Llevo siete años trabajando en la misma empresa en Madrid.
Empecé como auxiliar y, poco a poco, llegué a ser coordinadora del departamento administrativo.
Hace cinco años, recomendé a mi mejor amiga para una vacante.
Fui yo quien la formó en todos los procesos, quien le explicó el funcionamiento de la empresa, le presenté a los contactos importantes y, durante los primeros meses, incluso encubrí sus errores para que no la despidieran.
Comíamos juntas cada día, salíamos los viernes por la noche y confiaba en ella más que en nadie.
Hace seis meses salió la noticia de que se abría una plaza de responsable de departamento.
Mi jefe me comentó que era una de las candidatas más fuertes para el puesto.
Empecé a llegar antes de hora, a quedarme por las tardes, a asumir tareas que ni me correspondían.
Mi amiga, Clara Hernández, no paraba de repetirme: Ese puesto va a ser tuyo, te lo has ganado. Le contaba todo: desde mis ideas para la entrevista interna hasta mis estrategias.
El día de la entrevista, mientras esperaba para entrar, de repente la vi allí sentada delante del despacho del director.
No me había dicho ni una sola palabra al respecto.
Tan solo me miró y me soltó un: He decidido intentarlo. No quise pensar mal pero por dentro me sentía traicionada.
Una semana después anunciaron el resultado: la eligieron a ella como nueva responsable.
Me quedé frente a mi ordenador, incapaz de reaccionar.
Desde entonces empecé a notar cosas muy raras.
Como jefa, Clara comenzó a modificar procedimientos que yo misma había ideado.
Me apartó de algunas funciones, empezó a exigirme informes absurdos y repetitivos.
Otro compañero me confesó que ella decía por ahí que yo no tenía madera de líder, y que muchas de las ideas que presentaba como suyas, en realidad se las había sugerido yo.
Un día antes de volver al puesto, la enfrenté tomando un café en una cafetería de la Gran Vía: ¿Por qué dijiste esas cosas sobre mí?.
Me contestó sin tapujos: Esto es trabajo, no amistad.
Tenía que asegurarme la plaza.
Le recordé todo lo que había hecho por ella.
Ella solo respondió: Eso fue decisión tuya, nadie te obligó.
Desde entonces, el ambiente se volvió insostenible.
Me hablaba de manera fría, me corregía delante de otros y me mandaba tareas sin sentido.
Llego a casa todas las noches llorando, llena de ansiedad y con ganas de dejarlo todo.
Pero al mismo tiempo, me da rabia irme sin decir nada.
Ahora me encuentro en una encrucijada: seguir aguantando en silencio para no quedarme sin empleo o marcharme y empezar de nuevo, aunque tenga que dejar atrás todo.
¿Vosotros qué haríais?
¿Os quedaríais o os marcharíais?






