Mamá, ya tengo diez años, ¿verdad? pregunta de repente Iñigo al volver del colegio.
Sí, ¿y qué? su madre le mira sorprendida.
¿Cómo que y qué? ¿Es que se te ha olvidado lo que me prometisteis papá y tú cuando cumpliera diez años?
¿Prometimos? ¿El qué prometimos?
¡Prometisteis que me dejaríais tener un perro!
¡No! exclama la madre casi asustada. Cualquier otra cosa menos eso. ¿Quieres que te compremos un patinete eléctrico? El más caro que haya. Pero con una condición: no vuelvas a hablar jamás de tener perro.
¿Así que así sois…? Iñigo pone gesto ofendido. Y luego me decís que hay que cumplir la palabra dada… ¡Menudos padres! Vosotros sí que os olvidáis de lo que prometéis… En fin, en fin…
El niño se encierra en su cuarto y no sale ni siquiera cuando suena el timbre y entra su padre de trabajar.
Papá, ¿te acuerdas de lo que me prometisteis tú y mamá…? empieza de nuevo, pero su padre le corta.
Ya me ha llamado mamá y me lo ha contado. Pero no entiendo por qué te has encaprichado de eso.
Papá, llevo soñando con tener perro mucho tiempo. ¡Lo sabéis bien!
¡Sí, sí! Has leído demasiados cuentos de Manolito Gafotas, te crees que todo es posible. ¡Uf! Uno no siempre puede cumplir todos sus deseos. ¿Tú sabes lo que cuesta un perro de raza? ¡Una fortuna!
¡Pero no quiero uno de raza! salta Iñigo enseguida. Me da igual, me vale el más mestizo, incluso uno abandonado. El otro día leí en internet sobre perros abandonados… Son tan desgraciados
¡No! le interrumpe su padre. ¿Cómo que uno sin raza? ¿Para eso te vas a poner a traerlo a casa? ¡Son feos! Así que escucha, Iñigo: Estoy dispuesto a aceptar que recojas un perro abandonado, pero sólo si es de raza… y joven.
¿Así, con esas condiciones? frunce el ceño Iñigo.
Así mismo el padre lanza una mirada aquí a la madre y le guiña rápido un ojo. Tendrás que entrenarlo, llevarlo a concursos, sacarlo a pasear Un perro viejo no sirve para eso. Así que, si encuentras un perro joven, de raza y abandonado por la ciudad, bueno, aceptaremos.
Bueno… suspira el chico, sabiendo que jamás ha visto perros de raza abandonados por la calle. Pero la esperanza es lo último que se pierde, y se promete intentarlo.
El domingo, Iñigo llama a su amigo Alberto y, tras comer, se lanzan a la búsqueda.
Caminan la mitad de Madrid hasta el atardecer, pero ni rastro de un perro de raza perdido. Hay muchos bonitos por el Retiro, pero todos llevan correa y dueño.
Ya está dice Iñigo, agotado. Sabía que no encontraríamos nada.
Podemos ir el domingo que viene a un refugio propone Alberto. Allí hay perros de raza también, lo he leído. Solo necesitamos la dirección. Pero ahora tengo ganas de sentarme.
Encuentran un banco vacío junto a la Puerta de Toledo y se sientan a soñar despiertos: tal vez un día consigan su perro, lo entrenen juntos y le ganen hasta a los ingleses en una exposición. Fantasean un poco, descansan y caminan cabizbajos ya de vuelta a su barrio.
De pronto, Alberto tira de la manga de Iñigo y señala.
Iñigo, mira.
El chico mira y ve un cachorro sucio, de color blanco grisáceo, que avanza torpemente por la acera.
Un chucho afirma Alberto, y silba.
El perrito se gira y, alegre, corre hacia ellos, pero se detiene a dos metros, desconfiando.
No se fía dice Alberto. Seguro que alguien le ha hecho daño.
Iñigo también silba bajito y alarga la mano. El perrito le olfatea, y cuando el chico avanza un poco, el animal ni se escapa. Solo mueve la cola, cauteloso.
Vámonos, Iñigo dice Alberto, intranquilo. ¿Para qué quieres uno así? ¿A un perro de raza puedes ponerle un nombre elegante, pero a este solo le va un nombre como Botón? se da la vuelta y se aleja rápido.
Iñigo acaricia un poco más al perrillo, luego se separa triste tras su amigo. En el fondo, le encantaría llevárselo a casa.
De pronto, el cachorro gime a su espalda.
Iñigo se queda quieto. El cachorro llora.
Alberto también se detiene y susurra:
¡Iñigo, ven! ¡Sin mirar atrás! Te mira como si fueras su dueño y lo abandonaras. Corre.
Alberto sale corriendo, pero los pies de Iñigo pesan. No puede avanzar. Y de repente, siente que alguien tira suavemente de su pantalón. Mira abajo y ahí están, bien abiertos y negros, los ojos atentos del perro.
Entonces, Iñigo, sin pensar, coge al cachorro en brazos y lo aprieta fuerte contra su pecho. Ya ha decidido: si sus padres no le dejan quedarse al perro, esa misma noche se escapa. Y se lo lleva.
Pero, al llegar a casa, descubre que el corazón de sus padres también es grande. Por eso, al día siguiente, cuando regresa del colegio, no solo le esperan su madre y su padre, sino también una Botón limpia, peluda y feliz.


