Antes de casarme con mi marido, Álvaro, tenía una relación bastante cordial con sus padres. No era la familia de anuncio de la tele, pero bueno, nos llevábamos bien. Como Álvaro vivía en casa de sus padres por aquel entonces, solía ver mucho a mi suegra Concepción y a mi suegro Manolo cada vez que iba a visitarlos. A veces nos enredábamos por tonterías, como discutir por quién mandaba sobre el mando a distancia, pero siempre procuraba que no saltaran chispas y le daba la razón a mi suegra, que a fin de cuentas es lo que se hace en estos casos. Todo fue estupendo hasta el día de la boda.
Después del convite, fuimos un rato a casa de los padres de Álvaro. Allí casi me hicieron un homenaje, pero con tortilla de patatas, croquetas y hasta tarta. No paraban de insistirme en que tenía que comer más, porque así estarás más saludable. Al principio me lo tomé a coña, pero los comentarios empezaron a ser más insistentes. Un mes después, Concepción, mi suegra, se atrevió a soltar que había engordadoaunque ni por asomo había engordado nada. Unas semanas más tarde, me quedé embarazada, y estaba en una nube de felicidad. Compartí la noticia con Álvaro, pero le pedí que mantuviera el secreto hasta poder sorprender a mis padres. Justo en esa época, nos mudamos a nuestro nuevo piso en el centro de Madrid.
Conforme avanzaba el embarazo, mis suegros empezaron a visitarnos más, cada vez más preocupados por mi salud. Empecé a pensar que Álvaro había cantado la traviata, pero él juró y perjuró que no lo había contado, que simplemente querían a su nuera y que en cualquier casa española es normal estar tan pendientes del primer nieto. Sin embargo, cuando finalmente anunciamos la noticia, mi vida dio un giro de guion.
Manolo empezó a presionarme para que comiera de todo y el doble, insistiéndome a diario en que dejara el trabajo, no fuera a ser que me agotara. Concepción, por su parte, no podía apartar las manos de mi barriga, asegurando cada cinco minutos que me estaba creciendo: ¡Mírala, si ya parece que llevas gemelos!. Empezaron a aparecer en nuestra casa varias veces al día, siempre con la excusa de preguntarme cómo me encontrabay a veces trayendo más tortilla o empanada. Poco a poco me di cuenta de que para ellos era básicamente un recipiente, un horno para su nieto, y mis propias necesidades y deseos eran, digamos, irrelevantes. Lo peor era que parecía que su plan de engordarme venía de lejos, desde el minuto uno que entré en la familia.
Se lo conté a Álvaro, esperando que entendiera la desesperación en la que me encontraba, pero él le quitó importancia, diciéndome que estaba exagerando y que no era para tanto. Viendo que nadie estaba de mi lado, decidí tomar cartas en el asunto. Aquella noche, empaqueté nuestras cosas, le pedí a Álvaro que cambiara la cerradura por si acaso y reservé unos billetes para unas vacaciones a la playa. Al día siguiente, nos fuimos, confiando en que ese descanso con olor a mar y tortilla en tupper me diera la paz y claridad mental que necesitaba como agua de mayo.



