Nos fuimos a una residencia
Que no, Lucía, ni se te ocurra mencionarlo otra vez exclamó con fuerza Fermina López, apartando de sí el plato de gachas de avena. ¿Ahora quieres meterme en un asilo?
Para que me pinchen lo que les dé la gana y me tapen con la almohada si grito mucho, ¿no?
¡Eso sí que no!
Lucía respiró hondo y evitó mirar las manos temblorosas de su abuela.
Abu, ¿cómo va a ser un asilo? Es una residencia privada, con pinar al lado, enfermeras día y noche.
Hay más gente para charlar, una tele grande.
Y aquí te pasas el día sola mientras papá está trabajando.
Ya sé yo cómo es ese ambiente musitó la anciana acomodándose con los cojines. Te lo quitan todo, la casa también, y me dejan tirada en la cuneta.
Díselo claro a Jorge: su madre no sale viva de este piso. ¡Que se encargue él, para algo es mi hijo! ¿O no?
Yo le cuidé cuando tenía sarampión, las noches en vela, ¡ahora le toca a él!
Papá se mata a trabajar en dos sitios para pagarte las medicinas. Tiene cincuenta y tres años ya, la tensión por las nubes, ¡en tres años no ha ido ni una vez al cine, ni vacaciones ni nada!
Bueno, zanjó Fermina López apretando los labios. Es joven, ya aguantará.
Y tú cállate, que aún no te han salido ni las plumas. Anda, limpia la mesa, que esto parece una pocilga.
Lucía salió al pasillo y soltó un suspiro ruidoso. ¿Cómo se habla con alguien así?
Su padre entró en casa a las siete. Ni se quitó los zapatos, se sentó en el taburete del recibidor y se quedó allí un rato, mirando al vacío.
¿Papá, estás bien? Lucía se acercó y cogió la bolsa de la compra, pesadísima.
Bien, Luci. En el almacén hay un lío, se avecina cierre de año. ¿Tu abuela?
Lo de siempre. Otro numerito por lo de la residencia. Dice que la queremos mandar al otro mundo.
Papá, esto así no puede seguir. Miré las cuentas… para comida nos quedan doscientos ochenta euros al mes.
Y yo tengo que pagar la residencia de estudiantes, necesito libros…
Ya lo arreglaremos Jorge se levantó con esfuerzo y se descalzó. He cogido un extra. Turno de noche en portería, días alternos.
¿Pero tú te oyes? ¿Cuándo vas a dormir? ¡Un día de estos te caes redondo!
Jorge no respondió. Se fue a la cocina, llenó un cazo de agua y lo puso a hervir.
¿Ha comido?
Ha tirado la mitad de la papilla en la cama. Y la he cambiado yo.
Ya. Anda, ve a estudiar, que te queda nada para los exámenes. Yo la atiendo.
Lucía le miró mientras iba, cojeando un poco, a la habitación de la abuela.
Le daba muchísima pena. Antes su padre era un hombre fuerte, risueño; ahora era una sombra.
Las bromas se esfumaron, igual que las ganas de vivir.
***
Al cabo de una semana, la cosa empeoró. Volvió aún más tarde que de costumbre, tambaleándose. Lucía corrió preocupada.
¿Papá, te pasa algo?
Nada, hija. Solo me mareé en el metro, un bochorno terrible.
Siéntate. Te mido la tensión.
El tensiómetro marcaba 180/110. Lucía, en silencio, le alcanzó las pastillas.
Mañana no vas a trabajar. Se llama al médico y punto.
Imposible replicó Jorge frunciendo el ceño. Mañana hay inspección. Si falto, me quitan el plus… y además ha venido un recibo del catastro carísimo de la casa de mi madre.
¡Véndela! musitó Lucía, asegurándose de que la abuela no la oyera. Vende su piso en Alcorcón, son sesenta mil euros. Nos arreglamos, contratamos a una cuidadora.
Su padre suspiró.
Ella no quiere, se niega a firmar.
¡Hace cinco años que no pisa esa casa! ¿Para qué la quiere si apenas puede moverse?
Jorge no alcanzó a responder porque de la habitación salió un tableteo de taza sobre la mesilla.
Fermina López llamaba dando golpes, exigiendo atención.
¡Jorgito! ¡Ven aquí! ¿Con quién cuchicheas? ¿Otra vez hablando de mí? se oyó su voz temblorosa y chillona.
Jorge suspiró, se tomó la pastilla y fue para allí.
***
Hace seis años, su padre tenía pareja. Carmen, buena y serena, traía bizcochos a casa y hablaban de ir juntos un fin de semana a una casa rural.
Pero se acabó en cuanto Fermina cayó postrada. Carmen intentó ayudar, pero la abuela le hizo imposible la vida.
¡Mira la fresca! ¿A qué viene aquí con todo hecho? ¡Que quiere aprovecharse de mi hijo! gritaba, simulando cada dos por tres taquicardias cuando Jorge quería salir con Carmen. ¡Echadla de aquí ya!
Al final, Carmen se fue y Jorge ni siquiera intentó recuperarla.
Aquella tarde, poco antes del examen, sonó el fijo. Jorge no había llegado.
¿Diga?
¿Es usted Lucía López? preguntó un hombre.
Soy su hija. Dígame.
Le llamo de personal. Su padre se ha desmayado en una reunión. Vinieron los del Samur y lo llevaron al hospital de la ciudad. ¿Toma nota de la dirección?
Lucía apuntó a toda prisa en el margen de unos apuntes. Antes de colgar, la abuela ya empezó a berrear.
¡Lucíaaa! ¿Quién llama? ¿Dónde está Jorgito? ¡Que me traiga el té, que tengo sed!
Lucía entró. La abuela medio tumbada, rodeada de cojines, fruncía el ceño.
Papá está en el hospital, dijo Lucía sin darle vueltas.
¿En el hospital? Fermina se quedó quieta un instante, pero enseguida añadió Claro, por mi culpa, ¿no? Porque ayer me gritó. Dios todo lo ve.
¡Nadie me cuida aquí! ¿Quién me va a dar de comer ahora? Venga, pon la tetera.
Lucía dejó la habitación en silencio.
***
Tres días pasó corriendo entre el hospital y casa.
A su padre le diagnosticaron crisis hipertensiva por agotamiento extremo.
Los médicos no le dejaban ni levantarse.
¿Y la abuela, Lucía? le preguntó enseguida.
Tranquilo, papá. La vecina echa una mano. Ocúpate de ti, tienes que estar al menos dos semanas en reposo.
¿Dos semanas? Me despiden… el dinero…
Duerme, Lucía le tapó bien . Ya me encargo yo.
La cuarta noche, al volver a casa, la abuela la recibió a gritos.
¿Dónde te metes? ¡Aquí pudriéndome y vosotros de picos pardos!
Lucía apretó los puños y contestó con una calma fingida.
Escucha bien, abuela. Papá está muy mal, puede tener un ictus si se vuelve a poner así de nervioso.
¡Tonterías! escupió Fermina . Él es fuerte, igualito que el abuelo. Anda, gírame, que se me ha entumecido el costado.
No, Lucía se sentó frente a ella . No te voy ni a girar ni a dar de comer.
Fermina López abrió los ojos desmesuradamente.
¿Pero tú qué dices? ¿Te has vuelto loca, muchacha?
No tenemos dinero, abuela. Nada. Papá no trabaja, no le darán el plus. Y de tu pensión no llega ni para los pañales y las pastillas.
¡Mentira! Jorge guarda siempre algo…
Ya no hay hucha. Todo se fue en tus revisiones el mes pasado. Así que hay dos opciones: o firmamos para vender tu piso en Alcorcón, o mañana llamo a Servicios Sociales y te llevan a una residencia pública. Gratis.
¡No te atreverás! chilló la mujer . ¡Soy su madre! ¡La dueña!
¿Dueña de qué? Estás consumiendo a tu propio hijo. Te da igual si no sale del hospital. Solo te importa el cachito de pan tierno y que la sábana esté limpia y calentita.
Hoy he hablado con la residencia esa que mencionamos. Hay plaza libre, y el dinero de tu piso paga años allí. Te van a cuidar bien.
¡No me muevo de aquí! tosió la anciana.
Pues entonces te quedas sin comida. Mañana tengo trabajo, vuelvo tarde. Tienes botella de agua en la mesilla. Piénsalo.
Lucía salió y cerró la puerta, temblando. Nunca había sido cruel, pero ahora sabía que si no ponía límites, perdería a su padre.
Y la abuela… la abuela aguantaría lo que hiciese falta si la dejaban seguir chupando su energía.
La noche pasó en silencio: la anciana llamaba y lloriqueaba, pero Lucía ni apareció hasta la mañana siguiente.
Dame agua susurró la abuela.
Lucía le acercó el vaso.
Entonces, ¿firmas? El notario viene a las doce.
Canallas… masculló la mujer, pero ya sin rabia . Os queréis quedar con todo… Bueno, escribe lo que quieras.
Pero dile a Jorgito… dile que venga a verme de vez en cuando.
Vendrá. Cuando pueda andar. Y yo también, lo prometo.
***
Jorge estaba sentado en un banco del parque de la residencia. Se le veía mucho mejor, algo más relleno, rubicundo.
Su madre junto a él, en la silla de ruedas, con un pañuelo precioso y mordisqueando una manzana.
Jorge, hijo le llamó ella.
Dime, mamá.
¿Y eso… vuelves a llamar a Carmen? ¿Ya os habéis arreglado?
Jorge se sorprendió.
Sí, hemos hablado. Viene a vernos el sábado.
Vale, dijo Fermina mirando unas flores . Que venga. Aquí la enfermera, Leonor, es más bruta… siempre me dice cosas.
Que tu Carmen vea cómo me tratan aquí. Y tú, Jorge, trata bien a las mujeres. Mal asunto que un hombre haga llorar a una buena.
Como tu padre…
Jorge soltó una sonrisa y le apretó la mano. Por el paseo venía Lucía corriendo, saludando y sonriendo.
¡Papá, abuela! gritó desde lejos . ¡Me han dado una beca! ¡Y en el curro suben el contrato!
Jorge se levantó para abrazarla. Fermina los miraba con ojos entrecerrados.
Seguía convencida de que la habían echado de su hogar injustamente, pero ya callaba.
Y cuando se le acercó la auxiliar y le propuso amablemente ir al masaje, la anciana levantó la cabeza, solemne.
Vamos, niña. Pero avisa al fisio ese, que el otro día me estrujó la pierna que parecía un toro…
Dile tú que tenga más cuidado. ¡Que no estamos hechas de piedra!
La enfermera empujó la silla, Lucía abrazó a su padre y se quedaron un rato largo mirando los pinos altos.
Por primera vez en mucho tiempo, los tres eran de verdad felices.
***
Fermina López vivió para conocer a su bisnieto: Lucía terminó la carrera, se casó con un buen hombre y nació un niño.
Jorge se casó con Carmen, la segunda nuera fue recibida con más cariño, y hasta puede decirse que la relación se volvió cálida, Carmen le perdonó todas las malas pasadas.
Fermina se fue en silencio, durmiendo, sin guardar rencor ni a su nieta, ni a su hijo.





