Te lo advierto por última vez: si no cambias el salón del banquete, no me caso contigo, – quedan solo dos semanas para la boda y la chica sujeta las invitaciones en las manos, incapaz de firmarlas…
¿Pero qué te pasa ahora, Marisol? pregunta su prometido, Ramón, con pesar.
¡Tengo un mal presentimiento!
Es normal, sonríe Ramón no te casas todos los días. Los nervios pasan, todo irá bien, te lo prometo.
¿Cómo puedes prometer algo de lo que tampoco tienes certeza? ¿Tan difícil es ponerte de mi parte? ¿Cómo vamos a convivir si ya desde ahora no me cedes ni una vez?
No somos tan ricos como para tirar euros, cariño se resiente él. Ya he pedido la decoración del salón, la comida, y he pagado una fianza. Si anulamos, esa señal no nos la devuelven.
Eso es lo de menos, amor, créeme.
No pienso creer en tonterías, al menos no sin motivo. Y como mucho, nos quedaremos sin viaje de novios. ¿Vas a explicarme de una vez qué te pasa?
De acuerdo, escucha. Pero no digas que soy una fantasiosa. Que tú no creas, no significa que no sea posible.
Te lo prometo le asegura Ramón.
Recientemente empezó a trabajar una compañera muy extraña, Inés. Siempre callada, viste siempre de oscuro y no habla con nadie. El otro día se me acerca y dice: Un saludo de tu abuela Teresa.
¿Qué? me quedé de piedra; mi abuela Teresa lleva tres años fallecida.
¿Quieres que te cuente el aviso que tendría para ti? preguntó. Pero después del trabajo.
Acepté. Y esto fue lo que me contó:
Hace mucho, mucho tiempo, en nuestra ciudad abrieron un restaurante nuevo con un gran salón de bodas. Andrés era conductor en la obra y ganaba bien, así que propuso a su novia, Carmen, celebrar la boda allí. Ella, que venía de un pequeño pueblo y de familia humilde, se ilusionó: toda su familia nunca había pisado un restaurante, quería darles una alegría y sorprenderlos.
El día señalado, la novia estaba radiante, el vestido blanco y el velo le quedaban de maravilla. Y el novio parecía un verdadero galán.
Después de la ceremonia civil, la caravana y el autobús con invitados se dirigieron al restaurante. Todo el mundo se quedó asombrado ante la belleza del salón, menos una anciana que negó con la cabeza y murmuró:
¡En vez de flores frescas, flores de plástico en la boda! Esto no puede acabar bien…
Nadie le hizo mucho caso. Eran los años 60 y todo eran tejidos y objetos de plástico: era lo moderno. Pero los invitados llegaron con flores frescas, y las pusieron en jarrones en la mesa de los novios.
En el momento de mayor alegría, los recién casados salieron a bailar un vals. Al volver, la novia se quedó paralizada: el ramo de rosas que le habían puesto delante estaba completamente marchito.
Los camareros retiraron el ramo, y la fiesta prosiguió. Sin embargo, poco después la novia empezó a encontrarse mal y perdió el conocimiento. Abrieron las ventanas pensando que era del calor, pero Carmen volvió a marearse. Entre susurros, los invitados comentaban:
Seguro está embarazada…
Eso sería un mal menor gastaban bromas otros.
He visto una mancha de sangre en el vestido de Carmen, avisó un familiar a los padres, pero al acercarse, no había nada.
Al poco tiempo, corrió el rumor de que alguien había visto una mujer vestida completamente de negro merodeando por la puerta. Buscaron a la misteriosa invitada, pero nunca apareció.
La verdadera pesadilla fue la noche de bodas. Los recién casados no pudieron ni dormir. Estaban convencidos de que había una presencia extraña en la habitación, escuchaban pasos y susurros, y Andrés sentía cómo lo vigilaban.
Por la mañana, el pánico era total.
En aquella época casi nadie hacía viaje de novios: al día siguiente volvieron al trabajo, pero Andrés no llegó ni al siguiente domingo, murió en un accidente de tráfico donde, inexplicablemente, perdió el control del coche en una carretera buena, siendo un conductor experimentado.
Carmen se fue consumiendo de tristeza. Lo peor llegó cuando, al poco de cumplir un año, desapareció de casa y jamás volvieron a saber de ella.
Un buen cuento de miedo, dijo Ramón, ¿pero qué tiene eso que ver con nosotros?
Todo, a Marisol le tiembla la voz, porque esa boda tan fatídica fue en el mismo restaurante y el mismo salón que has reservado para nosotros.
No veo la relación… Muchas desgracias han pasado en muchos sitios.
Se dice que el restaurante se edificó sobre un antiguo cementerio. Y el salón está justo en el lugar donde enterraron a una joven que se quitó la vida días después de descubrir la infidelidad de su recién casado marido. ¿Lo entiendes ahora?
No. No creo en esas cosas.
Dicen que su alma errante busca venganza: se lleva al novio tras la boda y, al año, a la novia. ¿Y si ahora nos toca a nosotros? ¡No es casualidad que mi abuela me haya venido a advertir desde el más allá!
No creo en maldiciones, Ramón ya cansado de los caprichos. Si no te casas conmigo, lo haré con Lucía. Lucía era la amiga de Marisol. Firma las invitaciones o cumpliré mi palabra.
Tras dudarlo, Marisol se negó a la boda. Las palabras de Ramón sobre casarse con otra la hirieron profundamente.
Al final, Ramón cumplió su amenaza, y la amiga de Marisol aceptó el matrimonio.
No pasaron ni siete días hasta que la profecía se cumplió: Ramón sufrió un accidente de moto y falleció cuando fallaron los frenos.
Marisol, a pesar del trauma, temió por Lucía, aunque no podía perdonarla. Quiso preguntar a Inés cómo podría ayudarla, ya que, tras un año, creía que le tocaría a ella. Pero Inés ya se había marchado.
En la dirección que dejó en recursos humanos, nadie la conocía.
Según cuentan, aquella boda siniestra sucedió en los años setenta. Yo nunca encontré nada en los registros ni en los periódicos.
Era de esperar, esas cosas se silenciaban en aquella época. Pero los vecinos del barrio, todos, conocen la historia…



