Con mi prometido Nicolás, nos casaremos dentro de tres meses.

Querido diario,

En tres meses me casaré con mi prometido, Ignacio. Provengo de una familia donde las bodas suelen ser sencillas: ceremonia, comida, música, baile y poco más. Pero en la familia de Ignacio existe una costumbre que, la verdad, me resulta peculiar: durante la boda, la novia debe dar un brindis agradeciendo a los padres del novio y regalarles un detalle simbólico por haberla recibido en la familia.

Solo la novia. No el novio.

Cuando su madre me contó esto pensé que era una broma. Me explicó que así se ha hecho de generación en generación: la novia «da las gracias» porque «se le ha abierto la puerta del hogar». Para mí, sonaba como una especie de examen de admisión, una prueba que hay que pasar para ser aceptada.

Le dije que preferiría que ambos brindásemos juntos y agradeciéramos a las dos familias. Ella me sonrió con ese gesto que me recordó a una profesora que no quiere discutir, y murmuró que eso le parecía una ocurrencia moderna.

Al principio, Ignacio no le dio mucha importancia. Pero en la siguiente comida familiar, su padre dejó claro que en su casa las cosas se hacen respetando las tradiciones. Y su madre añadió que no buscan a una nuera dispuesta a cambiarlo todo. Esa palabra, buscan, me hizo sentir rara, como si fuese una candidatura a un puesto de trabajo.

Al regresar a casa, fui sincera con Ignacio. Le dije que no me niego a agradecer, pero que no quiero ser sólo yo la que se arrodilla ante sus padres; que él tampoco lo haga. Él insistió en que solo era un gesto. Pero le pregunté por qué ese gesto no podía ser mutuo. No supo qué responder, solo dijo que no quería líos con sus padres.

Propuse entonces que ambos brindásemos y entregásemos un regalo a cada pareja de padres, me parecía incluso más bonito. Cuando lo sugerimos, la madre de Ignacio puso cara de pocos amigos. Dijo que eso desdibujaba la tradición. Y su padre intervino comentando que, si empiezo así, acabaré queriendo mandar en todo.

Me di cuenta entonces de que el problema no era el brindis. Era una cuestión de territorio. Para evitar que la cosa fuera a más, propuse hacerlo en privado antes de la boda. Pero la madre de Ignacio se negó: debía ser ante todos, para que se viera claro el respeto.

No sé explicar bien lo que sentí. Yo respeto a las personas, pero no hago gestos humillantes. Ignacio me pidió que lo hiciera por la paz, porque así están acostumbrados en el pueblo de su padre, cerca de Ávila. Y entonces le dije algo que nunca pensé decir antes de casarme: Si solo hay paz cuando siempre soy yo quien cede, eso no es paz. Es control.

Ahora Ignacio está entre la espada y la pared, entre su familia y yo. Mi madre me aconseja que no empiece el matrimonio con conflictos con mis suegros. Mi mejor amiga, Jimena, me dice que si cedo ahora, después tendré que ceder en cosas peores. Y ahora mis futuros suegros ya murmuran que soy conflictiva y que no tengo respeto.

Para mí las cosas están claras. Agradecer, sí. Pero aceptar reglas que solo me afectan por ser la novia no. Y, sinceramente, no sé si me equivoco por negarme a cumplir la tradición exactamente como ellos quieren.

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