Recuerdo a un buen amigo, llamado Ignacio. Era el más inteligente de nuestro grupo, siempre acudíamos a él cuando había algún problema, y él disfrutaba ayudándonos. Ignacio tenía ya 29 años y nunca parecía pensar en el matrimonio, pero entonces apareció Carmen. Ella acababa de terminar el instituto, tenía solo 18 años. Nadie pudo hacer nada al respecto. Ignacio estaba decidido a casarse con ella. Se amaban apasionadamente, a pesar de la diferencia de edad. Aunque, bien sabéis, no se trata solo de eso. La diferencia no era lo más importante ahora. Si hubieran tenido 26 y 37 años, hubiera sido todo más sencillo que entre 18 y 29. Es una cuestión de generaciones. Porque al cumplir 30, uno cambia de prioridades y la vida toma otros matices; mientras que a los 18, solo tienes delante una confusión mental con la que lidiar durante al menos una década.
Su amor era tan fuerte que nadie pudo frenarlo. Recibieron la bendición de sus familias y se casaron. Mejor dicho, no fue una boda tradicional. Carmen e Ignacio se casaron en el registro civil de Madrid, luego celebraron en un pequeño restaurante con los más cercanos, y esa misma noche emprendieron un viaje en coche atravesando Europa. Creo que fue la mejor decisión que tomaron en sus vidas. ¿Quién necesita fiestas multitudinarias, discusiones por copas, líos innecesarios y nervios, cuando puedes gastar todo ese dinero en placer compartido?
Volvieron renovados, descansados y felices. Al principio, Ignacio confesaba que sentía celos de los amigos varones de Carmen, pero con el tiempo eso se fue resolviendo solo. Ignacio comprendió que eran solo muchachos y que podía manejar la situación sin dificultad. Carmen asistía con frecuencia a cumpleaños y fiestas de sus amigas, mientras Ignacio prefería quedarse en casa; no le atraía ese ambiente de jolgorio. Siempre disfrutó de reuniones tranquilas y familiares. Así, se desenvolvían de maravilla.
Llevan ya tres años casados. Ignacio trabaja, gana un buen sueldo en euros, y Carmen estudia en la universidad mientras trabaja también. Tuvieron pequeñas diferencias y discusiones, claro está, pero nunca llegaron a ningún gran escándalo. Todavía no piensan en tener hijos, prefieren primero comprar un piso más grande. Ignacio tiene que explicarle muchas cosas evidentes a Carmen, pero no le supone esfuerzo; ella escucha, entiende y lo acepta todo. Para Carmen, la palabra de Ignacio es ley, y para Ignacio, Carmen es su razón de vivir.







