**Diario de mis pensamientos:**
*”Te queremos, hijo, pero no nos visites más.”*
Esas palabras me pesan en el corazón. Vivimos toda nuestra vida en esta casita humilde en un pequeño pueblo de Castilla, tan antigua como nosotros. No queremos mudarnos. Las noches son largas, y a menudo recordamos los buenos momentos, los días felices que nos dio la vida. Nuestra hija, Lucía, vive en el pueblo de al lado y nos visita con frecuencia; los nietos llenan la casa de risas. Pero nuestro hijo, Alejandro, se marchó hace años a la ciudad. Cinco años sin verlo, siempre ocupado con el trabajo, los viajes con su nueva esposa. Hace poco, nos llamó para anunciar su visita.
La noticia nos llenó de alegría. Salí en mi bicicleta a comprar provisiones al mercado, mientras mi mujer, Carmen, pensaba en qué platos preparar para agasajar a nuestro hijo. Contábamos los días hasta su llegada. Alejandro se había divorciado de su primera mujer, que siempre prefería los viajes a la tranquilidad del hogar. Ahora empezaba de nuevo, sin hijos, construyendo otra vida.
Llegó al anochecer, cenó y se fue directamente a dormir. Nos sentamos a su lado, mirándolo en silencio, sin querer molestarlo después del cansancio del viaje.
*”Mañana descansará bien,”* dije con esperanza, *”y podrá ayudarme con la leña, limpiar el establo y tal vez traer un abeto para Navidad, que hace años que no ponemos uno.”*
Carmen añadió: *”Y hay que arreglar el suelo de la despensa, que ya se hunde.”*
Me acosté, pero ella no podía dejar de arreglarle la manta, de acomodarle la almohada. A la mañana siguiente, encendí la chimenea temprano para que la casa estuviera caliente cuando despertara. Carmen se levantó a hacer magdalenas.
Alejandro se levantó casi al mediodía, diciendo que hacía mucho que no dormía tan bien. Después del desayuno, encendió la televisión y se acomodó para ver una película.
*”Hijo, ¿podrías ayudar a tu padre con la leña?”*, preguntó Carmen.
*”Mamá, solo estoy unos días. Ya se encargará papá de la leña y de calentar la casa.”*
Sin protestar, cargamos juntos agua del pozo para la casa.
En la comida, le pedí: *”Hay que limpiar el establo. Tú tienes fuerza, ¿por qué no lo haces?”*
*”¿Qué te crees, padre? ¿Que en la ciudad no me canso? Vine para descansar, no para trabajar.”*
Tras la cena, abrió una botella de licor y se quejó de la vida: de su piso lujoso con muebles caros, de su perro de raza, de cómo ninguna mujer le entendía y de lo aburrido que era su trabajo.
Agotados, nos fuimos a dormir. Alejandro, ofendido, dijo que se iría con Lucía, que con nosotros era un aburrimiento. Carmen, con lágrimas, le quitó las llaves del coche, rogándole que no condujera. Él amenazó con romper la puerta, subió el volumen de la tele y se durmió roncando.
A la mañana siguiente, dio una vuelta por el campo y volvió quejándose del frío, disfrutando del calor de la chimenea y del té caliente en el sofá. Como si nada hubiera pasado. Pero a Carmen le dolía la cabeza todo el día.
Preparamos una cesta con embutidos, conservas y dulces caseros.
*”¡Cuánto habéis metido!”*, dijo Alejandro. *”A mi mujer le encantará; nunca ha probado mermeladas tan buenas. Bueno, aunque tenemos de todo en la ciudad, no quiero despreciarlo. Ah, se me olvidó traeros regalos, pero la próxima vez os compenso.”*
Carmen se secó una lágrima y susurró: *”No vuelvas, hijo. Te queremos, pero si quieres descansar en el sofá, hazlo en tu casa. Allí tendrás una tele mejor que la nuestra.”*
Alejandro entendió que nos había herido, pero no supo qué decir. Con un gesto, se marchó en su coche, de vuelta al bullicio de la ciudad, donde le esperaba su vida de siempre.







