8 de marzo. Hoy he aprendido que ponerle límites a la familia política es más complicado de lo que imaginaba, pero creo que se me ha dado bien.
Escucha, Elena, ¡esto no puede ser! le dije esta mañana, cuando volvió a contarme que su madre iba a seguir entrando en nuestra casa como Pedro por su casa . Si ahora, al principio de nuestra vida juntos, tu madre ya hace esto, ¿qué pasará cuando tengamos hijos? ¡No va a salir nunca de nuestro piso! No nos va a dejar vivir tranquilos.
A ver, Alejandro, mamá no me es indiferente, también es mi madre. Y temprano o tarde va a conseguir una copia de nuestras llaves, no podemos cambiar los bombines cada vez que se le ocurra venir. Si se da cuenta de que hemos cambiado la cerradura, se va a sentir fatal. Hay que hacérselo entender, pero sin hacerle daño. ¡Tiene que darse cuenta por sí sola de que no debe hacerlo! intentaba calmarme Elena.
Suspiré y no me quedó otra que aceptarlo. Pero, como su madre no entendía ni con palabras ni con indirectas, se me ocurrió una idea radical.
Dime, Elena, si tu madre tiene una copia de nuestras llaves, ¿tú tienes llaves del piso de tus padres? pregunté, mirándola con complicidad.
Aquella mañana de sábado, Manolo y Amparo habían decidido ir a la feria local, que hacían en la Plaza Mayor por el Día de la Mujer. Allí los jubilados, como ellos, podían comprar productos de la huerta a mejor precio que en el supermercado. Manolo volvió contento con un kilo de ternera y unos carpones vivos que aún se movían en la bolsa.
¡Menudo carpones hemos pillado, Amparo! Ahora mismo frío uno y el otro se lo llevo a Elena para que cene. Me imagino la cara del yerno cuando el carpo empiece a chapotear en su cocina se reía Amparo.
Mujer, ¿por qué no dejas a los chavales en paz? Ya tienen treinta años, ¡déjales vivir! Vas por su casa como si fueras la inspectora Colombo, investigando dónde deja Alejandro los calcetines. la regañaba Manolo, aunque en el fondo sonreía.
Pero de repente, Amparo se paró en seco.
Un momento, ¿dejaste abierto el grifo de la ducha? ¿Oigo agua? y se dirigió a toda prisa al baño. Apenas abrió la puerta, salió de un salto.
¡Ay, Virgen! ¡Hay un hombre desnudo en nuestra ducha! exclamó, sin dar crédito, corriendo por todo el piso.
Pero, ¿quién narices está ahí? preguntaba Manolo, sin atreverse a entrar.
¡Alejandro, nuestro yerno! ¿¡Pero qué hace aquí!? gritaba Amparo, indignada.
Salí tranquilamente del baño, secándome las manos con su toalla.
Pues verá, Amparo, en mi casa hoy no había agua caliente y después del turno venía sudado perdido, así que pensé en venir aquí a darme un duchazo. contesté, como si fuera lo más normal del mundo.
Y, ya que estamos, quería decirle una cosita. No es muy propio que una señora tienda toda su ropa interior por radiadores y toalleros. Si encima fueran braguitas de jovencita, hasta tendrían su encanto, pero esto Se lo digo de corazón, Manolo, lo compadezco. Y me fui directo a la cocina a ponerme un café solo en la máquina nueva que les habíamos regalado por Navidad.
¡Pero bueno! ¡Este es mi piso! ¡Tiendo donde me da la gana! protestaba Amparo, roja como un tomate.
Y la cafetera, Amparo, madre mía Solo lleva aquí seis meses y ya parece sacada de un mercadillo. Debería darle un repaso de vez en cuando, está más sucia que una pocilga seguí, sin cortarme.
Oye, Alejandro, no te pases intentó intervenir Manolo.
Pero si lo digo por vuestro bien. Mirad el caos de la cocina, las bolsas, las pilas de cacharros Y qué me dices del frigorífico: el yogur caducado desde la semana pasada, el queso abierto y seco. ¡Así no se puede vivir!
Empecé a sacar todo lo caducado y meterlo en la basura mientras Amparo se tapaba la cara. Incluso iba a revisar el lavavajillas que, dicho sea de paso, olía fatal pero ella se puso delante como portera, bloqueándome el paso.
¡Basta ya! ¡Fuera de mi casa, o llamo a la policía por allanamiento! No me importa que seas mi yerno, aquí mando yo, ¡mis braguitas, mi ducha y mi casa! ¡Nadie te da derecho a venir aquí a criticarlo todo! chillaba Amparo, desbordada.
Vi que Manolo, mientras tanto, me observaba con una risita cómplice, intuyendo la jugada y sin decir nada.
Pues, Amparo, justo eso es lo que vengo a decirle. Piense ahora, por favor: lo que ha sentido estos minutos, esa desazón, la sentimos nosotros cada vez que entra sin avisar en nuestro piso. Se planta, inspecciona y nos deja descolocados. Así no se puede.
Y sobre llamar a la policía, le digo que la próxima vez que entre sin invitarla, haré lo mismo. Seguro que ahora sí me entiende concluí, poniéndome mi vaquero, una chaqueta y mis zapatillas. Estaba listo para irme.
¡Feliz Día de la Mujer, Manolo y Amparo! Os he dejado una botellita de brandy para ti, Manolo, y un perfume y un buen Rioja para ti, Amparo. Elena me dijo que son vuestros favoritos. Les sonreí de verdad, ya más simpático, y cerré la puerta con cuidado.
Escuché cómo Amparo, en estado de shock, descorchaba el brandy, se echaba un chupito y lo bajaba de un trago, mojándoselo con el café que yo mismo le había preparado en su ahora reluciente cafetera.
Mira que hay que tener arte para hacer esto, Amparo le decía Manolo mientras olisqueaba el perfume y descorchaba el Rioja . Teatro, bronca, regalito, y tú aquí tan tranquila, ¡madre mía qué yerno tenemos!
Pues sí, parece que el primer regalo del 8 de marzo lo he recibido de tu yerno. Y bien completo: función, copita y perfume. Solo me falta ponerme el vestido de fiesta y nos vamos al teatro, porque tu marido también se lo ha currado respondió Amparo, sonriendo al ver los dos billetes para Las Aventuras de Casanova debajo del pan.
Desde aquel sábado, Amparo dejó de aparecer en casa sin una buena excusa o sin avisar. No se enfadó conmigo ni con Elena, quizá hasta le hizo gracia la creatividad de su yerno. Pusimos límites de una vez y, lo más importante, nadie salió herido. Desde entonces puedo dormir sin miedo a encontrarme a Amparo rebuscando entre mis calcetines.




