¿Y ahora cómo sigo sin ti? ¿Qué voy a hacer? ¿Para qué continuar?. Las lágrimas le resbalaban por las mejillas y en el alma un vacío lo devastaba. En ese hueco sólo cabía el dolor, una negra herida en lugar de corazón.
Valentín llevaba enamorado de Inés desde sus días en el colegio de un pequeño pueblo de Castilla. Menudita, frágil, y con una constelación de pecas doradas cruzándole la nariz. Así la vio por primera vez, cuando aún cursaban sexto de primaria, y en ese instante quedó prendado para siempre.
Inés era tres años menor que él. Aplicada, la mejor alumna de la clase; además, discreta y reservada.
Y con cada curso, Valentín más sentía ese lazo invisible que tironeaba de su corazón hacia ella. La observaba durante los recreos, mientras saltaba a la comba en el patio con sus amigasligera como una mariposa. Se imaginaba casándose con ella un día.
Tras regresar del servicio militar, no tardó ni una tarde en presentarse ante Inés con un ramo de claveles, dispuesto a pedir su mano.
El padre de Inés, un hombre firme y serio, charló largo y tendido con Valentín a solas en la cocina. Al cabo de un rato, le ofreció la mano de su hija con una sonrisa contenida.
La boda fue bulliciosa y alegre, vino familia hasta de las aldeas más lejanas. Tres días duraron las celebraciones y cada uno traía nuevos parabienes a los novios. Los ojos de Inés refulgían de felicidad y Valentín se sentía un auténtico privilegiado. No creía que existiera novia más guapa ni bondadosa en toda la comarca.
En dos años, y gracias al apoyo de sus padres, Valentín levantó su casa. Inés no cabía en sí de júbilo: pudieron estrenar el hogar justo tres meses antes del nacimiento de su primer hija.
La pequeña Lucía vino al mundo fuerte y sana, llamada así por la abuela de Inés. Pero el parto fue un calvario para Inés.
Durante todo un año, se la veía pálida y extenuada. Valentín la llevó de médico en médico, pero estos sólo decían que necesitaba tiempo, que debía recobrar fuerzas.
Al año y medio de Lucía, Inés descubrió que volvía a estar encinta. Los médicos le recomendaron no seguir adelante. Decían que su cuerpo no resistiría, que su vida y la del bebé peligraban.
Valentín intentó convencerla, sumándose a la opinión de los médicos, pero ella se mantuvo firme.
¡Yo nunca daré la espalda a mi hijo! Si ha querido venir al mundo, por algo será. Que sea lo que Dios disponga, dijo Inés, confiándose al destino.
El último mes fue especialmente duro y hospitalizaron a Inés. Lucía extrañaba a su madre y Valentín no hallaba sosiego en casa.
Él intuía la tragedia que se avecinaba. Y no se equivocaba. Inés no resistió el parto, su corazón sencillamente se detuvo. Pero logró alumbrar a unas preciosas gemelas.
Valentín se sumió en una tristeza inmensa. Ante la tumba de Inés, su mirada se perdía entre la tierra húmeda.
Repasó en ese momento toda una vida de recuerdos compartidos: la risa de Inés, su mirada risueña, los días plenos de alegría. El eco de su carcajada aún retumbaba en sus oídos. Valentín cayó de rodillas, sollozando como un animal herido.
¿Y ahora cómo viviré sin ti? ¿Qué sentido tiene nada ya?. Sus mejillas humedecidas, el alma vacía.
Después del entierro, se abandonó en la bebida. Bebía para intentar olvidar su voz y su risa, para no añorarla cada minuto.
Los padres de Inés recogieron a las tres nietas. Pensaban que Valentín, consumido por el dolor, jamás volvería a ser el mismo, ni podría solo con las niñas.
A los cuarenta días de la pérdida, tras una noche de embriaguez, Valentín cayó dormido en el zaguán. Soñó, dentro de su borrachera, que Inés entraba en la casa, vestida de blanco, el pelo suelto, bronceado por el sol del amanecer.
Se acercó dulcemente, le acarició la cabeza y, con una ternura de otros tiempos, le dijo:
Valentín, mi vida… ¿qué haces? ¿No te da vergüenza?. Sus ojos verdes le miraban con picardía, el dedo índice alzado.
Nuestras hijas apenas ven a su padre, te echan de menos. Te necesitan tanto como tú me necesitabas. Si aún guardas amor por mí, cuida de ellas, como me amabas a mí.
Despertó Valentín, sin rastro de resaca en la cabeza. Por la ventana, unos rayos de sol le besaban la cara.
Tan pronto despuntó el día, se puso arreglado y fue a casa de los suegros. Besó respetuoso la mano de la madre de Inés, abrazó al suegro y marchó con las niñas de vuelta a su hogar.
Así comenzaron a vivir los cuatro juntos. Valentín se volcó en ser padre y madre. Aprendió a guisar, a lavar y remendar, y a trenzar las coletas mejor que cualquier moza del pueblo.
En la escuela, las profesoras no cejaban de elogiar a las niñas. Eran estudiosas, obedientes y respetuosas.
Si alguna vez alguien las molestaba, Valentín acudía raudo y decidido en defensa de sus hijas.
Los vecinos le preguntaban:
¿Por qué no vuelves a casarte, Valentín? Tan joven, tan apuesto y con buena salud. Muchas mujeres te rondan…
A lo que él respondía, medio en broma:
Ya estoy casado hace tiempo. Fíjate, tengo tres novias en casa. ¿Voy a traer otra más? ¡Con cuatro no podría!
Entre bromas, noches en vela, comidas apuradas y trabajo arduo, Valentín crió a sus hijas hasta convertirlas en auténticas bellezas.
Cuando ya eran adolescentes, una vecina comenzó a visitarle con frecuencia. Un día llevaba setas secas, otro, bacalao. Buscaba conquistarle de cualquier modo.
Valentín, viendo que no cejaba, no quiso ofenderla. Así que un día la invitó a pasar y le preguntó:
¿A cuál de mis hijas quieres más?
La mujer replicó:
¡A tus hijas nada! Pronto se irán de casa, pero tú… ¿Vas a quedarte solo toda la vida? A quien quiero es a ti.
Valentín le dio entonces una fotografía suya y le dijo:
Tómala. Así puedes quererme todo lo que quieras… en tu casa.
La vecina se marchó con la foto y el corazón partido.
Las niñas crecieron, fueron a la universidad, pero jamás se olvidaron de su padre. Cada fin de semana, se reunían con él, ayudándole en casa y en el huerto.
Llegado el día, Valentín casó a cada una. Habló con cada yerno como su suegro una vez habló con él. Sólo deseaba felicidad para sus tres princesas.
Con el tiempo, cada una formó su familia, con hijos y sus propias preocupaciones. Pero ninguna olvidó a su padre: los días de fiesta, toda la familia volvía al pueblo a visitar a Valentín. Le adoraban hijas, nietos y hasta un bisnieto pequeño.
El día que Valentín cumplió ochenta y un años, tuvo de nuevo un sueño.
Se vio en un campo, joven, apuesto, los cabellos negros. Inés venía hacia él, vestida de blanco, descalza, el cabello dorado, capturando la luz del sol.
Extendió los brazos, el corazón le brincaba en el pecho. Cuando se abrazaron, Inés alzó los ojos y con voz suave le susurró:
Valentín, cariño mío, ¡qué orgullo el que siento! Has dado a nuestras hijas una vida plena. Lo he visto todo. Te he cuidado desde arriba todos los días. Le tomó la mano con dulzura.
Vámonos. Ahora estaremos juntos para siempre.
Cogidos de la mano, se adentraron en la hierba espesa y verde.
Al entierro de Valentín llegó toda la familia. Las hijas lloraron, pero sabían que por fin estaba junto a quien amó toda la vida.
Esta historia es el viaje real de un hombre bueno. Un padre con mayúsculas, del que me habló mi abuela.
Todos en el pueblo conocían su historia. Así es la vida: hay quienes escogen entregarse por completo al amor de sus hijas y dejan, en ese sacrificio, el recuerdo más luminoso. ¡Que nunca falte memoria para quienes amaron tan enorme!



