**El destino ama a los agradecidos**
A sus treinta años, Álex llevaba diez sirviendo en zonas de conflicto, herido dos veces, pero Dios lo había protegido. Tras la última herida, pasó meses recuperándose en el hospital y terminó regresando a su pueblo natal.
El pueblo había cambiado, y la gente también. Todos sus compañeros de infancia se habían casado, pero un día, Álex vio a Lucía y apenas la reconoció. Cuando él se fue al ejército, ella era una niña de trece años. Ahora tenía veinticinco y era una belleza. Eso sí, seguía soltera. No había encontrado a alguien por quien casarse, y no quería una familia por compromiso.
Álex, fuerte, de hombros anchos, con un agudo sentido de la justicia, no pudo ignorarla.
¿De verdad me estabas esperando y no te has casado todavía? preguntó sonriendo, mirando a aquella chica hermosa.
Quizás respondió ella, ruborizándose, sintiendo un vuelco en el corazón.
Desde entonces, empezaron a verse. Era finales de otoño, caminaban junto al bosquecillo, las hojas crujían bajo sus pies.
Álex, mi padre no nos dejará casarnos dijo Lucía con tristeza, él ya le había propuesto matrimonio dos veces. Ya conoces a mi padre.
¿Y qué me va a hacer? No le tengo miedo declaró firme. Si me lastima, lo meterán en la cárcel, y así no nos molestará.
Ay, Álex, no digas eso. No sabes cómo es mi padre. Es cruel y tiene poder.
Francisco Martínez era el hombre más influyente del pueblo. Empezó como empresario, pero ahora corrían rumores de sus vínculos con el crimen. Robusto, con mirada fría y arrogante, era despiadado. En su juventud, había construido dos granjas, criando vacas y cerdos. Más de la mitad del pueblo trabajaba para él. Todos le sonreían, casi se arrodillaban ante él. Y él se creía un dios.
Mi padre no permitirá nuestra boda insistió Lucía. Además, quiere que me case con el hijo de su amigo del ayuntamiento. Un borracho llamado Raúl, al que detesto. Ya se lo he dicho mil veces.
Lucía, vivimos como en la Edad Media. ¿Quién puede obligar a alguien a casarse hoy en día? preguntó Álex, incrédulo.
La amaba profundamente. Todo en ella le gustaba: su mirada tierna, su carácter apasionado. Y ella no concebía la vida sin él.
Vamos dijo él, tomándola de la mano con decisión.
¿Adónde? ella ya lo intuía, pero no podía detenerlo.
En el patio de la gran casa, Francisco hablaba con su hermano menor, Sergio, que vivía en una casita anexa y siempre estaba a sus órdenes.
Francisco Martínez, Lucía y yo queremos casarnos anunció Álex. Le pido la mano de su hija.
La madre de Lucía, en el porche, se tapó la boca con la mano, mirando aterrada a su marido tirano, del que también había sufrido.
Francisco se enfureció ante la seguridad de Álex y lo fulminó con la mirada, pero él no apartó los ojos. El padre no entendía de dónde sacaba aquel chico el valor para desafiarlo.
Lárgate de aquí rugió Francisco. ¿En qué estabas pensando? Mi hija jamás se casará contigo. Olvídate de ella.
Nos casaremos igual respondió Álex, firme.
En el pueblo todos respetaban a Álex, pero Francisco nunca había entendido lo que era la guerra. Para él, solo importaba el dinero. Álex apretó los puños, pero Sergio se interpuso, sabiendo que ninguno cedería.
Mientras Sergio lo sacaba del patio, Francisco arrastró a Lucía adentro como si fuera una niña. Jamás perdonaba los desafíos.
Esa misma noche, en la humedad otoñal, un incendio arrasó el taller de mecánica que Álex acababa de abrir.
Hijo de murmuró él, seguro de quién estaba detrás.
**Diez minut







