Hoy escribo aquí, en mi diario, después de una visita que todavía me sigue dando vueltas en la cabeza. Nuestros familiares vinieron a vernos desde Madrid; ya nos habían avisado con antelación, y les expliqué bien claro por teléfono que las cosas no iban precisamente de maravilla en casa. No vivimos tan mal como para pasar hambre, pero la verdad es que apenas nos llega para lo básico. Soy jubilada y mi hijo Juan apenas gana lo suficiente con su trabajo, así que no estamos para grandes visitas ni compromisos.
Aun así, vinieron. Y hay que decirlo, no llegaron con las manos vacías: trajeron varias comidas y hasta unos regalos. Juan, siempre tan correcto, les agradeció los detalles, y yo, en cuanto pude, guardé las cosas en la despensa, no fuera a ser que después faltara algo.
Ya había avisado que la economía no daba para mucho, así que a la hora de la comida puse lo que teníamos: pan con mantequilla, unas galletas y té. Se sentaron a la mesa con una cara larga de las de toda la vida, pero se callaron y comieron. No me importó demasiado, sinceramente. Les di lo que había y, si no era suficiente, tampoco podía hacer milagros.
Por la noche preparé una cena sencilla, como solemos hacer aquí: sopa ligera, pan, quesitos para untar, bocadillos de embutido frío y, de nuevo, té. Sus caras no mejoraron; se notaba que esperaban algo más especial, quizás una cena digna de Navidad, pero no estamos para esas cosas.
Entonces, una de las primas me preguntó por qué no había puesto en la mesa lo que ellos habían traído. La miré extrañada. ¿Era para nosotros o para ellos? Si tanto querían comer de lo que trajeron, bien podían haberlo dicho y se metía en la nevera para la cena. Me molestó el comentario, pero me contuve porque bastante tenía ya con lo mío.
No se quedaron del todo contentos, siguieron discutiendo un rato sobre el asunto y, al día siguiente, recogieron sus cosas y se marcharon a saber dónde. Yo, sinceramente, duermo tranquila. No quiero ese ambiente en mi casa, así que casi mejor que se hayan ido.
Al menos, de su visita nos quedaron algunos dulces, un poco de paté, merengues y fruta. Algo bueno tenían que dejar. Esta noche, mi hijo Juan y yo nos sentaremos tranquilamente a tomar un té y comeremos esa tarta que dejaron. Mejor así: en familia, sin remilgos ni caras largas, con lo que tenemos y en paz.






