Tengo 50 años y sigo viviendo con mis padres desde que me quedé embarazada. Mi hijo ya tiene 20 años.

Life Lessons

Mira, te cuento un poco mi historia, porque a veces siento que la vida me ha llevado por caminos curiosos. Ahora tengo 50 años y sigo viviendo en casa de mis padres desde que me quedé embarazada. Mi hijo ya tiene 20 años, aunque a veces me parece que fue ayer cuando nació.

Tengo un hermano y una hermana, cada uno con su vida. Mi hermano mayor, Javier, es abogado y va siempre a mil por hora. Mi hermana pequeña, Sofía, está casada y vive con su marido en las afueras de Madrid. Llevo años teniendo ingresos suficientes como para haberme independizado o incluso haber comprado el piso de mi padre en Vallecas. Y sí, lo he intentado, pero por una cosa o por otra, siempre hay algún papel o trámite que lo acaba retrasando todo. Mi única condición, si al final consigo comprarlo, es que la escritura siga estando a nombre de mi padre hasta que él falte, para que siempre tenga la certeza de que nadie le va a dejar tirado. Pero bueno, esa decisión todavía está en el aire.

Mi padre, don Manuel, ya pasa de los 70. Siempre ha sido muy sincero, incluso borde a veces, ¿sabes? No es que no quiera hacer las cosas, pero la edad pesa y ya no puede con todo lo que hacía antes. Hace cuatro años que enviudó y, la verdad, la ausencia de mi madre lo tiene algo apagado.

Mi hijo y yo trabajamos, y entre los dos sacamos adelante casi todos los gastos de la casa: luz, agua, comida, esas cosas del día a día. Mi padre aporta lo que puede con su pensión, pero últimamente se ha vuelto bastante tacaño y muy desconfiado. Mi hermano Javier aparece a verle como mucho media hora cada seis meses. Sofía, que no trabaja, nos echa una mano cuando puede le damos algo simbólico, unos cuantos euros para que haga la comida y le haga compañía a mi padre mientras yo y mi hijo estamos trabajando.

Mi padre, aunque la comida esté lista, si no se la ponemos en la mesa ni come. Apenas hace nada en casa, quizá de vez en cuando se pone a jugar un rato con mi perrita Lola, ve vídeos en YouTube y duerme siestas eternas. Eso sí, lo que más le preocupa es que no falten velas ni en casa ni en la tumba de mamá y claro, Lola, a la que llama su nieta mimada, que se pasa el día echada en la cama mientras él descansa.

Reconozco que a veces me quejo, porque hay meses que pago casi todo: la compra, las facturas, el gas Pero luego me paro a pensar y me digo: ¡Jo, qué suerte tengo de poder cuidar a mi padre todavía! De estar ahí para hacerle compañía, preocuparme por él, charlar juntos y echarnos unas risas, de ver lo mucho que quiere a mi hijo y lo feliz que le hace ver a la perra. Él me lo dio todo desde pequeña; ahora me toca devolverle el favor con la misma dedicación y cariño con que él siempre ha estado para nosotros, a través de mi tiempo, mi ayuda económica, mi apoyo, todo.

Hay quien me dice que debería buscarme un piso y vivir sola, pero ni quiero ni voy a hacerlo. ¿Quién iba a estar con mi padre si alguna noche se encuentra mal? ¿O simplemente, quién lo acompañaría si se siente solo entre recuerdos y nostalgia, o si va al mercado y le pasa algo? A veces sale él solo, sí, pero siempre sabemos a dónde va y lo llevamos o acompañamos cuando va al médico, por ejemplo. No podría vivir tranquila ni feliz sabiendo que está solo después de todo lo que ha hecho por mí en la vida.

Es verdad que a veces es difícil: mi padre es ahorrador, a veces se muestra arisco, otras veces está alegre, luego se le ve decaído y preocupado Pero es mi padre, y a él junto con mi madre, claro le debo todo lo que soy ahora.

¿Qué le dejaré a mi hijo cuando ya no esté? Le dejaré el ejemplo de cómo hay que esforzarse en la vida, de buscarse el pan dignamente, su educación y ojalá el mejor de los ejemplos. Y si todo sale como quiero, el piso de mi padre pero siempre con la condición que te he dicho: hasta que mi padre viva, el piso seguirá siendo suyo, aunque lo pague yo.

Rate article
Add a comment

seventeen + eleven =