La “Cuco” Diurna Canta Más: Cuando Tu Suegra Se Instala y Tú Quedas Fuera de Tu Propia Casa en Madri…

Life Lessons

La cuclilla diurna que se adelantó

¡No, esto es ya una tomadura de pelo! salta Clara, encendida por la rabia. Íñigo, ven aquí. ¡Ahora mismo!

Su marido, que terminaba de dejar sus deportivas en el recibidor, asoma la cabeza en el marco de la puerta mientras se desabrocha el cuello de la camisa.

Clara, ¿qué pasa ahora? Acabo de llegar del trabajo, me duele la cabeza a horrores…

¿Que qué pasa otra vez? señala Clara indignada hacia el borde de la bañera. Mira bien. ¿Dónde está mi champú? ¿Dónde está mi mascarilla, la que me compré ayer?

Íñigo entrecierra los ojos y examina en fila los botes.

Ahí está triunfante un frasco gigantesco de champú de brea, un litro de Ortiga y un pesado tarro de crema de un sospechoso color marrón.

Esto… Son las cosas de mi madre. Seguramente le va mejor tenerlo todo a mano… musita él, evitando mirar a su esposa a los ojos.

¿A mano? Íñigo, ¡tu madre no vive aquí! Ahora mira abajo.

Clara se agacha y saca de debajo de la bañera una palangana de plástico. Allí están tirados sus caros productos franceses, su esponja y su cuchilla de afeitar.

¿Entonces qué pasa? ¿Que ha arrastrado lo mío a este barreño sucio y ha colocado lo suyo en el altar de la bañera?

Para ella lo mío es digno de estar al lado de la fregona, y su Ortiga se merece el sitio de honor.

Íñigo suelta un largo suspiro.

Clara, no te pongas así. La pobre está fatal, ya lo sabes. Mira, lo recoloco todo y vamos a cenar, ¿vale? Por cierto, mamá ha preparado albóndigas con tomate.

No pienso probar nada que haya cocinado ella, corta Clara en seco. ¿Pero se puede saber qué hace aquí metida todo el día? ¿Por qué manda en mi casa, Íñigo?

Me siento como una inquilina a la que han dejado usar el váter por caridad.

Empujando a su marido, Clara sale disparada, mientras Íñigo, resignado, vuelve a meter la palangana debajo de la bañera con el pie.

El famoso problema de vivienda que estropeó la vida a millones, a Clara e Íñigo ni les roza.

Íñigo tenía un bonito piso de un dormitorio en una zona nueva de Madrid heredado de su abuelo.

A Clara le había dejado su abuela una acogedora vivienda en el barrio de Chamberí.

Decidieron irse a vivir al piso de Íñigo, que tenía el baño reformado y aire acondicionado. El piso de Clara lo alquilaron a una pareja tranquila.

Con los padres de Íñigo la relación era de cordial neutralidad que llegaba, con suerte, a simpatía.

Carmen Saavedra y su taciturno marido, don Emilio, vivían en el otro extremo de la ciudad.

Una vez por semana merienda de rigor, preguntas de cortesía sobre la salud y el trabajo, intercambio de sonrisas educadas.

Clara, hija, estás más delgada, suspiraba Carmen mientras le llenaba el plato de tarta. Íñiguito, apenas das de comer a tu mujer, ¿eh?

Mamá, que estamos yendo al gimnasio, replicaba Íñigo.

Y poco más. Ninguna visita inesperada, ningún consejo no solicitado.

Clara casi presumía ante sus amigas:

Qué suerte he tenido con mi suegra. Oro puro, no se mete en nada, ni me corrige, ni atosiga a Íñigo.

Todo saltó por los aires aquel martes nublado cuando don Emilio, tras treinta y dos años de matrimonio, hizo las maletas, dejó una nota en la mesa: Me he ido a la playa, no me busques, bloqueó todo contacto y desapareció.

Resultó que aquello de la crisis de los sesenta era más que una metáfora: la tercera en discordia era una administrativa guapa de un balneario de Benidorm adonde llevaban yendo juntos los tres últimos veranos.

Para la sesentañera Carmen Saavedra el mundo dejó de girar.

Primero vinieron las lágrimas, los mensajes a las tres de la mañana y las mismas preguntas una y otra vez:

¿Cómo ha podido hacerme esto? ¿Por qué? ¡Clara, hija, qué he hecho yo para merecer esto!

Clara, al principio, de verdad lo sentía. Ella misma llevó tranquilizantes a su suegra, la escuchaba repetir la historia en bucle y asentía mientras Carmen maldecía a ese viejo mujeriego.

Pero la paciencia le duró poco: las quejas eternas la estaban sacando de quicio.

Íñigo, tu madre me ha llamado cinco veces esta mañana le comenta Clara en el desayuno. Que quiere que vayas a cambiarle una bombilla del pasillo.

Lo entiendo, de verdad, pero… ¿cuándo va a terminar esto?

El marido todo compungido:

Se siente sola, Clara. Ella ha vivido siempre pendiente de papá y ahora…

No te lo tomes a mal, por favor…

Puede cambiar la bombilla o pedir a alguien de mantenimiento. Pero quiere que vayas tú. O yo. ¿Y me lo tengo que tragar?

Luego vinieron las noches en casa de su madre: Íñigo salía despidiéndose con una bolsa.

Clara, mamá tiene miedo de dormir sola, se excusaba. Dice que el silencio la angustia. Solo duermo allí un par de días, ¿vale?

¿Un par de días? clara alza una ceja. Íñigo, acabamos de casarnos, ¡y ya me dejas sola medio mes!

Sólo es por un tiempo, hasta que se recupere. Ya verás, volverá a estar bien.

Ese por un tiempo se estiró más de un mes.

Carmen exigía que su hijo pasara con ella cuatro noches a la semana, la tarde incluida.

Fingía subidas de tensión, ataques de pánico; hasta provocaba atascos en el fregadero.

Clara veía cómo su marido se iba desgastando, haciendo el cabra de un lado para otro.

Hasta que cometió el error del que se arrepentiría cada día después.

***
Decidió hablar claro con la suegra.

Mire, Carmen, le dice un domingo durante la comida. Si tan mal lo pasa en ese piso sola, venga a vernos por las mañanas.

Íñigo está en el trabajo, yo hago teletrabajo. Venga, da un paseo por el Retiro, toma café aquí, y luego antes de que llegue Íñigo se va usted a casa.

Carmen la miró con una sonrisilla extraña.

Ay, Clara hija… Qué lista eres. ¿Y para qué seguir allí amargada?

Clara creyó que la suegra vendría quizá un par de veces por semana, sobre las doce y se iría antes de que Íñigo llegara…

Pero Carmen tenía otro plan llegó puntual a las siete de la mañana.

¿Quién llama? murmuró Íñigo dormido al escuchar el timbre.

Él mismo fue a abrir.

¡Soy yo! tronó la voz animada de Carmen por el portero. ¡Os traigo cuajada fresquísima!

Clara se tapa la cabeza con la almohada.

¡Santo cielo…! masculla. Íñigo, ¡son las siete! ¿Dónde ha comprado cuajada fresca a esta hora?

Mamá madruga, Íñigo ya se pone los pantalones. Duerme tranquila, yo abro.

A partir de ese día la vida fue un infierno. Carmen no sólo llegaba: se instalaba en casa todo el día.

Clara intentaba trabajar con el portátil, y siempre se oía detrás:

Clara, ¿no limpiaste el polvo de la tele? Mira, he encontrado una bayeta. Ya paso yo.

Carmen, estoy ocupada, tengo una reunión por Zoom en cinco minutos.

Ay, reuniones… Si solo miras dibujitos en la pantalla.

Y por cierto, hija, le planchas fatal las camisas a Íñigo. Hay que dejarle el filo como una espada.

Déjame que te enseñe antes de que lleguen tus clientes.

Todo era criticable.

Cómo cortaba las verduras: Íñigo las quiere en tiras, no en cubitos como si estuvieras en un colegio.

Cómo hacía la cama: La colcha tiene que llegar al suelo, la tienes más bien a medias tú.

Cómo olía el baño: Debería oler a limpio, aquí huele a humedad.

Clara, hija, asomaba la suegra la cabeza en la olla , no te lo tomes a mal, pero te ha quedado salada la sopa.

Íñiguín lleva dieta desde pequeño, lo sabes, tiene el estómago delicado.

Le vas a fastidiar con lo que cocinas, aparta, ya la rehago yo.

Está rica, replica Clara entre dientes , y a Íñigo le gustó, repitió dos platos anoche.

Ay, es tan bueno que por no disgustarte come sin rechistar, pobrecito.

Al mediodía Clara está ya al borde de los nervios.

Se va a un café, se pasa allí horas solo para no oír la voz de Carmen.

Y cuando vuelve se enerva todavía más.

Primero apareció la taza favorita de Carmen, un tazón horrendo con La mejor madre escrito en letras doradas.

Luego, un impermeable suyo siempre colgado en la entrada; a la semana, Carmen ocupó una balda entera en el armario con su ropa y dos batas.

¿Para qué quiere aquí batas? pregunta Clara al ver un batín gigantesco rosa junto a sus camisones de seda.

Hija, estoy aquí tantas horas… apetece ponerse cómoda, ¿sabes? Y somos familia, mujer, no te pongas así.

Íñigo responde a las quejas de Clara siempre igual:

Clara, sé comprensiva. Está destrozada. Ha perdido a su marido, necesita sentirse útil. ¿Te da pena que coja una balda?

No es la balda, Íñigo. ¡Tu madre me está echando de mi propia casa!

No exageres. Ayuda en casa, cocina, limpia… tú misma decías que odiabas planchar.

Prefiero ir arrugada a que ella toque mi ropa, suelta Clara con rabia.

Pero él hace oídos sordos.

***
Los botes del baño fueron la gota que colmó el vaso.

Íñigo, sal ya, grita Carmen desde la cocina. ¡Que se enfrían las albóndigas!

Clara, vente, que a ti te he puesto menos salsa picante, ya sé que no te gusta.

Clara entra en la cocina donde la suegra ya distribuye platos como la dueña de la casa.

Carmen, pregunta Clara con voz forzada , ¿por qué ha quitado mis cosas del baño?

Carmen ni parpadea. Coloca el tenedor junto al plato de Íñigo y sonríe.

Ay, clara, ¿te refieres a esos botes? Si apenas tenían nada. Solo ocupaban espacio.

Y olían tan fuerte, hija, me mareaban.

He puesto los míos, que ya sé que van bien. Los tuyos los he puesto abajo, para que no molesten.

No te importará, ¿verdad? Había que organizar un poco allí.

Sí me importa, dice Clara avanzando al centro de la cocina . Ese baño es mío. ¡Mis cosas! ¡Mi casa!

¿Tuya, hija? se sienta Carmen con teatrillo, suspirando. Si el piso es de Íñigo.

Tú harás de anfitriona, pero hay que respetar a la madre del marido.

Íñigo, en la puerta, se ha puesto blanco.

Mamá, no digas eso… Clara también tiene un piso, vivimos aquí porque…

Bah, pero ese piso es viejo, de abuela…

Íñigo, siéntate a comer. Mira, tu mujer otra vez con mala cara, seguro que con el estómago vacío.

Clara mira a su marido. Espera.

Espera que diga: Basta, mamá. Esto se acabó. Haz las maletas, te vuelves.

Íñigo vacila, mira a su madre, luego a su esposa y se sienta a la mesa.

Clara, venga ya, siéntate a comer. Hablemos con calma. Mamá, tú tampoco debiste tocar sus cosas…

¡Ay, ves! exclama Carmen triunfante. El hijo sí sabe.

Pero tú, Clara, ¡qué egoísta! Así no se hace familia. Hay que compartir.

La paciencia de Clara se rompe.

¿Todo se comparte? repite mordaz . Perfecto.

Da media vuelta y sale.

Íñigo la llama, pero no le escucha. Recoge sus cosas en veinte minutos, mete todo en las maletas.

Ni se molesta en llevarse los botes del baño: ya los comprará nuevos.

Se va entre los ruegos de Íñigo y las indirectas de Carmen.

***
Clara no piensa volver con Íñigo pide el divorcio al poco de irse.

Su todavía marido la llama cada día, suplicando que regrese; su suegra va trasladando sus cosas al piso de su hijo.

Clara sabe perfectamente que eso era justo lo que Carmen quería.

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