REMOLQUE.
Recuerdo aquella época, cuando Esteban ya estaba agotado de las fiestas, de relaciones fugaces y citas interminables.
Así que, al conocer a una chica sencilla, vital e inteligente llamada Lucía, sintió de inmediato que aquello era diferente.
Fueron juntos a una cafetería de la Gran Vía, escucharon a músicos callejeros por el barrio de Malasaña, hablaron sobre sus logros profesionales, de la pasión de Lucía por la poesía contemporánea y, cuando ambos descubrieron que preferían la ensaladilla rusa con manzana, comprendieron que aquello tenía que continuar.
El lugar donde los sentimientos tomaron velocidad fue el piso de Lucía, quien lo invitó a cenar.
Esteban se puso su mejor camisa, se afeitó con esmero, aprendió un par de versos raros de uno de los poetas favoritos de Lucía, compró flores y una botella de Ribera del Duero.
Iba ilusionado y libre de ataduras, sintiéndose seguro de sí mismo, casi como el gato que se acerca a su comedero quince veces al día.
Aún no había comenzado la noche y ya todo parecía previsto, salvo una frase inesperada: “Buenas tardes, me llamo Mateo.
Mamá está en la ducha, pasa, por favor”.
Esteban se quedó quieto.
Delante de él, le miraba desde arriba un rostro cuadrado, claramente el de un chico, aunque había algo de hombre en aquella expresión.
Mateo le tendía la mano, una mano capaz de envolver con facilidad la cabeza de Esteban entera.
Al principio, Esteban pensó que se había equivocado de piso, pero cuando Mateo estornudó fuerte y cómico, sin abrir la boca y apretando la nariz como hacía Lucía, se disiparon todas sus dudas sobre la dirección.
El ánimo de Esteban se hundió en picado, el vino comenzó a agriarse y las flores, a marchitarse.
Entró en la casa, y al ver las zapatillas de Mateo, se quedó pasmado.
Podría habérselas puesto encima de sus zapatos y aún le quedarían grandes.
Lucía, en comparación, apenas le llegaba a la cintura a su hijo.
Y Esteban pensó con una punzada: qué pena que las mujeres no puedan hacer eso con el oro.
Das un anillo y diez años después, tienes una alianza de matrimonio: menuda inversión.
Mientras divagaba, se dirigió a la cocina, donde ya estaba puesta la mesa y Mateo, sin utilizar una silla, cambiaba las cortinas.
Cinco minutos y salgo gritó Lucía desde el baño.
Después de cinco tandas de cinco minutos, la puerta se abrió y Lucía salió elegante, envuelta en vapor, con el vestido de noche y el rostro resplandeciente de maquillaje.
Al ver la cara larga de Esteban, enseguida comprendió lo que ocurría.
Toda la emoción y romanticismo desaparecieron.
Sirvió comida en silencio, llenó las copas ella misma y empezó a comer sin esperarle.
¿Por qué no me dijiste que tenías un hijo?
consiguió decir Esteban, con voz dolida.
¿Te asusta llevar remolque?
respondió Lucía con una media sonrisa triste.
Eso no es un remolque, es toda una caravana.
¡Grande, verdad?
Sale a su padre.
Ése era de un pueblito de Soria, aún más alto que Mateo.
Cazaba conejos con las manos.
¿Y ahora dónde está él?
Esteban tragó saliva, nervioso.
Anda de gira, con ese mismísimo oso que adiestró.
Nos dejó por los escenarios.
Mandó alguna carta alguna vez, pero la letra parece más del oso que de él.
El animal además tiene más vergüenza.
¿Y él cuántos años tiene?
señaló con la cabeza hacia la puerta.
Catorce, acaba de recoger el DNI.
¿Por la fuerza?
Muy gracioso
Siguieron comiendo en silencio.
La conversación no fluía.
¿Puedo repetir carne?
preguntó tímido Esteban, tendiéndole el plato.
¿Te gusta?
Sinceramente, en mi vida he probado nada igual.
¿Qué es?
Ciervo.
Mateo la cocina de maravilla.
Vaya, menudo talento.
Heredó de su padre, junto con un viejo libro de recetas, una caja de cuchillos, cañas y un bote…
y alguna que otra trasto más.
¿Un bote?
preguntó Esteban, tragando saliva.
Sí, está en el trastero.
Aunque Mateo la usa poco, está obsesionado con la pesca.
En ese momento, el móvil de Lucía empezó a vibrar y, disculpándose, se fue a contestar.
Será mejor que vaya pensando en irme a casa, pensó Esteban.
Aquí no pintaba nada.
Escucha, Esteban, hay algo urgente Lucía regresó, visiblemente preocupada.
Ha habido un accidente en el trabajo.
¿Te importa quedarte un rato con Mateo?
¿Con Mateo?
¿Para qué?
Esteban estaba descolocado.
Es menor.
Nunca se sabe últimamente no se puede fiar una de nadie.
¿Temes que se lo lleven sin que te enteres?
A ver Lucía cambió el tono.
Te pago por la noche perdida, por el favor y después, no volveré a llamar, ¿vale?
Pero ¿qué hago con él?
No sé, habláis de vuestras cosas de chicos, lo que sea Me tengo que ir.
No le dio tiempo a responder; Lucía ya había salido corriendo.
Esteban se quedó sentado, agotando la batería del móvil, terminó la carne, apuró la copa, y Lucía seguía sin volver.
Cuando pasó junto a la puerta de Mateo, escuchó sonidos familiares.
No puede ser, pensó, y llamó.
Está abierta.
Abrió despacio y entró en la habitación infantil.
Lo primero que vio fue una gran diana de madera con cuchillos y flechas clavados.
No había agujeros en la pared: el lanzador no fallaba nunca.
Encima de la mesa, un tocadiscos giraba y suavemente sonaba un disco de Héroes del Silencio, uno de los grupos favoritos de Esteban.
Mateo, sentado en una esquina, arreglaba carretes y sedales.
Miró alrededor: había trofeos, un saco de boxeo colgando del techo y, junto al televisor, una videoconsola nueva.
No te va mal con mamá, ¿eh?
silbó Esteban con sana envidia.
Ni él de adolescente soñó con una habitación así.
Trabajo en verano, contestó Mateo, dejándole a Esteban un leve sonrojo.
Había imaginado a Lucía buscando monedas para su hijo incansable, y el chico se bastaba solo.
¿Tienes cargador para el móvil?
preguntó Esteban, mostrando el teléfono.
Está junto al tren, indicó Mateo con la mano.
¿T-t-t-tren?
balbuceó Esteban, incrédulo, hasta que vio el complejo ferroviario montado en un rincón y se quedó sin habla.
¿Lo montaste tú solo?
preguntó en un susurro, como quien teme romper un hechizo.
Sí.
Voy comprando piezas cuando puedo.
Quiero hacer otro nivel y varios puentes.
Acaba de llegarme una caja de raíles nuevos, pero aún no he tenido tiempo.
Esteban notó cómo le subía un calor al corazón y a la cabeza.
¿Puedo poner la máquina en marcha?
pidió a Mateo.
Por supuesto, Mateo se levantó y en un paso abarcó la distancia.
***
Lucía regresó una hora después.
Daba por hecho que Esteban ya se habría marchado y fue directa a la habitación del hijo, donde los encontró, grandes y pequeños, montando el circuito del tren como dos críos.
Casi costaba distinguir quién era el adulto.
Esteban, ya es hora de irte susurró Lucía.
Vaya ¿Qué hora es?
Las diez y media bostezaba Lucía.
Mañana me toca otro día duro, y necesito dormir.
Lo acompañó a la puerta y le tendió dinero.
No le acepto dinero a una mujer replicó Esteban con desdén.
Gracias por cuidar de mi remolque sonrió Lucía.
Esteban sonrió y se fue.
***
Hola, oye, me gustaría volver a pasar por tu casa llamó Esteban, días después.
Ahora mismo estoy totalmente absorbida por el trabajo.
No puedo, de verdad, y la última visita no
¿Y si la visita es para ver a Mateo?
¿A Mateo?
Lucía dudó.
Sí.
He comprado un juego nuevo para su consola, podemos pasar la tarde tranquilos y tú podrás trabajar sin preocuparte.
Bueno vale, vente hoy.
Esa tarde, Esteban llegó ya sin camisa, ni colonia, ni vino.
Solo una camiseta negra de Los Secretos, una mochila llena de patatas fritas y refrescos y una enorme sonrisa de chaval travieso.
Portaos bien, tengo una videollamada de dos horas pronto le advirtió Lucía con bata, mascarilla facial y olor a cebolla.
Esteban asintió y se fue Derecho al cuarto de Mateo.
Aquella noche a Lucía le costó separar a los dos.
Discutían sobre cine, Almodóvar y Berlanga, planeando resolverlo con un maratón de seis horas, hasta que Lucía interrumpió, declarando que ambos sufrían de mal gusto, y condujo a Esteban a la puerta.
¡No olvides comprar cebo para el sábado!
gritó Mateo desde la habitación.
¿Cebo?
miró Lucía a Esteban con ceja levantada.
Vamos a pescar lucios.
Le dije a Mateo que conozco una tienda donde venden el mejor cebo.
Hacía siglos que no iba de pesca.
Vaya, parecéis amigos de toda la vida.
¿Y conmigo, te apetecería pasar tiempo?
Te puedes venir, tú preparas los bocadillos.
Claro como si no tuviera nada más que hacer.
Venga, id a pescar sonrió Lucía, despidiéndole.
De todas formas, el trabajo me come la vida y así Mateo tiene distracción.
***
Pasó un mes.
Lucía se entregó por completo al trabajo, sin un respiro para el amor.
Entre tanto, Esteban y Mateo aprovecharon el tiempo: terminaron la maqueta del tren, salieron a atrapar cangrejos en el Tajo, prepararon limonada según un libro antiguo heredado, Mateo enseñó a Esteban a orientarse en el bosque y Esteban le dio lecciones sobre cómo invitar a una chica de su clase a salir.
Todo marchaba tranquilo, hasta una noche en la que alguien llamó a la puerta con tal fuerza que temblaron los apliques del techo.
Lucía abrió y le inundó un fuerte olor a jabalí.
En el umbral, su exmarido y padre de Mateo.
Lo he comprendido todo dijo, arrodillándose.
Incluso de rodillas era más alto que Lucía.
Potito y yo queremos tranquilidad, vida familiar.
He ahorrado dinero, quiero llevaros de vuelta al pueblo.
Tú dejarás el trabajo, y nosotros iremos a pescar, a cazar…
¡Vaya humor!
Diez años tarde llega tu epifanía.
¿También te acompaña el jabalí?
No Le ha salido un contrato en una productora, a mis espaldas refunfuñó el exmarido.
Ya así que te han dejado solo, ¿eh?
cruzó los brazos Lucía.
Solo has venido porque te han dado la patada.
No importa.
Lo esencial es que
Iba a terminar su frase, cuando apareció Esteban en la camiseta de Lucía.
Perdona Lucía, ¿te cojo la camiseta?
La he manchado pintando el tren con Mateo…
¿Es que aquí nadie termina una frase?
resopló Lucía.
¿Quién es este?
el exmarido alzó su enorme puño, apuntando hacia Esteban.
Él es Lucía dudó, sin saber qué hacer.
Entonces, Mateo salió disparado de su cuarto y de inmediato inmovilizó al padre contra la pared.
¡Es el remolque!
masculló Mateo.
¡Mateo, hijo, soy tu padre!
¿Qué remolque ni qué niño muerto?
protestaba, retorciéndose.
El remolque es el que nos ayuda a llevar todo lo que tú nos dejaste, bufó Mateo.
Pero si yo no os dejé nada, dijo el ex, entendiendo, por fin, el alcance de sus propias palabras.
Esteban y Lucía observaban pegados a la pared, sin atreverse a intervenir.
Vale, vale, ¡me rindo!
exclamó el padre, y Mateo liberó el brazo.
Me alegra verte tan fuerte.
Ya va siendo hora de ir a por jabalí, el hombre se frotaba el brazo.
Mejor dicho, podríamos ir mañana juntos.
Solo con mi hijo.
Quizá podamos arreglar cosas.
Al final, sigo siendo su padre.
Lucía no supo qué responder.
Miraba de uno a otro, perdida.
Lo entiendo, asintió Esteban, dirigiéndose a la puerta.
Perdona
***
Al amanecer, padre e hijo salieron de casa, pero sólo Mateo regresó después de anochecer.
¿Y tu padre?
preguntó Lucía, inquieta.
Se fue, respondió, quitándose los zapatos.
¿Así, sin más?
Bueno, se fue con el jabalí.
Lo cargó en el remolque y se fue a entrenarlo.
Encontró un nuevo compañero.
Me dejó en la ciudad y siguió su camino.
¡Dios, qué tonta he sido!
exclamó Lucía, llevándose la mano a la frente.
Tengo que llamar a Esteban.
No hace falta, acabo de despedirme de él.
Me trajo a casa.
Dijo que vendría mañana.
¿Pero si te dejaste el móvil en casa?
¿Cómo sabía dónde recogerte?
Me dijo que os siguió para asegurarse de que todo iba bien contigo y conmigo.
¿Eso te dijo?
Sí.
Y añadió que ya se ha enganchado a nuestro remolque y que difícilmente podrá soltarse alguna vez.






