Valentina caminaba cargada con bolsas del supermercado, charlando animadamente con su vecina Natalia. Pero al ver un coche lujoso aparcado junto a la verja de su casa, se irguió con orgullo:
¡Vaya, parece que mi futuro yerno ha venido a hacernos una visita matutina!
Natalia también lanzó una mirada al coche y en sus ojos brilló una chispa poco amistosa:
¿Ya lo consideras tu yerno? Veremos… Que yo sepa, él aún no le ha pedido matrimonio a tu Lidia. Y francamente, habría que enterarse de quién es realmente ese hombre, ¿no será un sinvergüenza? O un estafador…
Valentina agitó la mano con desdén, apretando los labios:
No digas tonterías. Es un buen hombre y tiene intenciones serias con nuestra Lidita. Bueno, ya me voy, no tengo tiempo de entretenerme. Tengo que preparar el té para el invitado, y justo llevo unos bombones para acompañar.
Recogiendo sus bolsas llenas de provisiones, Valentina apresuró el paso hasta casa. Natalia la vio alejarse con una mueca de desagrado.
«¡Pues claro! Ahora entiendo por qué ha comprado el jamón ibérico más caro, los mejores bombones y ese queso manchego. ¡Quiere agasajar al visitante! A esta le corre prisa quitarse de encima a su inocente Lidia y casarla como sea».
***
Ya en casa, Valentina no podía disimular su sonrisa. Al entrar, vio a su hija Lidia sentada en un taburete; el invitado, el futuro yerno, estaba a su lado, inclinado para mirarla fijamente a los ojos. Apenas Valentina cerró la puerta algo fuerte, el hombre se enderezó y se apartó, como si los hubiesen pillado en pleno coqueteo.
Como siempre, él se comportó con extrema cortesía. Había regalado a Lidia un ramo de flores, una caja de bombones y un perfume de lo más elegante.
A su futura suegra por poco le hace una reverencia. Valentina no apartaba la vista de él.
Ay, hija mía, ¡qué hombre tan apuesto! Tiene unas canitas en las sienes, pero eso no le quita ni un ápice de atractivo. Parece todo un aristócrata decía luego Valentina, entusiasmada, a su hija.
Lidia sonreía con suficiencia:
Es que es un aristócrata, mamá.
¿Y a qué ha venido hoy? ¿Por fin con flores y regalos? insistía la madre.
De repente, la expresión de Lidia se ensombreció:
No, mamá. No me ha propuesto matrimonio. Solo quería convencerme para salir esta noche al teatro, a Madrid.
La sonrisa se borró de la cara de Valentina.
¡Ajá! O sea, que quería invitarte a una cita… Ya me lo olía yo. Estos señoritos de ciudad sólo vienen a los pueblos a divertirse y, cuando se aburren, buscan una nueva ingenua.
Una cita, dice… Ay, hija, yo creo que has pescado a un auténtico donjuán. Lleva viniendo meses y ni una palabra de boda o compromiso.
Mamá…
¿Qué mamá ni qué niña? ¡Tú tienes ya treinta años! Y él, casi cuarenta. ¿No es hora ya de sentar cabeza? Si tanto se lo piensa, que deje de darte esperanzas.
Mamá, déjanos decidirlo a nosotros.
¡Tú cállate y escucha a tu madre! se enfadó Valentina. Se acercó a su hija, que estaba comiendo, y le quitó de las manos la rodaja de chorizo.
Déjala aquí, que aún tienes que vigilar la figura. Además, este chorizo es carísimo y mañana igual tu pretendiente vuelve a visitarnos. ¡No vamos a quedarnos sin nada que ofrecerle!
Lidia le lanzó una mirada seria y penetrante con sus impresionantes ojos azules, y le preguntó en voz baja:
Mamá, ¿por qué te has puesto otra vez así? ¿Qué te molesta ahora?
Valentina guardó el embutido en la nevera y se puso a recoger la mesa haciendo todo el ruido posible.
Se llevó el plato de queso, casi de debajo de la nariz de su hija. También apartó el cuenco de bombones. Y, mirándola con reproche, soltó:
Me da miedo, ¡eso es lo que pasa! Viene y viene delante de todo el pueblo, pero igual al final se va sin pedirte en matrimonio. Y tú ya no eres una cría: te empiezan a llamar solterona por aquí.
Y si algún pretendiente más iba a aparecer, después de las visitas de este aristócrata, no vendrá nadie más.
No te preocupes, mamá sonrió Lidia. No va a irse a ningún sitio sin mí, de eso puedes estar segura.
***
Una semana después, Valentina hacía la maleta de su hija, limpiándose las lágrimas. Siempre pensó que Lidia era muy formal, pero resultó que no.
¡Estaba embarazada! Cuando la madre le preguntó cuándo había pasado tal cosa, Lidia sonreía con picardía:
Cuando él me llevó en coche al campo a recoger moras. Me esperó todo el rato para traerme de vuelta. Imagínatelo: esperando toda la mañana por mí. Porque le gusté mucho, claro… ¡Mira qué guapa soy!
Ya, ya… decía Valentina, sin entender. ¿Y fue allí mismo, al lado del campo? ¿Pero cómo? ¡Dímelo de una vez! ¡Tengo que saber dónde fallé en tu educación!
Lidia se servía un trozo de jamón con el queso favorito de su madre y se reía:
No importa, mamá, jajaja… Lo importante es que ¡él me quiera por esposa!
¡Pero que sepa que invitaremos a todos los familiares a la boda! repetía Valentina. Ay, qué duro se me hace dejarte marchar a tierras lejanas, hija mía. Eres mi único tesoro.
Te vendré a ver muy a menudo, mamá…
Llegaron vecinos corriendo a la casa, aporreando la puerta y gritando:
¡Valen, que dicen que tu hija se casa y no nos has contado nada!
Se va, corría respuesta Valentina, se marcha ya.
¡Ay, y nosotras aquí sin regalo! Habérnoslo avisado antes.
No hacen falta regalos, la niña solo se va a la ciudad con su novio.
¡Qué alegría!…
***
Se fue mi sangre, mi niña, la única que tenía, llevada a Madrid por su amado.
Después Lidia llamaba contando lo bonito que era el chalet del yerno. Futuro yerno, se entiende.
Valentina esperaba alguna noticia de boda, pero no llegaban.
Un mes, luego otro, luego medio año… Hasta que Natalia, la vecina, vino corriendo para contarle que había visto a Lidia en la ciudad, ¡con un carrito de bebé! Valentina estuvo a punto de desmayarse.
¿¡Con un carrito!? ¿Cómo puede ser?
Salió corriendo de casa, abrochándose la chaqueta a toda prisa y subió al primer autocar a Madrid, sin recordar ni por qué ni cómo.
¡Había nacido su nieta y Lidia ni siquiera le había avisado! ¡Había ocultado tal cosa a su propia madre!
La llamó nada más llegar, gracias a Dios que en la ciudad había cobertura, no como en el pueblo.
Lidia tardó en contestar, rechazaba las llamadas, lo que indignaba aún más a Valentina.
¿Dónde estás? gritó Valentina por el móvil, atrayendo todas las miradas en la estación. ¡Estoy en Atocha, ven ya a buscarme! ¿Y me vas a explicar por qué has tenido una hija y yo ni me he enterado?
Lidia llegó sola, en taxi, mirando al suelo.
Mamá, lo siento, no tuve tiempo de explicarlo. He tenido una hija y la he llamado Valeria. Se parece mucho a ti…
Y estamos viviendo en la casa de Pablo el novio se llamaba Pablo. ¡Qué casa más bonita tiene!
¿Y…?
Valentina lanzó una mirada severa a su hija.
¿Te avergüenzas de mí, dímelo claro?
Lidia se asustó:
¡No, mamá! ¿Cómo puedes pensar eso? Lo que pasa es que… Pablo vive con su madre.
La casa y el coche de lujo son de ella. Y él sigue viviendo tal como su madre le dicta… Ella no le permite casarse conmigo.
***
Valentina entró en la casa decidida a poner allí orden.
¡Menuda suegra tenía Pablo! El hijo trae a casa a su novia embarazada y la señora se niega a aceptar el matrimonio.
Sin prestar atención a Pablo, ni siquiera a la niña que Lidia le ponía en brazos, Valentina subió directa en busca de la madre, que estaba tocando el piano en la planta de arriba.
Tosiendo, exigió su atención pero, como no la obtuvo, le cerró la tapa al piano.
La mujer, elegantemente vestida, la miró con frialdad.
¿Qué pasa aquí? preguntó con voz seca. ¿Quién es usted?
¡Soy la madre de Lidia! tronó Valentina. ¿Y no le da vergüenza ponerse a tocar el piano cuando un bebé necesita dormir?
¿Se refiere a Valeria? Ella ha dormido ya contestó la señora entre dientes. Y se lo digo sin rodeos: ¡Quién moleste a quién está por ver!
¿Pero le molesta la niña? se extrañó Valentina. Pues la solución es fácil: váyase a otra vivienda y así todos pueden descansar.
¿Que me vaya de mi propia casa, señora?
¡Porque usted estorba a la nueva familia!
¿Estorbo yo? levantó una ceja la mujer. Nadie les obliga a quedarse aquí. La puerta está abierta, pueden largarse cuando quieran.
¿Y no le importa su nieta? insistió Valentina.
La mujer le dirigió una mirada glacial.
¿Valentina, verdad? Encantada. Explíqueme, Valentina, ¿por qué debería yo preocuparme por tu hija y tu nieta cuando ya tienen a Pablo y a ti?
Ya le he dado a tu hija lo más valioso: ¡mi hijo! Mi apoyo y mi chófer, mi mano derecha, por así decirlo; ¿y aún no es suficiente? ¿Quieres echarme de mi propia casa?
Si me enfadas mucho, llamo a quien deba y os ponen en la calle en un abrir y cerrar de ojos. Si me alteras demasiado, os vais los cuatro juntos, hija, nieta y yerno, de vuelta al pueblo.
Pablo, al oír el tono elevado de la charla, entró apresurado, rogándole a Valentina:
Seguro que estará cansada del viaje, madre. Lidia le ha preparado un té en el comedor.
***
Dicen que el té calma los ánimos… Valentina miraba con furia a la maldita vieja. La otra bebía el té sonriendo, entornando los ojos con malicia.
«Te sobreviviré, lo juro», pensaba Valentina, casi con odio.
Pablo, sintiendo la tensión de su suegra, la miraba de reojo y le daba golpecitos con la rodilla a Lidia debajo de la mesa, como diciéndole con los ojos:
«Tu madre se está pasando, deberías aclararle cómo están las cosas».
Lidia entendía que había llegado el momento de hablar. Su madre era como un tren sin frenos; sólo sabía avanzar arrollando todo.
Mamá dijo encerrándose con Valentina en el despacho, mientras la vieja tocaba desaforadamente en el piso de arriba. Tenemos que hablar.
¿De qué? se indignó Valentina. Veo que no has conseguido nada en este tiempo. ¡Tu suegra os maneja a su antojo!
¡No es mi suegra, mamá! confesó Lidia. Es la esposa de Pablo. ¡Es su única y legítima esposa!
La noticia dejó a Valentina descolocada, sin palabras.
¿¿Cómo?? balbuceó.
Lidia le dirigió una mirada compasiva:
Has visto lo rico que es Pablo, ¿verdad? Pues todo eso vino de casarse con ella hace veinte años… Ella tenía entonces casi cincuenta. No ha querido hijos, jamás. Es una mujer que no los ha querido nunca.
Valentina abría y cerraba los ojos, atónita, echando un vistazo a los estantes llenos de libros, el lujo, el terciopelo, el oro, la biblioteca… Todo carísimo.
Todo esto es suyo continuó Lidia tristemente. Al principio no lo entendía, cuando vine a vivir aquí.
Yo pensaba, como tú, que era la madre de Pablo y quise luchar pero cuando empezó el conflicto, él me contó la verdad.
¡Menudo sinvergüenza! se enfureció Valentina. ¿Y qué quieres tú con ese hombre?
Pues está claro, mamá. Pablo quiere formar una familia, niños… Pero ella nunca lo permitió. Se resignó años, y ella le dio permiso… para tener una amante.
Es decir, a mí. Y, ¿sabes? Pablo ya no vive con ella como marido y mujer desde hace años. Viven como vecinos.
Ya he oído bastante Valentina se levantó. Haz la maleta, coge a la niña y nos volvemos al pueblo.
Pero Lidia levantó la barbilla con dignidad:
¿Sé te ocurre qué, mamá? Yo no me muevo de aquí. Estoy bien así. Me quedo con Pablo. Algún día, cuando enviude, se casará conmigo.
Mientras tanto, esa mujer te hará la vida imposible.
Y que lo haga, mamá. Esta es mi vida, yo la he elegido.
Pues quédate aquí, viviendo de prestado y aguantando desprecios. Yo me marcho. ¡Aquí no me vuelves a ver! exclamó Valentina, furiosa.
***
Ahora los días de Valentina se arrastraban tristes y vacíos. Sólo vivía de las habladurías de las vecinas.
Que si la hija de una vecina se había casado, que si otra había tenido un hijo. Valentina iba a casa de Natalia para jugar con su nieto, suspiro tras suspiro, acordándose de su Lidia y su propia nieta.
Hasta que un día no pudo más. Cerró su casa y se fue a Madrid.
Se escondió tras la verja del chalet donde vivía su hija y observó.
Vio cómo su nieta, Valeria, ya crecida, corría por el jardín con dos caniches y gritaba: ¡Abuela, abuela! Llamando así a la esposa de Pablo.
«Vaya con la niña se indignó Valentina, presa de los celos. Pero si esa no es su abuela, la abuela soy yo».
Saliendo de su escondite, Valentina fue a llamar con insistencia a la puerta.
***
A la abuela Valentina nadie intentó echarla de la casa. Incluso la dueña sólo comentó: La casa es grande, hay habitaciones de sobra.
Tampoco discutían las dos mujeres; solo se lanzaban, de vez en cuando, puyas mientras cuidaban el jardín o jugaban al escondite con Valeria:
Te veo corriendo, ¿eh? Vendrías pensando que maltrato a tu hija. Bien hecho, la tuya es blandita, necesita defensa contra mí.
Si quiero, la echo a la calle. Y si no, no. Vamos, que tu hija no ha salido a ti. Debe parecerse más a su padre. Tú tienes carácter, aunque flojito.
Que como siga, te meto el plumero en el ojo. ¿Y por qué flojito? refunfuñó Valentina.
Pues porque has venido tú a buscarla en vez de que venga ella a ti. Si tuvieras más carácter, te harías valer.
Yo tengo más fuerza que tú. He venido porque veo que estás hecha polvo, te queda poco. Habrá que cuidar de ti. Y no me importa, por familia. Eso sí, ¡que no le toque el turno a Lidia!
¡Ja, ja, ja! Qué risa. Yo estoy estupendamente, me cuido en los mejores médicos, como mucho mejor. Y nunca he tenido hijos, así que de estrés nada. ¿Cómo estás tan segura, Valentina, de que yo me voy a ir antes que tú?




