Te toca madurar le dije a Rodrigo, después de tantos años. Su reacción me dejó sin palabras.
Imaginaos lo que es convivir tantos años con un adolescente eterno en el cuerpo de un hombre de cuarenta.
Es cuando le pides: Rodrigo, ¿puedes ir a la reunión del colegio?, y él responde: No puedo, tengo partida de Age of Empires mañana.
Es cuando te acuerdas que hay que pagar la luz y el agua; él asiente, sonríe, y a la semana te cortan el gas caliente porque se ha olvidado, absorto en su FIFA.
Es ver a tu hijo de doce años preguntarte de física mientras el padre grita como poseso con los auriculares puestos en el salón: ¡Defensa a la derecha, insensatos!
Así viví con Rodrigo diecisiete años. Vedlo, si podéis imaginarlo.
Nos conocimos en la universidadRodrigo era el alma de la facultad, con su guitarra y sus chistes. Yo, Elena, estudiosa y aplicada, me enamoré justo de esa ligereza suya; de cómo despreocupado vivía, cómo sabía aprovechar la vida.
Pensé que ahí estaba el equilibrio: yo la responsable, él la risa. Yin y yang.
Pero acabé siendo yo la que tiraba siempre del carro, mientras él iba sentado arriba, balanceando las piernas.
Tras casarnos, Rodrigo trabajó aquí y allá. Administrativo, encargado, dependiente, cualquier puesto en el que no tuviera que esforzarse demasiado. Los salarios, mediocres, pero siempre tenía una excusa: Es algo temporal, Elenita. Ya verás, pronto mejorará la cosa.
No mejoraba nunca.
En cambio, yo llevaba años en la Agencia Tributariaestable, seguro, monótono. Pagaba la hipoteca, llenaba la nevera, llevaba a Javier al médico y repasaba sus deberes. Rodrigo, mientras, según él, descansaba del trabajo.
Delante del ordenador. Hasta las tres de la madrugada.
Rodrigo le decía agotada alguna vez podrías ir tú a la reunión de padres. No puedo estar siempre pidiendo permiso en el trabajo.
No puedo, Elenita. Tengo una reunión importante mañana.
Su reunión era cerveza con los colegas en el bar.
Rodrigo, paga el wifi. Nos lo van a cortar.
Sí, sí, tranquila.
Nunca lo pagaba. Lo acababa pagando yo.
Me fui transformando en madre, en gestora, en carcelera. Cualquier cosa menos esposa.
Cuando la paciencia se agota
Javier estaba con los ojos enrojecidos frente al cuaderno de ejercicios.
Mamá, no entiendo el problema. Papá, ¿me ayudas?
Rodrigo, sentado en el sillón, los cascos puestos y la vista fija en la pantalla.
¡Papá! más alto.
Me acerqué y le quité los cascos de un tirón.
¿No oyes a tu hijo?
¿Eh? me miró enfadado. Elenita, estoy ocupado ahora.
¿Ocupado? miré a la pantalla: tanques, explosiones, insultos en el chat. ¿Esto es estar ocupado?
No empieces, Elena
¡Tu hijo te pide que le ayudes! Y tú sigues delante de esa tontería.
Es el FIFA contestó tranquilo. Y tengo buen ranking, por cierto.
¡Tu ranking me da igual!
Javier se retiró sin decir nada. Ya estaba acostumbrado. Cuando los padres empezaban a discutir, mejor desaparecer.
Me quedé mirando a Rodrigo. Un hombre grande, con tripita cervecera y cara de chaval.
Rodrigo le dije en voz tan baja que daba miedo. Ha llegado la hora de que madures.
Se levantó bruscamente, echando la silla hacia atrás.
¿Cómo?
Me estremecí.
¿Madurar? ¡Estoy harto de estar bajo tu control! ¡Harto de que me digas lo inútil y irresponsable que soy!
Rodrigo…
¡Cállate! agarró la chaqueta. Ya está, me largo. ¡Vive como quieras!
La puerta sonó de un portazo.
Me quedé de pie en medio del salón.
Cuando el hijo sabe más que la madre
Pasé la noche entera en la cocina, sentada, mirando por la ventana. Pensando.
Rodrigo no volvió. No respondía al móvil ni a los mensajes.
Y, por primera vez en diecisiete años, no fui a buscarle. No llamé a sus amigos. No intenté ponerme en contacto.
Por la mañana entró Javier, despeinado y soñoliento.
Mamá, ¿dónde está papá?
Se ha ido dije con voz seca.
¿Os habéis peleado otra vez?
No del todo.
Se sirvió un vaso de leche, se sentó enfrente. Silencio largo.
De pronto preguntó:
Mamá, ¿sabes que papá quiere vender el coche?
Se me cayó la taza de las manos.
¿Cómo?
Me pidió que no dijera nada. Pero como habéis discutido Javier se removió inquieto. Estaba reuniendo papeles. Le vi sacar copias del DNI, del libro de familia y otros documentos.
Un escalofrío me recorrió la espalda.
¿Cuándo fue eso?
La semana pasada. Dijo que era solo por si acaso, que no nos preocupáramos.
Fui a la habitación de Rodrigo, donde llevaba medio año durmiendo, según él, por la espalda.
Abrí su cajón. Papeles, recibos, cosas inútiles.
En el fondo, una carpeta.
La abrí y sentí que el mundo se me hundía a los pies.
Contrato de aval.
En negro sobre blanco: Rodrigo López Herrera se compromete como avalista de un crédito de trescientos cuarenta y cinco mil euros.
Deudor: Felipe López Herrera.
El hermano. Ese hermano que hace cinco años ya arruinó a sus padres y se desapareció dos años mientras los acreedores se daban por vencidos.
Trescientos cuarenta y cinco mil euros.
Me dejé caer en el sofá. Seguí leyendo.
Garantía: el coche familiar. El mismo por el que estuvimos pagando préstamos durante casi tres años. Recién liquidado.
Y más: papeles donde declara su intención de avalar con el piso. Nuestra casa. El apartamento donde hemos vivido todos estos años.
Dios mío susurré.
Por eso el numerito de anoche. Por eso sus gritos de bajo tu control y que estoy harto. Sabía que pronto me enteraría. Quiso hacerse el víctima. Irse antes. Como si fuera él el ofendido.
Y esa infantilidad era algo peor, no mera pereza o irresponsabilidad: era una huida. Miedo puro. Se refugiaba en los videojuegos y la cerveza para no enfrentar lo que había hecho.
Cogí el móvil. Llamé a Rodrigo.
Rechazó la llamada.
Otra vez.
¿Qué? respondió enfadado.
Vente a casa. Ahora mismo.
No pienso ir. No tengo nada que decirte.
Pues yo sí. Sobre Felipe. Sobre el préstamo. Sobre tu manía de hundir a la familia por salvar a un hermano que ni siquiera se acuerda de ti.
Has encontrado los papeles, ¿verdad?
Sí. Vente, o si no voy yo misma a buscar a tu hermano y le cuento todo.
Llegó una hora después.
Cuando ser inmaduro no es debilidad, sino cobardía
Entró Rodrigo hecho polvo: despeinado, oliendo a alcohol, con gesto agrio.
Le pedí a Javier que no saliera de la habitación.
Siéntate le dije calmada.
Se sentó. Mirando el suelo.
Trescientos cuarenta y cinco mil euros empecé. Avalando nuestro coche y nuestro piso. Por un hermano que ya os arruinó una vez.
No lo entiendes musitó Rodrigo.
Explícame.
Felipe está en apuros. Su negocio se fue al garete, los acreedores le pisan los talones. ¡Es mi hermano! ¡No podía negarme!
Solté una risa amarga.
No podías. ¿Podías al menos consultármelo?
No lo habrías permitido.
¡Claro que no! Porque es una locura. Rodrigo, tenemos un hijo, una hipoteca a diez años. Apenas llegamos a fin de mes. ¿Y quieres responsabilizarte de trescientos cuarenta y cinco mil euros?
Él lo pagará.
¿Como la última vez? recta, me puse en pie. ¿Recuerdas lo que pasó hace cinco años? Tus padres casi mueren del infarto. Dijiste que no volverías a ayudarle nunca.
La gente cambia.
La gente no cambia, Rodrigo. Felipe es un profesional del desastre. Vive a costa de los demás. Y tú has decidido ser su próximo patrocinador.
Callaba, con la vista clavada en el suelo, como un colegial pillado en falta.
Cuando tienes que escoger entre tu hermano y tu familia
De repente, se levantó Rodrigo.
Solo… no podía decirle que no. ¡Es mi hermano!
¿Y yo qué soy? me encaré. ¿Y Javier? ¿Somos extraños?
Sois mi familia, igual que Felipe.
No negué con la cabeza. La familia es a quien le debes tu responsabilidad. Felipe es un hombre adulto de cuarenta y tres años que solo sabe vivir pidiendo dinero ajeno, y tú has caído en su trampa de nuevo.
Abrí el portátil. Entré en el banco.
¿Qué haces? se tensó.
Cambiando los accesos de nuestra cuenta. Donde entra mi paga. Donde pensabas sacar el dinero para los pagos de tu hermano.
¡No tienes derecho!
Sí contesté tranquila. Porque son mis ahorros. Yo trabajo para eso, mientras tú llevas años saltando de trabajo en trabajo y trayendo cuatro duros a casa.
Un golpe bajo, tal vez, pero verdad.
Rodrigo palideció.
Elena…
Mañana iré al notario seguí cambiando contraseñas. Me informaré de cómo proteger el piso, en caso de que firmes ese aval. Y si hace falta, pido el divorcio. Reparto de bienes. Restricción del acceso a la vivienda.
¿Me estás chantajeando?
Estoy protegiéndome. Y protegiendo a mi hijo dije sin moverme.
Cogió la chaqueta, furioso.
¿Sabes qué? Haz lo que quieras. Me voy a ver a Felipe. Firme el contrato o no, eso ya es cosa mía. ¡Vive con tus normas y tus contraseñas!
Si firmas, me separo le solté, serena. Ese mismo día.
Se quedó de piedra en el umbral.
¿Hablas en serio?
Por supuesto. He tirado de la familia sola diecisiete años. Currando, criando a Javier, pagando todo… y tú jugando a la consola. Aguanté porque, al menos pensé, no eres un borracho o un infiel. Pero ahora quieres hundirnos en deudas por un hermano que nunca devuelve nada. Pues bien, este es el límite.
Él lo prometió.
¿Y? reí. Siempre lo promete. Hace cinco años, hace diez… Felipe es un pedigüeño. Sabe dar pena. Y tú caes.
Esta vez es distinto.
¿Distinto? le corté, perdiendo la voz. ¿Qué hay distinto? ¿La deuda, que es aún mayor? ¿Que esta vez quiere arruinarnos a nosotros y no a tus padres?
Cuando la verdad duele más que el amor
Javier salió de la habitación.
Mamá papá ¿qué pasa?
Rodrigo y yo callamos.
Vi en sus ojos el miedo, ese que sienten los niños cuando su universo se desmorona.
Papá preguntó Javier bajito ¿Es verdad que vas a pedir un crédito por el tío Felipe?
Rodrigo se sobresaltó.
¿Tú lo sabes?
He oído todo se secó los mocos. Papá, si él no paga, ¿nos quedamos sin casa?
No mintió Rodrigo. Todo irá bien.
No va a ir bien dije tajante. Javier, a tu cuarto.
Pero, mamá…
¡A tu cuarto!
Javier se fue.
Me volví a Rodrigo.
Lo has visto, ¿verdad? Has visto el miedo de tu hijo. Tiene doce años; debería preocuparse de clase y amigos, no de si tendrá techo.
Rodrigo se dejó caer en el sofá. Se cubrió la cara con las manos.
Ya no sé qué hacer.
Sí lo sabes contesté con dureza. Decide. O tu hermano, o tu familia. Ahora mismo.
Elena, no es tan simple.
Es simple. Llamas a Felipe y le dices: Lo siento, no puedo. Tengo mi propia familia. Nada más.
¿Y si le pasa algo?
Pues le pasará. Tarde o temprano. Porque él no cambia. Siempre pide, gasta, engaña. Siempre vuelve a caer, y arrastra a quien le ayude. ¿De verdad quieres hundirte con él?
Silencio.
Cogí el móvil.
Tienes veinticuatro horas. Mañana a esta hora quiero saber si sigues siendo nuestro o suyo. No hay tercera opción.
Rodrigo llamó la noche siguiente.
Yo estaba en la cocina con la abogada: una señora de unos cincuenta años que me explicaba con calma cómo blindar el piso frente a los acreedores.
Vibró el teléfono. Rodrigo.
Dime contesté.
He llamado a Felipe.
Pausa.
¿Y?
Le he dicho que no.
Cerré los ojos. Respiré.
¿Y cómo se lo ha tomado?
Me ha insultado. Dice que soy un traidor. Que ya no soy su hermano. Su voz temblaba. Tengo miedo de que le pase algo.
No le pasará nada respondí tranquila. Felipe siempre encuentra otro incauto.
Volvió una hora después. La abogada ya se había ido.
Por primera vez en mucho tiempo, vi a Rodrigo no como un niño grande, sino como un hombre cansado.
¿Javier duerme? preguntó.
Sí.
Nos sentamos a la mesa.
Le puse los papeles delante.
Vamos a empezar de nuevo. Consigues un trabajo serio, no cosa de paso. Asumes la mitad de los gastos. Te ocupas de Javier: reuniones, actividades, deberes. Mitad y mitad. Nada de secretos, nada a mis espaldas.
Rodrigo asintió en silencio.
Vale. Lo intentaré.
Tres meses después
Rodrigo logró un trabajo como jefe de obra en una constructora.
Yo dejé de controlarlo todo. Solté el orden, y descubrí sorprendida que mi marido sabía preparar la cena. Ayudar con los deberes. Incluso fue él solo a la reunión escolar.
Felipe desapareció; cambió el número y jamás volvió a llamar.
Y yo, por primera vez en diecisiete años, sentí que vivía. No que arrastraba un carro. Simplemente, vivía.
Con un marido, que a la fin, sí, había madurado.



