Tengo 27 años y la conocí en un momento en que estaba menos preparado que nunca para alguien como ella. Fue en un evento pequeño, una presentación de una revista local en Madrid, donde terminé casi por casualidad. Un amigo me pidió que le acompañara porque necesitaba ayuda para mover cajas, y como no tenía grandes planes y me venía bien ganar unos euros, acepté. Ella estaba sentada en la primera fila, escribiendo en un cuaderno negro, con el móvil puesto boca abajo y el café que tenía delante ya frío. No parecía interesada en nadie, pero cuando hablaba, todos callaban.
Más tarde descubrí que era escritora. Colaboraba con un periódico y una revista cultural. Tenía 40 años. Yo entonces no sabía nada de eso, solo vi a una mujer segura y tranquila, que nunca alzaba la voz para imponer su opinión, y tampoco lo necesitaba.
Al terminar el acto me acerqué porque necesitaba una firma en una hoja. Ella me preguntó mi nombre, me miró directamente a los ojos y dijo:
¿Siempre tienes esa cara o solo cuando estás nervioso?
Me reí, sin poder evitarlo. Le respondí que no sabía. Y ella me dijo que le gustaba la gente que no fingía seguridad. Así empezó todo.
Empezamos a mandarnos mensajes. Al principio ella escribía poco, yo mucho. Preguntaba cosas sencillas: qué hacía, dónde vivía, si estudiaba. Le conté la verdad: que vivía con mis padres en Getafe, que trabajaba en lo que encontraba, que ganaba poco dinero, que intentaba empezar. Nunca me hizo sentir menos, pero tampoco me vendía ilusiones. Desde el principio fue muy clara:
No busco pareja. Estoy en otra etapa de mi vida.
A pesar de ello, empezamos a vernos.
Siempre en su piso, ordenado, silencioso, lleno de libros. Ella tenía coche, ritmo propio, su vida montada. Yo llegaba en autobús, a veces con la sensación de entrar en un mundo que no me pertenecía. Ella me recibía sin prisas, sin promesas. A veces cocinaba algo sencillo, otras veces simplemente abríamos una botella de vino y poníamos música suave. Hablábamos mucho: de su trabajo, de escribir, del cansancio que sentía al tener que justificar siempre sus decisiones.
Nunca me quedaba a dormir. Jamás me acompañaba hasta casa. Si yo quería vernos en fin de semana, debía insistir. Unas veces aceptaba, otras desaparecía un par de días por deadlines, reuniones o viajes. Cuando regresaba, era como si nada hubiera pasado. Sin disculpas, ni largas explicaciones.
Una noche, después de estar juntos, sentada en el borde de la cama, me dijo:
No te enamores de mí.
No supe qué decir. Solo respondí que no lo estaba. Ambos sabíamos que no era del todo cierto.
Quería algo más. No necesariamente promesas, sino un lugar. Ella, por su parte, repetía que nuestros caminos eran distintos. Que yo estoy empezando y ella ya tiene su vida hecha. Que no quiere ser un ancla, ni que yo la utilice como un atajo.
No puedo darte lo que buscas me decía.
Y aun así me invitaba de nuevo.
Con el tiempo entendí que sólo me daba lo que estaba dispuesta a ofrecer: presencia intermitente, conversaciones profundas, encuentros inesperados. Lo acepté porque sentía que no tenía derecho a pedir más. ¿Con qué cara iba a hablar del futuro, si ni siquiera podía sostenerme solo?
Cada vez que salía de su piso, caminaba unas calles antes de tomar el autobús. Me sentía a la vez lleno y vacío. Agradecido por haber estado con ella. Vacío porque sabía que volvía a mi habitación en casa de mis padres, a mi realidad poco glamorosa.
Nunca me prometió nada. Jamás me engañó. Y aun así dolía.
Sigo viéndola. No tanto como quisiera. A veces pienso que espero que un día me mire de otra manera. O que creceré lo suficiente para no sentirme pequeño a su lado. O simplemente me cansaré de conformarme.
Pero últimamente estar con ella me pone más triste que feliz.
¿Quién sabe por qué?





