madre para decirle que el abuelo ya descansa.
Has hecho bien, Carlota. Era un buen hombre, pese a todo.
Mamá, más que bueno Era un hombre triste, que perdió mucho. Así que no le guardes rencor.
Ay, hija, no le guardo nada. Que descanse en paz Oye, ¿y tú cuándo vuelves? ¿Mañana? ¿Hoy? Da miedo estar sola en ese caserón
Me quedo unos días por aquí. He pedido unos cuantos libres en el trabajo. Quiero desconectar, respirar este aire, pasar los nueve días de rigor Y oye, mamá, piensa que aquí está enterrado papá también. Tú ni una sola vez has vuelto por aquí
Ya sabes que yo quería que lo enterraran en Madrid, pero tu abuelo no. Bueno, que empieza mi novela, cariño. Llámame cuando puedas.
Ay, mi madre, siempre igual: cuando no le conviene, cierra la conversación con cualquier excusa.
Me hice una infusión con hojas secas de té y menta que encontré en la despensa del abuelo y me metí en la cama.
Saqué de la bolsa la carta, la última de mi abuelo. Ya la había leído antes, pero me daba vueltas en la cabeza. Era la más extraña de todas: hablaba de ese dichoso gato, Sombra.
Supuestamente, ese gato negro era su compañero. Decía que nadie lo veía, que solo él le daba leche y para colmo, el gato se la bebía toda de un tirón. Decía que era arisco, que no dejaba que lo acariciara, que nadie del pueblo lo había visto nunca.
Y ahí estaba el misterio: ¿había gato o era solo la soledad de abuelo transformada en amigo invisible?
Decidí preguntar a Teresa Pérez, la vecina.
Por la mañana, con los sonidos del campo y el olor de la tierra mojada, fui a su casa.
¿Un gato? ¡Pero si tu abuelo nunca tuvo animales! Hace un mes lo oí hablar solo, como si estuviera negociando con alguien para que se acercara Pero yo me asomé y ahí no había nadie. Y siempre llamaba Sombra a ese amigo. Ni yo ni nadie hemos visto ese gato. Carlota, tu abuelo estaba muy solo, quizá empezó a imaginar cosas
Volví a casa y me puse a ordenar el patio, pero tenía la cabeza llena del dichoso gato. ¿Y si realmente había un gato, pero era demasiado miedoso? ¿Y si solo buscaba cariño como mi abuelo?
Mientras recogía, sentí muchas veces que alguien me miraba. Me giré varias veces, pero nada. Al final, descubrí unos días después, en una de esas tardes tranquilas, una sombra negra entre las ramas del zarzal.
¡Ah, pero eres tú, Sombra! solté, casi en un suspiro, y sentí como si el abuelo me escuchase. El gato me observó, se escurrió y desapareció.
Los días pasaron y, la mañana que tocaba volver a Madrid, mientras cerraba la maleta, el gato apareció en el umbral, mirando con sus ojazos. Me siguió con sigilo a la parada del autobús; cuando por fin iba a marcharme, Sombra se restregó en mis piernas; sentí que él también había elegido.
Lo cogí en brazos, y supimos los dos que de allí nos íbamos juntos. Porque abuelo sin quererlo, nos juntó. Y aunque la gente no crea en las historias de gatos invisibles, yo siempre veré en Sombra un lazo con mi abuelo.
Antes de marcharme, pasé por casa de Teresa a dejarle las llaves, y no pudo más que sorprenderse al ver a Sombra:
¡Ay, Carlota! Pues sí que existe
Le di las gracias, cogí los bollos que me preparó para el viaje y subí al autobús.
Mientras miraba por la ventana, me pareció ver la cara sonriente del abuelo entre las nubes del cielo de La Mancha, y Sombra, medio adormilado en mi regazo, miraba al mismo lugar.
Y de repente, sentí cierta paz. Mi abuelo sigue vivo, aunque solo sea en nuestros recuerdos o, quién sabe, en un gato negro que por fin encontró su casa.
Fin.



