Una amiga mía tardó mucho en encontrar marido. Sin embargo, cuando por fin lo logró, su suegra se convirtió en un nuevo desafío.

Life Lessons

Tía, te tengo que contar una historia de mi amiga Lucía, que tiene una peluquería en pleno barrio de Malasaña, aquí en Madrid. Es de esas personas súper generosas y listísimas, siempre pensando en los demás. Vamos, que cada dos por tres nos sorprende con detalles, y de pagar por ir a la pelu ni hablar, no nos acepta ni un solo euro.

Quise devolverle el favor porque creo que a veces también hay que cuidar a quien te cuida, así que le eché una mano cuidando a sus hijas de su primer matrimonio. Lucía dejó a su primer marido porque el tío era un agarrado de manual, tan tacaño que ni para las cosas imprescindibles de las niñas aflojaba la cartera. Luego, el segundo marido la dejó por culpa de los celos y el tercero bueno, ese la engañó y acabó en otro divorcio. Pero mira, Lucía es lista, y los divorcios relámpago la salvaron de tener que compartir su piso con nadie. Al menos eso lo tienes bien.

Te juro que ella siempre ha querido emparejarme, pero como está liadísima en su negocio, pues nunca encontramos tiempo ni para ir a tomar un vermú. Al final, por pura casualidad, conoció a un tal Alejandro, un taxista de esos de toda la vida, de los que te cuentan mil historias del Madrid antiguo. Era guapo, con unos ojazos verdes, y aunque al principio ella dudaba por el físico, la verdad es que congeniaron muchísimo.

Al cabo de nada, Alejandro la llevó a conocer a su madre, a la que todo el mundo llamaba cariñosamente “Doña Carmen”. Al principio parecía majísima, pero bueno, que va… era de esas madres que no sueltan prenda, súper protectora.

Te puedes imaginar: Alejandro, con 34 años, pero su madre llamándole cada media hora por teléfono, apareciendo en casa día por medio, metiéndose en donde no la llaman Un día va la señora y le pregunta a Lucía si se dan un beso antes de irse a trabajar, porque dice que en una familia feliz eso es fundamental. Vamos, que se metía en todo. Si veía que había alguna mínima tensión entre ellos, la mujer ahí, como el perejil en todas las salsas. Hasta organizaba cenas de última hora o se quedaba a dormir con cualquier excusa. Y Alejandro, tan contento con su novia y su mami, no salía nunca de debajo de las faldas de la señora.

Total, que Lucía, al final, tuvo que cortar por lo sano, porque lo de esa suegra era una invasión y la casa parecía más el piso de Doña Carmen que el suyo propio. Y te juro que, con la mano en el corazón, hizo lo mejor.

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