Diario,
Hace una semana volví a ver a mi primer amor, en el entierro de su esposa, y desde entonces siento que mi vida entera está patas arriba. Tengo 40 años, hace dos que me divorcié y tengo dos hijos. Creía que todo lo importante en cuestión de amor ya lo había vivido, que los ciclos estaban cerrados, que no quedaban cabos sueltos. Pero bastó verlo de nuevo para darme cuenta de que hay historias que nunca se cierran del todo.
Tenía yo 17 años cuando estuvimos juntos. Él fue mi primer amor de verdad. De esos que hacen que el pecho pese, que te empujan a escribir cartas y soñar con una vida juntos. Pero mis padres nunca le aceptaron. Decían que no había terminado el bachillerato, que trabajaba de mecánico, que no tenía futuro, que yo «merecía algo mejor». La presión fue tanta que al final lo dejé. No porque dejara de quererle, sino porque me sentía obligada. Poco después, me mandaron a estudiar a Salamanca y comenzó una vida distinta para mí.
Pasaron los años. Terminé la universidad, me casé, tuve hijos, formé una familia. Por fuera todo parecía estar bien, pero mi matrimonio fracasó y terminé divorciándome. Hace un tiempo regresé a mi pueblo cerca de Segovia con mis hijos. Volví a coincidir con antiguos compañeros de colegio, vecinos, gente de siempre, pero no con él. De él nunca pregunté. No sé si por miedo, por respeto o porque intuía que remover esa historia podía doler.
Hasta la semana pasada, cuando un conocido me escribió: «¿Te has enterado de lo de Marcos?» Al principio no supe a qué se refería. Me explicó entonces que su mujer había fallecido y que entre los compañeros estaban organizando flores y una serenata para el funeral. Me preguntó si quería unirme y si pensaba ir. Me quedé mirando el móvil varios minutos, sin responder.
Al final fui al entierro. No sé explicar por qué; sentí que debía hacerlo. Al verlo ante el féretro, con el rostro cansado y los ojos enrojecidos, noté cómo se me encogía el corazón. Ya no era aquel chico de 17 años, pero seguía siendo él. Nos cruzamos la mirada desde lejos. No nos abrazamos. No cruzamos palabra. Solo esa mirada. Pero fue suficiente para desmontarme por dentro.
Desde entonces, no consigo quitarme a Marcos de la cabeza. Lo que fuimos. Lo que no nos dejaron ser. Cómo habría sido mi vida si no hubiese obedecido tanto. Me siento culpable de pensar en esto justo cuando él está en duelo. No quiero acercarme, ni ponerle en una situación incómoda, ni removerle más las cosas. Ni siquiera tenemos contacto en redes sociales. No nos hemos dicho nada. Todo ocurre solo en mi pensamiento y en mi pecho.
Y aquí estoy – 40 años, dos hijos, una vida hecha – y me siento de nuevo como aquella adolescente de 17 años que se enamoró por primera vez. No sé si esto es nostalgia, si es tristeza por lo que no ocurrió, o si es normal que el primer amor despierte cosas que creíamos enterradas.
¿Qué haríais vosotros? Necesito consejo…





