Hoy ha sido un día de lo más peculiar en la oficina. Todavía me intento convencer de que de verdad pasó. Esta mañana, justo cinco minutos antes de que diese comienzo la jornada laboral, me crucé con un cachorro abandonado en la puerta de la oficina. Estaba sucio, desaliñado, con ese aire triste que tienen los perretes callejeros. Sin pensármelo dos veces, lo cogí en brazos y lo escondí en un rincón de mi despacho, esperando que nadie se percatase. Pero claro, era cuestión de tiempo que el pequeño saliese de su escondite y empezase a lloriquear.
No tardó ni media hora en que todos los compañeros se enteraran de la presencia del cachorro. Sin quererlo, parecía que caían a mis pies todas las “máscaras” que suelen llevar las personas cada día.
Primero apareció la secretaria, Clara Fernández. Jovial, risueña, con un maquillaje perfectamente aplicado, siempre brillante y atenta en el trato diario. Pero al ver al pequeño peludo, su sonrisa se congeló y frunció el ceño: ¡Ay, Fernando Martínez! ¿Pero cómo puedes traer eso aquí? ¿No te da asco la suciedad que traes con él? Su tono no tenía nada que ver con la dulzura acostumbrada; su amable fachada se rompió en mil pedazos justo delante del perrito, que movía la cola ajeno a cualquier crítica.
Después pasó por allí Rosario Gómez, la señora de la limpieza. Siempre refunfuñando y aparentemente cansada del mundo, con años de vida reflejados en sus arrugas. Para mi sorpresa, al ver al cachorro sus ojos se iluminaron y soltó una carcajada: ¡Pero qué ricura! Fernando, dime, ¿esto es un asunto profesional o personal? Por un momento, se esfumó del todo su habitual amargura y me encontré con la sonrisa más cálida y sincera que le recuerdo.
Mi compañero de departamento, Javier Morales, suele ser el alma de la oficina: servicial, simpático y siempre presto a contar un chiste, nunca falta su sonrisa a nadie. Pero ese día ni siquiera quiso entrar al despacho; desde el umbral, se encogió con gesto desagradable y espetó, Estos perros de la calle solo traen pulgas y enfermedades, de verdad que es una imprudencia… Su máscara afable, tan familiar, quedó tirada en el pasillo.
Pero quien más me sorprendió fue mi jefe, Don Ramón Alonso. Siempre serio, distante, poco dado a ceder en nada ni a mostrar humanidad. Sin embargo, al ver al cachorro y tras una breve pausa, simplemente sentenció: Mira, Fernando… creo que hoy te vendría bien coger el día libre. Llévate al perro y vete a casa. Hay cosas más importantes que el trabajo. Añadió, un poco incómodo pero sincero: Eso sí, no lo abandones. Es un ser vivo, al fin y al cabo. Por primera vez en años, vi cómo su máscara de jefe se desvanecía y nos dedicaba a los dos una sonrisa tímida, antes de perderse tras la puerta.
Hoy, a mis pies, se amontonaron todas esas máscaras de personas que creía conocer tras años de convivencia diaria. Y me di cuenta, de golpe, de lo poco que sabía realmente de quienes me rodean.




