¿Buscabas esto? le tendió la carta.
Nicolás palideció.
Clara, tú no creas Lo de Sergio Es que
¿Qué es lo que no debo pensar, Nicolás? ¿Que la madre de mi marido está viva y en la cárcel? ¿Que los dos me habéis tomado por una ingenua?
¿Cómo que un mes? ¡Clara, quedamos en que al menos hasta septiembre!
El pequeño acaba de empezar en la guardería, encontré trabajo cerca
¿Qué ha pasado?, ¿hemos hecho algo mal? Siempre pagamos puntualmente, no hacemos ruido
No es por vosotros balbuceó Clara. Necesito volver a mi piso.
¿Por qué? ¿Has discutido con tu marido?
No hagas preguntas de más, por favor.
Un mes exacto desde hoy.
Ya haré cuentas y te devolveré la fianza.
Perdón…
Clara colgó y se estremeció. Ojalá pudiera ponerle fin cuanto antes a todo esto
***
Clara seguía sin poder apartar la vista del sobre que descansaba en la mesa de la cocina.
Un simple sobre, que apenas cinco minutos antes había sacado del buzón junto a unos folletos y la factura de internet.
Normalmente Sergio recogía el correo, pero por alguna razón esa mañana fue ella
El matasellos. La dirección de remitente. CIS Madrid VI.
Y el nombre: Leonor López Maqueda.
Aquel nombre lo había oído varias veces de boca de su marido; así se llamaba su madre. Es decir, su suegra, a la que Clara jamás había visto en persona.
Tampoco sospechaba que la mujer que le dio la vida a su marido siguiera viva.
No me queda familia, Clara le había dicho Sergio en su tercera cita, cuando tomaban un café barato tiritando de frío tras un chaparrón. Mi padre se fue antes de que yo naciera. Ni le llegué a ver.
Y mi madre se fue cuando yo tenía veinte años. El corazón. Así que soy un poco nómada.
¿Del todo solo? Clara había estado a punto de llorar de tristeza. ¿Nada de tíos o primos?
Muy lejanos, por el norte, pero ni hablamos.
Mira, así es más sencillo. Sin tramas familiares, ni domingos de paella en casa de nadie. Solo tú y yo.
Entonces pensó:
Qué fuerte es, con lo que ha pasado y sigue tan noble
Lo rodeó de cuidados, como si quisiera compensar toda la ternura que no había recibido de su madre.
Luego vino la boda, sencilla, sólo para los íntimos.
Por su parte, padres y un par de amigas. Por la de él, solo su mejor amigo de la infancia, Nicolás, que pasó la velada extrañamente callado y sin mirar a Clara a los ojos.
Ella supuso que era por timidez. Ahora entendía: Nicolás temía decir algo de más.
Oye, ¿y dónde está enterrada? preguntó Clara medio año después de casarse. Podríamos ir, limpiar la tumba Es tu madre, al fin y al cabo
Sergio se le encogió el gesto. Se giró y empezó a arreglarse el cuello de la camisa.
Lejos, Clara. En un cementerio antiguo, a las afueras. Y está casi cerrado.
Ya iré yo solo; no te líes. Está cargado de mala energía y no quiero ir contigo.
Mejor pensemos en los vivos, ¿vale?
Y ella le creyó. ¡Ilusa!
***
La puerta se abrió, Clara se estremeció y escondió deprisa el sobre en el cajón de la mesa, tapándolo con cupones del supermercado.
¡Hola, cariño! la voz de Sergio sonaba tan animada como siempre. ¿Cómo está nuestro campeón? ¿Ha dado mucha guerra?
Entró en la cocina, se acercó a Clara, quiso besarle la frente, pero ella, casi sin pensarlo, se apartó.
¿Qué pasa? ¿Estás cansada? frunció el ceño, buscándole los ojos. ¿Otra vez Diego no ha dormido bien?
Déjame que me cambie y me encargo yo, así descansas un poco.
Hasta la cena la hago yo.
No hace falta, no tengo hambre. Por cierto, hoy trajeron el correo
Él se quedó quieto un instante, apenas un segundo, pero Clara lo notó.
¿Sí? ¿Facturas otra vez?
Sí, facturas y publicidad. Nada más.
Él, aliviado, suspiró.
¡Perfecto! Pues me lavo las manos y voy con Diego. Le echo tanto de menos
Clara observó su espalda. El hombre con el que compartía su vida, los días y la rutina, estaba allí delante y le mentía a la cara.
Y de una manera tan descarada que le daba náuseas.
Considera que estoy solo, solía decirle.
Y desde la prisión de Soto del Real escribía Leonor López Maqueda.
¿Por qué estaba allí? ¿Habría hecho daño a alguien? ¿Robado? ¿Estafado? ¿Cuánto le quedaba aún en la cárcel?
Clara se imaginó de pronto que, en uno o dos años, llamarían a la puerta, y aparecería una mujer de mirada dura y pasado a la sombra.
Y diría:
Hola hijo, hola nuera. ¿Dónde está mi nieto? Ahora me quedo con vosotros.
Clara no temía por sí misma, temía profundamente por Diego.
¿Creció él cerca de su abuela ex presidiaria?
¿Cómo dejar a un niño cerca de alguien así?
¿Clara, quieres té? gritó Sergio desde el salón. En el Mercadona hay oferta en pañales. He visto el folleto.
Ella no respondió. Ya tenía abierto el móvil con la aplicación del banco, revisando el saldo de su propia cuenta.
De momento, el dinero daba de sobra. El piso en otro barrio ya estaba apalabrado.
Los inquilinos se iban en un mes. Solo tenía que aguantar ese mes sin dejarse descubrir.
***
Sergio salió de casa al trabajo tras dedicar largos besos a Diego, prometiendo volver pronto.
Clara contempló aquella escena sintiendo repulsión creciente. ¿Cómo había podido ocultarle algo así? ¿Cómo se puede ocultar algo tan grande?
Cuando se marchó, sacó la carta. Las manos le temblaban de la tentación de abrirla, leerla pero tuvo miedo.
¿Y si la leía y ya no se veía capaz de marcharse? ¿Y si escondía algo demasiado importante?
No se dijo en voz alta. No importa lo que ponga ahí. ¡Me ha mentido casi dos años!
Llamaron a la puerta. Clara se sobresaltó. ¿Quién era a esas horas?
Si fueran sus padres, habrían avisado. Amigas tampoco esperaba. Miró por la mirilla: en el rellano estaba Nicolás.
Se movía inquieto, mirando a cada momento hacia el ascensor.
Clara abrió.
¿Nicolás? Sergio no está; ha ido al trabajo.
Ya lo sé, Clara dudó, metiendo las manos en el abrigo. Pasaba por aquí. Pensé si Sergio habría dejado las llaves del trastero en casa
Que solía dejarlas en la entrada.
¿Las llaves? levantó una ceja. No he visto llaves en la entrada. ¿Seguro que las ha dejado aquí?
Es lo que dijo Oye, Clara, Sergio me pidió que mirase el buzón, que esperaba algo importante. Lo he abierto y no hay nada. ¿Tú has cogido el correo hoy?
Sí, ¿por qué?
Nicolás tragó saliva.
Nada, es que esperamos un paquete y Sergio me pidió que mirase si había aviso.
Clara fue a la cocina, cogió el sobre gris, y volvió a la puerta.
¿Esto buscabas? le tendió la carta.
Nicolás palideció.
Clara, tú No malinterpretes Sergio esto
¿Qué es lo que no debo pensar, Nicolás? ¿Que mi suegra vive y está en la cárcel? ¿Que vosotros dos me habéis tomado por tonta?
¿Que he tenido un hijo con alguien cuyo pasado está tapado con siete llaves?
Clara, ¡él solo quería protegerte! Nicolás empezó a hablar rápido, nervioso, apenas susurrando. Él solo quería una vida normal, sin todo eso.
Su madre es complicada, Clara. Sergio lo pasó fatal de pequeño. Es duro de contar.
No lo hizo por maldad, quería evitarte ese miedo.
¿Evitarme? sonrió amargamente. ¿Cómo puedes sacar a tu madre de la vida así, y a escondidas?
Me ha quitado el derecho a elegir. A saber dónde me metía
¿Elegir? Si apenas es familia. Solo ella y sus historias raras.
Clara, dame la carta, ¿quieres? ¿No la has leído? Deja que se la dé yo a Sergio, él te contará todo.
Márchate, Nico dijo Clara en voz baja. Y no te vas a llevar la carta. Está dirigida a Sergio Pérez, que la reciba él en mano.
Y le cerró la puerta en las narices.
***
El día pasó como en una nube. Clara dio de comer a Diego, lo cambió, paseó con él, pero su cabeza siempre volvía a lo mismo.
¿Qué era esencial llevarse? El carrito, la cuna, sus documentos. Nada de muebles.
En su piso del barrio de Vallecas tenía todo lo básico.
A las seis de la tarde ya estaba serena.
Puso la mesa, preparó la cena, acostó a Diego y esperó a su marido.
¡Mmm, qué bien huele hoy! Sergio, al volver, fingía normalidad. Mira lo que le he comprado a Diego: un móvil musical. Tiene canciones suaves para dormir.
Clara se sentó en silencio. Tenía delante el sobre gris. Sergio miró y dejó de fingir.
¿Ya vino Nicolás? preguntó con voz apagada.
Yo encontré la carta. Nicolás intentó llevársela para ti, pero no se la di.
Sergio se hundió en la silla.
¿Por qué, Sergio? ¿Por qué dijiste que tu madre estaba muerta?
Porque para mí lo está desde hace doce años levantó la vista. Sus ojos brillaban de lágrimas. Cuando entró la primera vez en la cárcel. Salió, estuvo medio año fuera, y volvió a entrar.
Clara, tú vienes de una familia normal, tu padre es ingeniero, tu madre profesora. No entenderías lo que es No es una madre; es una estafadora profesional.
¿Y te creíste con derecho a mentirme un año entero? Clara alzó la voz. ¿No ves que así has destruido toda la confianza?
Tenía miedo de perderte Sergio se desesperó. Habrías salido corriendo: Uy, que la madre de mi marido es una ladrona, ¿qué será de su sangre?
Quería que Diego creciera en paz. Decidí que era preferible decir que era huérfano a ser hijo de una ladrona.
Ahora Diego será hijo de un divorciado le cortó en seco Clara.
Sergio se quedó de piedra.
¿Cómo? ¿Por qué, Clara? ¿Por la carta? ¿Por ocultártelo?
Porque no te conozco, Sergio. Si has sido capaz de inventarte la muerte de tu madre, ¿qué más me ocultas?
¿Y tu padre, existe? ¿O está también en alguna prisión?
Clara, no digas disparates
No son disparates. Ya avisaron los inquilinos, en un mes me mudo. Mañana presento la demanda de divorcio.
Sergio suplicó. Se humilló de rodillas, pidió perdón, juró que sólo había sido para protegerla.
Pero Clara no escuchó sus excusas. Estaba decidida.
***
Los inquilinos se marcharon. Ahora Clara y Diego viven solos en su piso. Están divorciados, y aunque Sergio no deja de buscar el perdón de su ex, no logra entender en qué falló, si todo lo hizo por proteger a su familia…
Sigue ocupándose de su hijo y ve a Diego con regularidad, haciéndose cargo de todo. Pero recuperar el amor de Clara eso no sabe cómo lograrlo.
Y así, Clara entendió que no hay nada más importante en una familia que la verdad, por dolorosa que sea. Porque construir una vida sobre mentiras, aunque sea por cariño, sólo acaba por destruir la confianza que le da sentido a todo.







