Amigo vendido. Relato del abuelo
¡Y me entendió!
No fue nada divertido, me di cuenta de que era una idea absurda.
Lo vendí. Él pensaba que era un juego, pero luego comprendió que de verdad lo había vendido.
Al final, cada época le pertenece a cada uno. A algunos les parece poco generoso un todo incluido, y hay quien se conforma con un buen trozo de pan con chorizo.
Así llevábamos nosotros la vida, cada cual a su manera.
Yo era un crío entonces. Mi tío, el hermano de mi madre, Jesús, me regaló un cachorro de pastor alemán, y yo no cabía en mí de alegría. El perrito se encariñó conmigo enseguida, me entendía casi sin hablarle, me miraba directo a los ojos esperando, esperando a que le diese una orden.
Tumba decía yo, tras una pausa, y él se echaba, mirándome con esa entrega que parece decir que se moriría por ti.
¡Firme! le mandaba, y el cachorro se ponía en pie torpemente sobre sus patas cortas y se quedaba quieto, relamiéndose de anticipación. Esperaba, esperaba la recompensa, un trocito de algo rico.
Pero yo no tenía nada para premiarle. Bastante hambre pasábamos nosotros.
Así eran los tiempos.
Mi tío Jesús, que me había regalado el cachorro, una tarde me dijo:
No te apenes, chaval, mira lo fiel y leal que es. Véndelo, y luego le llamas para que vuelva contigo, ya verás que se escapa y nadie se da cuenta. Te quedas con las perras, así te compras un dulce para ti, tu madre y el perro. Hazme caso, anda, que esto es un truco de los buenos.
La idea me tentó. No pensé entonces que estaba mal. Un adulto me lo sugería, debía ser una broma, además, así podría traer un detalle a casa.
Le susurré al oído peludo y caliente de Fiel así le llamé que lo iba a dar, pero luego le llamaría para que se viniera conmigo y se escapara del desconocido.
¡Y me entendió!
Ladró como diciendo que sí.
Al día siguiente le puse la correa y lo llevé al mercadillo de la estación. Allí se vendía de todo, flores, pepinos, manzanas.
Cuando llegó el aluvión del tren de cercanías y la gente empezó a bajar, empezaba el trueque y las ventas.
Yo me adelanté con el perro, pero nadie se acercaba.
Se dispersó casi toda la gente y, cuando ya daba todo por perdido, un hombre de rostro serio vino directo a mí.
¿Qué haces, chico? ¿Esperas a alguien o vendes al perro? Es un cachorro fuerte, venga, me lo llevo. Y me puso unos billetes de euros en la mano.
Entregué la correa. Fiel giró la cabeza, estornudó contento.
Venga, Fiel, ve con él, amigo, ve. le susurré. Luego te llamaré, escápate enseguida. Y él se fue con el hombre mientras yo, escondido, seguí de lejos para ver dónde se lo llevaba.
Por la tarde llevé a casa pan, chorizo y una bolsa de caramelos. Mi madre me miró con ceño de sospecha:
¿De dónde has sacado esto, hijo? ¿No habrás robado?
No, mamá, qué va, ayudé con unos bultos en la estación y me dieron esto.
Bueno, hijo, cena y vete a la cama, que estoy rendida.
Ni siquiera preguntó por Fiel, ni le importaba mucho.
A la mañana siguiente, mi tío Jesús apareció. Yo preparaba la mochila para el cole, pero mi verdadero deseo era salir corriendo a buscar a Fiel.
Bueno rió mi tío, ¿vendiste al amigo entonces? Y me dio una palmada en la cabeza, pero me zafé y no le respondí.
No dormí en toda la noche, ni probé bocado, el pan y el chorizo ni se me pasaban por la garganta.
No fue nada divertido, comprendí que era una tontería todo esto.
No en vano mi madre nunca escuchaba a mi tío Jesús.
No le hagas caso, es un insensato me repetía.
Cogí la mochila y me fui corriendo del piso.
Eran tres manzanas hasta la casa donde lo había visto entrar, y las crucé todas sin pararme.
Fiel estaba detrás de una verja alta, atado con una cuerda gruesa.
Lo llamé, pero él me miraba triste, con la cabeza entre las patas, movía la cola, intentaba ladrar, pero la voz le fallaba.
Lo había vendido. Él creyó que era un juego, y después supo que lo había engañado.
En ese momento salió el dueño nuevo y chistó con seriedad a Fiel. Él metió el rabo entre las patas, y ahí supe que aquello no tenía vuelta atrás.
Ya de noche, en la estación, ayudando otra vez a cargar y descargar, conseguí reunir el dinero que necesitaba. Me daba miedo, pero fui hasta el portón y llamé. El hombre salió:
A ver, chico, ¿qué se te ha perdido ahora?
Por favor, señor, he cambiado de idea. le devolví los euros exactos por Fiel.
Me miró con los ojos entrecerrados, cogió el dinero sin hablar y desató a Fiel.
Anda, chaval, llévatelo. Está tristón, aquí no va a servir de guardián. Pero escúchame, quizás no te perdone nunca.
Fiel me miró sin alegría.
Aquel juego se volvió una prueba.
Pero se acercó finalmente, me lamió la mano y me empujó con el hocico en la barriga.
De aquello han pasado muchos años, pero entendí que jamás, ni en broma, se vende a un amigo.
Y mi madre, por fin, se alegró:
Ayer estaba tan cansada que ni pensé, pero luego me pregunté dónde estaría nuestro perro. Me he acostumbrado, es de la familia, Fiel.
Mi tío Jesús apenas vuelve a casa desde entonces; sus bromas dejaron de hacernos gracia.







