8 de marzo de 2024, Madrid
Hoy me he sentado a meditar sobre la distancia que se ha creado entre nuestro hijo Íñigo y nosotros desde que se casó con Irene. No sé en qué momento exacto dejamos de ser parte central de su vida. Ahora parece que todo gira en torno a su suegra, doña Carmen, y siempre hay alguna urgencia de la que debe ocuparse en su casa. Ni siquiera alcanzo a imaginarme cómo habrá sobrevivido Carmen antes de que Irene se casara con nuestro hijo.
Íñigo e Irene llevan ya más de dos años casados. Cuando se prometieron, nosotros les ayudamos a prepararse para vivir por su cuenta, incluso compramos el piso donde Íñigo había estado residiendo desde que empezó la universidad, cerca de Sol. Siempre le hemos apoyado, desde pequeño ha sentido nuestro respaldo y cariño. Antes de casarse, ya vivía de manera independiente, y le iba bien.
Tengo que reconocer que al principio Irene me pareció una muchacha demasiado tierna, como si aún no fuera del todo consciente de lo que significa la vida en pareja. Era infantil y, a veces, algo caprichosa. Íñigo, siendo apenas dos años mayor, siempre ha sido responsable y atento. Me preocupaba que tuviera que madurar por los dos.
Pero al poco de conocer a Carmen y verla actuar, comprendí de dónde venían ciertos gestos y modos de su hija. Carmen, aunque de mi edad, parecía regirse por otros códigos, casi ajena a la realidad que compartimos los demás. No sé si habréis tratado personas así, que pese a los años se comportan como adolescentes: caprichosas, a veces inútiles para las tareas más cotidianas. Al casarse Irene, su madre ya había pasado por seis divorcios.
No puedo decir que Carmen nos incomodara; simplemente, nunca conseguimos conectar. Solo intercambiamos saludos en momentos señalados, como la boda, y poco más.
Las primeras señales de alarma las vi antes del enlace. Irene arrastraba sin parar a nuestro hijo al piso de su madre para cualquier chapuza: que si un grifo que goteaba, que si había que cambiar una toma eléctrica, o que si una estantería se había venido abajo. Pensé: bueno, no tienen un hombre en casa, puede comprenderse. Pero con el tiempo, el desfile de averías no cesó. Íñigo empezó a postergar las visitas familiares alegando que debían ir a ayudar a Carmen, y poco a poco todas las celebraciones Navidad, el Día de Reyes, cumpleaños pasaban en casa de la suegra, y nosotros, los abuelos, quedábamos solos en Salamanca o, a lo sumo, acompañados por mi madre anciana.
Lo más duro fue cuando Íñigo empezó a desatender también nuestras necesidades. No hace mucho compramos un frigorífico nuevo y le pedimos que viniera a ayudarnos a subirlo. Al principio dijo que sí, pero después llamó para excusarse: Mamà, no puedo porque Irene y yo tenemos que ir a casa de su madre, que la lavadora ha empezado a perder agua. Cuando mi esposa llamó de nuevo, alcanzó a oír de fondo a Irene: ¿Tus padres no se pueden permitir un transportista?
Al final Íñigo vino de mala gana, protestando: Papá, ¿de verdad era necesario que viniera yo? ¿No podíais llamar a una empresa de mudanzas? Ahora encima tengo que cargar con el cacharro
Ahí perdí la paciencia y me pregunté por qué Carmen nunca llama a un profesional. ¿Vivirá en un universo diferente donde los fontaneros no existen? Íñigo, entre protestas, decía que ya han tenido malas experiencias, que algunos les han cobrado y no han arreglado nada.
En ese momento, mi esposa no se pudo contener y le soltó a Íñigo que, si su suegra no era una virtuosa de los electrodomésticos, parecía en cambio una experta pastora, porque manejaba a su hija y a él como ovejas. Mi hijo se ofendió, recogió sus cosas y se fue sin mirar atrás. No quise meterme más en la conversación; en el fondo mi mujer tenía razón: Carmen y su hija parecen haber encontrado la forma de apoyarse descaradamente en Íñigo, y de nosotros se ha ido olvidando.
Tras aquel desencuentro, mi hijo no ha vuelto a hablar con su madre en casi tres semanas, manteniendo un mutismo tenso. Ella se niega a dar el primer paso y él, orgulloso, tampoco mueve ficha. Yo me siento dividido y atrapado entre los dos: comprendo la postura de mi mujer, pero quizás un poco más de delicadeza hubiera evitado este distanciamiento. No pienso perder a mi hijo por una nimiedad como esta.
Y así, mientras suegra y yerno viven a cuerpo de rey en este embrollo de favores y reproches, somos nosotros quienes peleamos por no perder el poco vínculo que queda.
Hoy me llevo la lección de que a veces, por mucha razón que uno tenga, las palabras pueden herir más de lo que creemos, y el orgullo puede levantar muros imposibles de escalar entre padres e hijos. Quizá mañana sea el día de dejar las rencillas atrás y buscar un acercamiento, aunque solo sea para no quedarnos solos, ni perder a quien más queremos.






