NO ERA EL ALEJANDRO CORRECTO Lalita se encontraba delante del espejo, cambiándose los pendientes po…

Life Lessons

NO ERA EL MISMO ALEJANDRO

Marisol se planta frente al espejo y, por tercera vez, cambia los pendientes.
Bueno, Bolita le dice a su perrita, ¿estos o los otros?
Bolita bosteza.
Gracias por tu apoyo, eh.
Mira el reloj; todavía faltan treinta minutos.
Un nerviosismo raro. Normalmente, se siente segura los pretendientes siempre revolotean en torno a ella. Pero esto
Tonterías se dice tras examinarse de nuevo. ¡Tú eres la mejor!
Quizás la causa fuera que todavía no ha visto a Alejandro. Tres semanas hablando por teléfono pero ni una sola cita.
Tres semanas, y no he conseguido ganarle la palabra ni una sola vez, piensa Marisol y sonríe.
Suspira y agarra su bolso.
Es la hora.

HACE TRES SEMANAS

A ver si te casas ya de una vez y te mudas suspira su padre, neurocirujano, en la cena.
Acaba de volver tras una operación larguísima y espera una tarde tranquila con un libro de Julio Llamazares.
Pero Marisol lleva media hora hablando sin parar, comparando la ciencia ficción española con la extranjera.
Papá, ¡si siempre dices que Cervantes es lo máximo!
Lo digo, sí. Pero, ¿podemos dejarlo para otro momento? Ahora quiero silencio.
Marisol se molesta y aguanta callada tres minutos.
Por cierto, hablando de boda el padre anima el tono, ¿te acuerdas del doctor Sanabria, el director de la clínica donde hice las prácticas?
Ajá.
Pues tiene un hijo. Dicen que un chico excelente. Sanabria me ha pedido tu número, quiere que os conozcáis. Se lo he dado.
Marisol frunce la boca.
Todos esos encuentros concertados le parecen anticuados. Cosas de chicas desesperadas, no para ella.
Pero contradecir al padre tampoco.
PRIMERA LLAMADA

El chico excelente espera unos días y llama.
¿Hola?
Buenas tardes, soy Alejandro. Supongo que su padre le habrá contado
Me lo ha dicho, responde Marisol seca, aunque con interés. Voz agradable.
Mi padre habla maravillas de ti. Dice que eres diferente.
No sé yo se ríe, solo una universitaria normal. Segundo año de Medicina, pediatría. ¿Y tú?
Primero. Quiero ser cirujano
Eso explica ese tono un poco autosuficiente.
Hablan una hora.
Luego otras dos.
Y así, cada día.
Alejandro cuenta cosas de su gata Margarita, su amor por la ciencia ficción y sus dudas sobre su físico: ¿no es demasiado delgado, demasiado pálido, demasiado cansado?
Marisol escucha, pero a veces piensa:
Esa debería ser mi función.
Tiene que morderse la lengua para no decir: Ale, relájate ya. Además, detesta que la llamen Ale.
Pero si pasa por alto esas nimiedades, todo le gusta.

CITA EN GRAN VÍA

Al fin quedan para encontrarse.
En el metro, en Gran Vía.
Irían al cine a ver una película nueva y después a la heladería Cosmos en la calle Alcalá.
Y, a partir de ahí, ya veremos.
Marisol sale del vagón y mira alrededor.
Gente, bullicio, ese olor tan peculiar del metro madrileño.
Y él, alto, atractivo, ramo de rosas en mano, espera ansioso junto a una columna, mirando cada tren.
Se acerca decidida:
¿Alejandro?
El chico da un respingo y la mira desconcertado:
Perdone, ¿usted?
Marisol, dice seria, tendiéndole la mano, no se sabe si para saludar o recibir un beso.
Se ha quedado deslumbrado, piensa divertida. De nuevo el usted
Él titubea.
¿Marisol? pregunta inseguro. Pero yo
Vamos le toma del brazo, ¡que todavía tenemos que recoger las entradas!
Espere, quería decirle algo
Luego y lo arrastra fuera.
Él mira hacia la plataforma, buscando a alguien, pero Marisol ya lo ha empujado a la multitud.
El ramo sigue en su mano.
Mira las flores, luego a ella y se rinde.
Vale dice bajito. Vamos.

CINE Y HELADO

La película les encanta.
Marisol también aprecia el abrigo elegante del chico, con una bufanda casera, de lana, tejida por su madre, de la que parece orgullosísimo.
Agradable fragancia de colonia francesa.
Helado cremoso y crujiente en el Cosmos.
Y que, casi siempre, están de acuerdo en todo.
Eso sí, suele hablar Marisol y él escucha, atento, asintiendo con aquellos ojos oscuros y brillantes.
A veces, como apoyo, le cubre la mano al gesticular con su palma cálida y grande.
Eso sí que es varonil y atractivo.
¿Sabes qué? le dice paseando por un atardecer en la calle Fuencarral, eres tan
¿Tan qué? pregunta, alerta.
Tan viva. Tan auténtica.
Marisol le dedica la mejor de sus sonrisas, la más encantadora.
Está enamorada.

TRES MESES DESPUÉS

El noviazgo avanza sin freno.
Quedan casi cada día y hablan por teléfono varias veces. Querrían hacerlo más, pero aún no existen los smartphones.
A los tres meses, Alejandro le confiesa que la ama y no puede vivir sin ella, que quiere casarse.
Marisol, tras fingir dudas diez minutos, acepta.
Deberíamos conocer a tus padres, dice el novio.
Mejor esperar un poco se asusta ella.
En su familia, a pesar de las ganas de casarla, son de lo más exigentes con los yernos.
Especialmente la abuela.
Nadie está a la altura de la nieta, y los padres, al final, siempre la escuchan.
Dejar a Alejandro, ni loca.
Conocer a su familia tampoco, no sea que se líe la cosa.

EL CUMPLEAÑOS DEL PADRE

La oportunidad surge pocas semanas después.
A su padre, poco amigo de fiestas, le apetece celebrar por todo lo alto su 55 cumpleaños e invita a buena parte de la familia y unos amigos.
Marisol anuncia con misterio que no vendrá sola.
Cuando casi todos han llegado, Marisol aparece con el novio, ramo de claveles y botella de brandy francés.
Papá, quiero que conozcas a
Suena el teléfono.
Espera, ahora vuelvo, dice su padre, y corre a la sala.
Vuelve sofocado a los dos minutos:
Era Sanabria: preguntaba por el camino desde el metro. ¡Qué alegría que venga! Pensé que estaría indignado desde que no apareciste a la cita con su hijo.
Marisol se queda sin habla.
¿Que no fui?
El padre la mira extrañado:
Claro. Me llamó para decir que su hijo te esperó en Gran Vía dos horas. Con flores. Y tú no fuiste.
Marisol se vuelve despacio hacia Alejandro.
Él sigue junto a la puerta, pálido, ramo de claveles en mano, mirándola con ojos culpables.
Ahora volvemos, le sisea al padre.
Y arrastra a Alejandro a su cuarto.

LA VERDAD

Marisol cierra la puerta.
Se le queda mirando.
Espera habla despacio, como temiendo no entender bien. ¿Cómo que no fui?
Alejandro calla.
¿No eres Alejandro Sanabria?
Nega con la cabeza.
No, susurra soy Alejandro Serrano. Un amigo me presentó a una chica Natalia. La esperaba en Gran Vía. Y entonces llegaste y
Y te llevé conmigo constata Marisol.
Se quedan allí, en silencio.
Intenté explicarte dice él finalmente. El primer día. Camino del cine. Pero no escuchabas.
Nunca escucho admite, sonriendo. Se me da genial.
Bolita gime a la puerta.
Marisol se sienta en la cama.
¿Y ahora qué?
Alejandro la mira largo rato, muy en serio.
Entonces se agacha y, de rodillas, delante de ella:
Me da igual quién nos presentó. Si fue un accidente o tu padre. Yo te quiero y quiero que seas mi esposa. De verdad. Sin confusiones.
Marisol, aliviada, sonríe.
Bueno. Entonces, vamos a conocer a la familia. Pero aviso: son complicados.
Los míos tampoco son fáciles. Y la gata tiene más genio
¡Todo se supera!
Salen juntos.
En el salón todos esperan, también el recién llegado doctor Sanabria y su hijo.
Alto, atractivo, ramo de rosas.
Marisol observa al auténtico Alejandro Sanabria.
Luego mira a su Alejandro, nervioso, con claveles.
No, piensa riéndose de verdad. No era el mismo.
Papá anuncia, tengo una historia larguísima que contarteSe oyen risas y cuchicheos mientras todos se apretujan para la foto familiar. Marisol toma la mano temblorosa de Alejandro entre las suyas y sonríe al objetivo, como si el destino hubiera orquestado esa escena imposible. Justo cuando el flash va a dispararse, Bolita irrumpe en el salón, salta y ladra, desbaratando la pose: la abuela, indignada, el padre entre divertido y resignado, los dos Alejandros confundidos con los ramos cruzados.
Marisol se echa a reír como no recordaba haber reído nunca. Mientras todos la imitan, se da cuenta de que la vida, para ser de verdad, a veces necesita un poco de caos, una pizca de azar y una buena dosis de risas inesperadas.

Nunca pensó que se casaría con un impostor accidental. Pero mirando a su Alejandro, comprende que las mejores historias no necesitan lógica solo corazón.

Y en ese momento, con claveles en una mano y futuro en la otra, Marisol entiende que, por fin, ha llegado a una cita a la que realmente quería ir.

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