La mosca zumbaba agudamente en la ventana. Vovka abrió los ojos. Un rayo de sol deslizaba con cariño…

Life Lessons

Una mosca giraba y zumbaba en la ventana, con ese sonido delgado y agudo que no pertenece a ningún mundo. Jaime abrió los ojos. Un rayo de sol, casi líquido y tibio, resbalaba con cariño sobre su almohada y acariciaba la punta de su nariz, como si quisiera despertarle a otro universo. Se estiró largamente y sonrió, sintiendo bajo el edredón el cobijo cálido y mullido de lo onírico, como si todavía pudiera seguir flotando. No quería levantarse.

¡Mamá! llamó con una voz que no parecía suya, repitiendo más fuerte con eco, ¡maaam!

Su madre entró, secándose las manos en el delantal con ese gesto de siempre. Se inclinó hacia él y, mientras le besaba la nariz respingona, dijo, como si recitara un retazo de sueño:

¿Ya te has despertado, pillín? ¡Venga, arriba, mi chiquillo!

Jaime la rodeó con los brazos, aferrado a su cuello. Olía a leche templada, pan y algo más: ese aroma profundo a hogar antiguo lleno de milagros insospechados. Antes, cuando vivían en Madrid, era su padre quien lo despertaba para ir al colegio infantil. Juntos hacían gimnasia, se cepillaban los dientes, se lanzaban agua y reían, mientras su madre regañaba y les empujaba como un río de tiempo. Pero un día, sin aviso, el padre no lo recogió, y él pasó la tarde sentado con el portero. Llegó mamá, tarde, con los ojos rojos, e intentó enhebrar las palabras: ya no hay papá, y ahora tú eres el hombre de la casa. Lo que pasó tampoco lo entendía bien, pero más tarde oyó en murmullos de mayores: su padre murió al volante de un coche ajeno. Por el coche, unos hombres duros se quedaron con su piso. Así que acabaron mudándose al pueblo, a la casa de la abuela María.

El pueblo era largo y se deslizaba junto al río, que pronto se adentraba en el bosque. Allí vivía la abuela María, y ahora también Jaime y su madre. No había abuelo; se fue, decían, cuando Jaime era aún casi luz en pañales. Así que, entre mujeres y recuerdos, él mismo era el varón, el jefe caballero de la familia.

La abuela y mamá trabajaban en la granja. Ahora, Jaime ya sabía que una granja era un caserón repleto de cerdos, vacas y hasta caballos. Un día mamá lo llevó y le enseñó todos los animales. A Jaime, la granja no le agradó; el olor le resultaba tan fuerte que se tapaba la nariz, mientras madre y abuela reían, como si aquel aire fuera sólo música de otro mundo.

Corrió en pijama hasta la puerta principal, con los pies helados metidos en zapatillas, y salió a hacer pis al patio que aún sudaba rocío bajo el sol de un domingo de agosto, tan fresco que le hacía tiritar. Los gallos gritaban de una esquina a otra del universo. A lo lejos, los perros ladraban y aullaban, entremezclando dimensiones.

La abuela María apareció desde el cobertizo:

Otra vez alguien ha estado haciendo un agujero junto a las gallinas gruñó. ¿Cuándo aparecerá el duende?

Y Jaime pensaba, adulto y niño a la vez: “Pronto será otoño… ¡Qué ganas de volver al cole!” Su corazón diminuto palpitaba alegremente ante esa idea. Todo estaba ya preparado: mochila nueva, libros relucientes, y aquel verano había aprendido a leer, aunque escribir todavía era otro misterio.

Desayunaron gachas y tortitas, las favoritas invisibles.

Jaime, la abuela y yo hemos decidido ir hoy a buscar setas. ¿Vienes o eres todavía pequeño? dijo mamá, sonriendo con picardía y lanzando una mirada cómplice a la abuela.

¡Que voy, claro! exclamó él, la boca llena de tortita y el vaso frío de leche entre las manos.

Salieron cerca del mediodía. El bosque los recibió con una caricia de sombra. Era ese fin de agosto en que parece que los árboles fingen no querer soltar todavía su traje verde. Setas se cruzaban en el camino de Jaime; pero mamá le explicaba, con un gesto de magia antigua, que algunas no se comían. Pasearon largo rato. La abuela se alejó tanto que no contestaba cuando mamá gritaba su nombre. El bosque lasremolinaba.

El sol buscaba su nido en el horizonte cuando mamá decidió que era hora de volver. Tenían la cesta y la bolsa repletas de tesoros silvestres. El cubito de Jaime pesaba y le dolían los brazos, pero no se quejaba, porque, claro, ¡él era el hombre! Sin embargo, el bosque había cambiado de sitio. No sabían salir. Primero toparon con un pantano, luego con un laberinto de ramas muertas. Dieron vueltas, llamaron a la abuela, pero el viento en las hojas de los álamos tapaba todos los sonidos. Sentadas en la hierba, no sabían qué hacer.

De pronto, tras de ellas, unas ramas crujieron y los arbustos se abrieron. Apareció una anciana encorvada, con un hatillo de leña a la espalda. Parecía destilada de todos los cuentos de la península.

¿Qué, asustadas, eh? Tranquilas, que hace mucho que no como niños susurró, guiñando a la madre, enseñando la sombra de una boca desdentada y un nariz ganchuda con lunares.

¿Perdidas, verdad? ¿De quién sois? ¿De los de María? gruñía sin esperar respuesta, y volvió a cargar el haz de ramas, andando con seguridad por el bosque.

Vamos, no os quedéis ahí como estatuas.

Mamá y Jaime, recogiendo sus setas, la siguieron. La anciana abría la maleza y, al poco, la luz se hizo; salieron en una enorme pradera. Al fondo, se veía su pueblo. En la otra punta del prado, la abuela María apareció del bosque. La bruja rió, agitó una mano nudosa y se alejó, encorvada bajo su fardo, hacia la aldea.

Gracias balbuceó mamá, la voz hecha aire. Pero la anciana sólo les restó importancia con un gesto.

Acudió la abuela:

¡Hija, pero cómo te pierdes en el bosque de toda la vida! la regañó. ¡Si de pequeña venías aquí a por moras!

Abuela, ¿esa señora es una bruja de verdad? preguntó boquiabierto y sobresaltado Jaime.

No, qué va, hijo, esa es la Tía Saturnina. Aunque, de joven, ya decían que era tan rara como una bruja.

Por la noche, en la cena, Jaime preguntó de repente:

Abuela, ¿por qué la llaman la Tía Saturnina?

No lo sé exactamente, pero hasta de niña le decían así. Dicen que era muy gordita y su familia tenía buenos dineros. Siempre salía con pan y tocino, comiendo sentada en el zaguán, y nunca compartía nada con los otros chicos, por eso no tuvo amigos. Cuando creció tuvo un hijo, pero una primavera con la crecida del río, el niño se perdió entre los troncos que arrastraba la corriente y lo encontraron días después. Saturnina perdió la cabeza y su marido se entregó a la bebida. Cuando él murió, se quedó sola, ya no hablaba apenas con nadie. Solo la cabra y sus hierbas. Cura con plantas, si alguien llama a su puerta la abuela terminó su relato, la voz flotando entre dos tiempos.

Mamá recogía la mesa despacio:

Ay la vida no suele regalar felicidad, comentó, y hasta Jaime sintió ternura y compasión por la extraña Saturnina.

El septiembre era dorado y agudo como campanas. Por las mañanas hacía frío, a veces con escarcha, pero por el día quemaba el sol como una llama de verano. El aire olía limpio, y el bosque se vestía de cobre y violeta. Recogieron las patatas. Jaime ya iba al colegio desde hacía dos semanas. Recordaría toda la vida aquel primer día de clases y a la señorita Carmen, amable y a la vez firme, que lo llevó de la mano al aula porque él era el más bajito de la fila.

No ponían notas aún, pero Carmen lo felicitaba a menudo y decía:

Jaime, muy bien, pero tienes que practicar más la letra.

Hizo amistad con dos niños de su calle, Mateo y Luis, que iban a segundo; volvían juntos a casa cruzando un baldío y el huerto de Saturnina. A veces, la abuela o mamá venían a recogerle.

Un día, la suerte le sonrió. La maestra le puso dos estrellas rojas y lo inscribió en la biblioteca. Le prestaron un libro: “La palabra mágica”. Flotando de felicidad, salió del colegio. Mateo y Luis tenían otra clase y él fue solo por el solar lleno de trastos y cacharros.

De pronto, un ruido extraño. Jaime levantó la vista: delante, una jauría de perros. Muchos. Dio un paso atrás, trató de correr, pero ya lo habían rodeado. El mayor se acercó, enseñando los dientes. Jaime gritó, aunque no se oyó ni en sueños. El perro saltó hacia él. Intentó protegerse con la mochila, pero el animal la arrancó y la despedazó en el polvo.

Jaime cayó al suelo, cubriéndose la cabeza, hasta que unos dientes se hundieron en su hombro y el mundo se volvió niebla y olvido. No vio la figura encorvada de Saturnina corriendo hacia ellos con una azada. Saltó ágilmente la valla y se puso a repartir golpes a derecha e izquierda. Los perros dudaron, pero eran demasiados y ya olían sangre. Rodearon a la vieja y al niño caído. Saturnina se defendió como una fiera, chillando con voz de pesadilla, blandiendo la azada. El perro grande le saltó a la espalda y la mordió en el cuello. Mientras perdía el conocimiento, Saturnina se desplomó sobre Jaime y su larga falda los cubrió como un manto.

A esa hora, el pueblo quedaba desierto: los mayores en el campo, los niños en la escuela. El veterinario y su ayudante volvían de la ciudad tras tramitar vacunas y pienso. Por la pista, vieron movimiento entre la hierba junto a la huerta de Saturnina y escucharon gruñidos:

Gonzalo, mete por el camino de Saturnina. ¿Qué está pasando ahí?

Cuando llegaron, la escena era terrible: perros rabiosos, la hierba y los libros tremendamente manchados de rojo. Saturnina yacía boca abajo, el brazo apenas hueso. Un perro tiraba de su cuello. Los hombres saltaron del coche y se defendieron como pudieron. Los perros les mordieron, se lanzaban al pecho. Gonzalo empuñó la azada ensangrentada y golpeó la jauría una y otra vez. Otros vecinos llegaban corriendo con horcas y escopetas, disparando al aire. El perro líder, herido, se lanzó hacia el bosque y todos le siguieron.

La vieja gimió. Bajo su cuerpo estaba Jaime, inconsciente y muy pálido.

¡Llama una ambulancia! La vieja está viva

Cuando levantaron a Saturnina y la apartaron, hallaron a Jaime debajo, pálido, cubierto de sangre.

Un rayo de sol otoñal se coló por la ventana blanca y tosca del hospital. Jaime abrió los ojos. El blanco de las paredes asustaba como el vacío. Se movió. Mamá, allí sentada, sollozaba y reía a la vez.

¡Jaime, mi niño, por fin! lloriqueó sujetándole la mano.

Le dolía el brazo vendado y el hombro. Recordó todo, y preguntó:

Mamá, ¿los perros me mordieron la mano, ya no podré escribir?

No, hijo. Solo te la desgarraron un poco, te han operado, todo irá bien. intentó bromear: Para la boda ya estará curado. Da gracias a Saturnina. Te cubrió con su cuerpo.

Saturnina fue enterrada en el cementerio del pueblo. Los perros la habían mordido tanto que su anciano corazón no aguantó la operación. Tras la tragedia, los hombres del pueblo, enfurecidos, dispararon en secreto a la jauría: cuarenta cuerpos quedaron enterrados fuera del pueblo. Encontraron también madrigueras de cachorros; los llevaron a distintos hogares.

Jaime faltó a clase sólo un trimestre. La mano temblaba, pero cada día mejoraba. Carmen le animaba. Los demás niños lo miraban como a un héroe.

Él y su madre fueron al cementerio, y dejaron un gran ramo de flores en la tumba de Saturnina. En la placa ponía que, en realidad, se llamaba Saturnina García Martín y que, el día de su muerte, cumplía noventa años justos. Mamá lloró suavemente.

Quién lo diría lo que le debe el destino. Gracias, Saturnina. Gracias por el bosque y, sobre todo, por mi hijo. Que la tierra te arrope suave.

Cuando, en Navidad, haciendo la función escolar apareció la figura de una bruja ante el árbol, a Jaime le dolió la mano y salió llorando del salón. Recordaba a Saturnina. Su ángel extraño, de sueño, de otro mundo.

Rate article
Add a comment

thirteen − nine =