Volví a casa antes de lo previsto: una futura mamá, dos maletas repletas y un marido más preocupado por el suelo limpio que por mi llegada

Life Lessons

Te cuento lo que me pasó, que todavía no me lo creo ni yo. Pues nada, que decidí volver a casa desde Salamanca tres días antes de lo previsto, para darle una sorpresa a mi marido. Íbamos a vernos el jueves, pero me vinieron unas ganas tremendas de verlo y, con el embarazo, cualquier excusa es buena para no estar sola.

Llego a la estación de autobuses de nuestro barrio en Madrid, arrastrando dos bolsas que pesaban más que mi conciencia en época de exámenes. Venían llenas de cosas que mi madre me había dado: tuppers con cocido, membrillo, manzanas del pueblo Vamos, la compra del mes. Me duele ya hasta decirlo: la espalda pegando tirones, la barriga enorme, los pies como botas de montaña. Suspendía la ley de la gravedad, te lo juro.

Saco el móvil y llamo a Juan, mi marido. Cariño, soy yo, le susurro, intentando no sonar tan destrozada como me siento.

Y él, pegando un brinco: ¿¿Pero qué haces en la parada?? ¿No quedamos el jueves? ¿Por qué no avisaste? Un drama. Pero bueno, le digo que quería darle una sorpresa. Y en vez de estar contento, va y me dice: Marta, no vengas, espérate. Está la casa vacía, ayer me lo comí todo. Hazme un favor: pásate por el Ahorramás ese de la esquina y pilla algo de carne, de vacuno bueno.

Me quedo de piedra. ¿Pero este tío es normal? Juan, te recuerdo que estoy embarazada de seis meses, tengo aquí dos bolsas gigantes y apenas puedo con mi alma.

Pero él, a lo suyo: Amor, es que quiero recibirte bien, en condiciones. No he ido a trabajar, estoy preparando la casa, pero no tenemos nada para comer, y tú ya sabes cómo me pongo.

No daba crédito. Pero como soy más blanda que un flan, le digo que venga por mí, que me acompañe, que me duele la espalda. Él insiste: Solo un momentito, te lo pido por favor. Compra carne, un poco de patatas también, que las nuestras ya están pochas. Si puedes pide ayuda para llevarlas, pero hazlo por nosotros, anda.

Total, que resoplo bien fuerte, cojo las bolsas y, medio llorando, me encamino al supermercado. Allí iba yo, con la bata premamá y la cara de circunstancias, empujando el carrito mientras la cajera me miraba con una mezcla de pena y respeto. Lo peor fue la bolsita de patatas nueva, que pesaba como si estuviera llena de piedras del Bernabéu.

Salgo del súper, sin manos ya, y me vuelve a llamar Juan: ¿Tienes ya todo? Vente para arriba pero espera fuera, ¿vale? Dame diez minutos exactos. Y ahí ya, me sale la vena de barrio: ¡Pero tú eres tonto o qué, Juan! ¿No ves cómo estoy? Mira, o bajas ahora o grito aquí delante de todo Madrid.

Pero él nada: ¡El sorpresa no está listo! ¡Si subes ahora, se va todo al garete! Aguanta en el banco, porfa, cinco minutos.

Me siento en el banco delante del portal, con las bolsas por los suelos y las ganas de llorar a niveles Champions League. Empieza a pasar el tiempo, cinco, diez, quince minutos. Yo, con la barriga entre las piernas, los tobillos hinchados, mirando el portal y preguntándome qué demonios estará preparando este hombre. ¿Una orquesta? ¿Una alfombra roja?

Ya casi media hora después, baja a todo correr, la camiseta puesta del revés, sudando y con cara de niño nervioso antes de un examen oral. ¡Ya puedes subir! Sube a por las bolsas con una sonrisa y tira de mí hacia el ascensor.

Entramos en casa y ¡madre del amor hermoso! Apesta a lejía y ambientador barato a brisa marina. Todo limpio, casi vacío, ni rastro de las montañas de ropa que él deja siempre, las estanterías relucientes, el suelo mojado aunque todavía chasquea en algunas zonas, y mis figuritas arrinconadas en la esquina.

Y él, feliz: ¿Has visto? ¡Sorpresa! Me he dejado la piel por ti, para que solo tengas que llegar y descansar.

Le doy la vuelta, en silencio. ¿Y todo este numerito solo por fregar el suelo? Y él, ofendido: ¡Sofía, tres horas me he tirado fregando, limpiando el váter, todo! Quería darte la bienvenida como te mereces.

Me entran los siete males. ¿Y te parecía más importante limpiar el váter que salir a buscarme cargando con bolsas y embarazada? Me suelta que sí, que yo siempre le digo que no hace nada en casa, que ya era hora de sorprenderme. Se me cae el alma a los pies. Juan, si tenías ganas de sorprenderme, lo que necesitaba era que me hubieses agarrado de la mano y subido estas bolsas, no que me tuvieses esperando afuera como si fuera una ex.

Entonces él explota: empieza a gritar, a lamentarse de que nunca estoy contenta, que podría valorar lo que ha hecho Yo solo puedo llorar, pensar en el viaje, el cansancio, las ganas que tenía de abrazarle y que él estuviera ahí para mí y para el bebé.

Sigo un rato más, él acaba arrojando un trapo y un trozo de carne a la mesa, diciendo que ya no cocina nada, que haga lo que quiera. Y yo, sin decir nada, cojo mis cosas y me voy a casa de mis padres otra vez, sin ganas de cambiarme siquiera.

Después, te podrás imaginar, toda la familia detrás de mí para que no me divorcie: mi suegra, la cuñada, hasta mis tíos de Valencia llamando. Pero yo lo tengo claro: un marido así no lo quiero. Bastante tengo con el embarazo como para andar justificando a quien pone el brillo del váter por encima de la salud de su mujer y de nuestro hijo. Y mira, en esto, ni la mejor fabada del mundo me habría consolado.

Rate article
Add a comment

seven + 14 =