Rocío, ¿te has quedado muda o qué? Escucha, ya hemos comprado los billetes, el tren llega a Atocha el sábado a las seis de la mañana. Espabila y recógenos, no te quedes dormida que vamos cargados con las maletas, y Lola con los niños, ya ves cómo están los taxis, carísimos. Tú tienes coche grande, cabemos todos la voz de la tía Matilde retumbaba en el móvil de Rocío como una banda de música castrense, ahogando hasta el rumor del agua de la bañera que acababa de llenar.
Rocío quedó quieta, móvil pegado bajo la barbilla, parada en la entrada reluciente de su flamante piso, aún oliendo a pintura fresca y nuevo. Apenas hacía un mes que había cogido las llaves. Hipoteca a veinte años, tres años de apretarse el cinturón hasta negar una caña o un vestido, medio año de obras, aprendiendo a alisar paredes y saber más de suelos laminados que ningún encargado. Ese era su refugio: su paraíso blanco inmaculado, perfectamente ordenado, sin mota de polvo, donde quería pasar el primer fin de semana sola, saboreando el silencio y las vistas desde la cristalera.
Esperad, tía Matilde consiguió por fin articular Rocío, cortando el grifo y yendo a la cocina donde una taza de infusión se enfriaba sobre la encimera. ¿Qué tren? ¿De qué billetes me estás hablando? Yo no he invitado a nadie.
Al otro lado, un silencio tan denso que daba vértigo. Después, ese suspiro largo que anunciaba tempestad.
¿Cómo que “no has invitado”? ¡Pero Rocío, hija, tú estás bien? Que tenemos celebración, el setenta de tu tío Julián, que vive en tu ciudad, ¿ya no te acuerdas? Vamos todos. Y oye, gastar en hotel teniendo sobrina en un pisazo, ni hablar. Tu madre dice que estrenaste piso de tres dormitorios. Mira, venimos: tu tío, yo, Lola con su marido y los mellizos. Solo somos seis. Nos apañamos en el suelo, colchonetas llevamos nosotros, mujer, no te preocupes, somos de campo.
Rocío se dejó caer en el taburete de la isla, sintiendo latirle las sienes. Seis personas. Tía Matilde, con sus órdenes y sus ronquidos. El tío Julián, de vino largo y cigarrillo corto en el balcón (que es parte del salón y donde reposa su sillón caro). Lola, la prima, tolerante con las diabluras de sus mellizos huracanes, que saltan sobre muebles y pintan paredes. Y el marido, siempre taciturno, con más hambre que conversación.
Tía Matilde dijo Rocío, contemplando su cocina color marfil. No puedo alojaros. El piso aún está medio vacío, sin amueblar. No hay sitio para dormir. Además, necesito trabajar el fin de semana, tengo que entregar un informe.
¡No digas tonterías! saltó la tía. ¡Informe ni informe! ¡Sábado y domingo son para estar en familia! Y por los colchones, nada, que llevamos los nuestros. ¿A tu propia tía la vas a dejar en la calle? ¿Ya no recuerdas la muñeca flamenca que te regalé cuando cumpliste cinco años?
La dichosa muñeca, siempre enarbolada para manipular: rota y de saldo, pero elevada a reliquia familiar.
Tía Matilde, lo entiendo, pero no. El piso es nuevo y todavía no puedo recibir a nadie, menos a tantos. Ni siquiera os pilla cerca del tío Julián, desde aquí son más de una hora en metro. Os busco un piso turístico al lado y os mando enlaces si queréis.
¡Será posible! graznó Matilde hasta volverse chillido. ¿Enlaces? ¿Y ésta de qué va? Ahora que tiene piso, ya no sabe ni quién somos ¿De qué sirve la familia entonces? Si no fuera por nosotros, tú ni
Tía, basta la cortó Rocío, notando un frío seco crecerle por dentro. No es orgullo, simplemente no puedo. No vengáis esperando dormir aquí, no os abriré la puerta.
Colgó. Las manos le temblaban. Sabía que esto solo era el principio. Pronto llegaría la artillería pesada.
Efectivamente, diez minutos después, llamó su madre.
¿Pero tú eres consciente de lo que has hecho, Rocío? sin saludar siquiera. Matilde me ha llamado llorando, le ha subido la tensión, tomándose valeriana. ¿Va en serio lo que le has dicho?
Mamá, no la he echado, ni mucho menos. Simplemente dije que no puedo meter a seis personas en un piso acabado de estrenar, con paredes claras, suelo de madera caro. ¿Te acuerdas de los niños de Lola? La última vez pintaron el gato con rotulador y tiraron la tele en casa de la abuela. Y ella riendo: ay, exploran el mundo. Yo no quiero que exploren mi casa.
¡Pero si es familia! cuasi le rezaba su madre, como si hablara con una cría testaruda Dos días, hija, dos. Retiras los jarrones, pones plástico, y ya está. ¿Prefieres eso a que todo el barrio sepa que les diste con la puerta en las narices? Me va a dar vergüenza mirarles a la cara.
Mamá, vergüenza me daría a mí luego al ver las paredes. ¿Debo sacrificar lo mío para que Matilde ahorre cien euros de hotel en Madrid? Tienen dinero para el AVE y el regalo, que se paguen un alojamiento.
Qué egoísta te has vuelto suspiró su madre amarga. Igual que tu padre, siempre a lo suyo. Así acabarás sola entre esas paredes blancas y nadie te mirará ni para darte un vaso de agua.
Prefiero servírmelo yo, antes que limpiar después el desastre del amor familiar rezongó Rocío y apagó el móvil.
El resto de la semana vivió en guardia. Nadie llamaba. Ni tía Matilde ni Lola ni mensajes cargados. Rocío quiso pensar que habían recapacitado, o desistido del viaje. Se relajó, orgullosa de haber puesto límites. No, es no.
El sábado amaneció idílico: durmió a pierna suelta, preparó café, se ceñió su batín de seda y bajó al salón. Luz inundando la estancia, reflejos en el jarrón de cristal. Paz. Silencio. Planeaba leer, pedir un sushi y acabar el día en la bañera.
El timbre del portero automático sonó a las nueve: seco, insistente.
Rocío se sobresaltó, casi derramando café sobre la alfombra beige. El corazón se le volcó. Al mirar la cámara, lo temió: maletas enormes, cara roja y sudada de Matilde, tío Julián con gorra, los niños ya aporreando todos los botones.
¡Rocío, abre! ¡Sorpresa! gritó Matilde a la cámara al ver el testigo encendido. Venimos del tren, muertas de calor, déjanos al menos ir al baño.
Rocío se apoyó en la pared. Vinieron, pese a todo. Iban a forzar la situación, a verla la cara para que no se atreviera a rechazarles. De manual.
Inspiró hondo, contó hasta cinco y respondió.
Holá. Os pedí que no vinierais aquí.
¡Déjate de cuentos! espantó la tía, como a un mosquito. Un cabreo lo tiene cualquiera. Pero somos familia. Abre ya, que los niños no aguantan más el pis. No seas cruela, no vamos a quedarnos en la puerta.
Hay un bar en el portal, tienen baño público dijo Rocío serena. Pero yo no abro.
¿Pero tú eres consciente? Matilde llegó a aplastar la nariz contra la cámara. ¡Venimos cargados! ¡Tu madre ya sabe que estamos aquí! Ábrenos o armo un escándalo en todo el bloque.
Haced lo que creáis, contestó Rocío. Pero os avisé, os pasé hoteles por mensaje. Buen día.
Colgó y silenciando el portero.
A los dos minutos, alguien entraba o salía y les abrió el portal: timbrazos, martilleo en la puerta del piso.
¡Rocío! ¡Abre ahora mismo! ¡No tienes vergüenza! la voz de Lola, desesperada. ¡Mis niños están agotados! ¡Pero cómo se te ocurre!
¡Ábreme, desagradecida! bramó el tío Julián. Venimos con embutidos, vino
Rocío recortada en la entrada, abrazada a sí misma. Aterrorizada, avergonzada, furiosa. Un instante, el impulso de ceder por el escándalo. ¿Y si los vecinos? Pero visualizó el suelo claro, las huellas, las maletas rozando las paredes, la mezcla de perfume barato y resaca, la casa profanada. No.
Se acercó a la puerta y declaró alta y clara:
Llamo a la policía. Si no os vais ahora mismo, denuncio intento de allanamiento.
Un segundo de silencio.
¡Que me vas a matar del disgusto! rompió Matilde en llanto. ¿A tu tía denunciar, tú? ¡Ojalá se te caiga la lengua, ingrata!
Empiezo a contar: uno dijo Rocío sacando el móvil.
Mamá, está loca ¡vámonos! oyeron de Lola, ya menos intensa. Nos va a meter en un lío.
Dos.
¡A hacer puñetas! gruñó Julián, sonando una patada en la puerta. ¡Atrágantate con tu piso! ¡Que te pudras sola!
Tres.
Ruidos, maletas, un azote, llantos de críos.
¡Vámonos! siseó Matilde. ¡Por mí, que no me vuelva a ver el pelo! ¡Contaré a todo el mundo la joya que tienes por sobrina!
Los pasos se alejaron escaleras abajo. Rocío escuchó, temblorosa, hasta que todo volvió a la calma.
Resbaló contra la pared, hasta el cálido suelo de gres, y se cubrió la cara. Lloró, no por ellos, sino por la tensión terrible. Pero lo había logrado. Su territorio estaba salvaguardado.
El móvil, abandonado en la sala, volvía a sonar: madre, tía Matilde, números desconocidosel bombardeo mediático familiar en plena ofensiva.
Lo apagó completamente.
Se sirvió un vaso de agua en la cocina, contempló por la ventana cómo cargaban bultos en un taxi, señalando su piso con aspavientos.
Recordó la vez que, estudiante de veinte años, llegó a Alcalá de Henares a hacer prácticas. Pedía cama a aquella misma tía Matilde. Cariño, estamos de obras, con polvo y lío, y encima Lola está con el novio, no te vendría bien, guapa. Ya te buscas la vida. Rocío terminó tres noches en un banco de la estación, hasta encontrar habitación de criada en casa de una anciana.
Entonces, la sangre no tiraba tanto Ahora, con pisazo, la sangre hierve.
Nunca más murmuró Rocío.
Puso música suave, preparó café y se acurrucó en su sillón. Día estropeado, pero piso intacto.
Esa tarde, al reconectar el móvil, llegaron los misiles.
Ya no eres hija, ni hermana, ni sobrinaescribía Matilde.
¿Cómo pudiste hacer esto a mamá, el corazón se le sale del pecho?Lola.
Me avergüenzo de haberte paridoese mensaje de su madre la atravesó.
Rocío miró las letras largo rato. Tentada de explicarlo todo: la estación, el rechazo, su derecho al espacio. Pero entendió que no cambiaría nada. Para ellos era solo un recurso rebelde.
A su madre le escribió solo: Te quiero. Pero soy adulta. Este es mi hogar y tengo mis normas. Si un día quieres venir sola, avísame. Pero con chantajes, no. Hace cinco años, Matilde me cerró la puerta en otra ciudad. Hoy solo devuelvo el favor.
No hubo respuesta.
Pasaron las semanas. Rocío seguía en su burbuja blanca. Los vecinos, curiosos, no dijeron nada: los alaridos de Matilde causaban impresión, sí, pero la comunidad madrileña es discreta. Una vecina joven, paseando a su galgo, musitó: Feliz estreno Firme la puerta, ¿eh?
Al mes, llamó su madre. Voz seca, sin drama. Preguntó por el trabajo, la hipoteca. Ni una mención a Matilde. Rocío tampoco la nombró.
El clan familiar se evaporó. No la invitaron a fiestas ni salía en los chats. Pero Rocío comprobó que, en el fondo, nada importante perdió: ni compras de tonterías pausiles para primos inútiles, ni los insidiosos tienes que casarte y parir, ni los cotilleos sobre su nómina.
Pasados seis meses, cerca de Navidad, sonó el timbre. Rocío miró por la mirilla: Lola, sola, ojerosa y con el rímel corrido.
Rocío abrió.
Hola susurró Lola. ¿Puedo pasar?
Rocío dudó, luego se apartó.
Pasa. Y deja los zapatos ahí.
Lola entró en la cocina, se sentó en el taburete.
Me he ido de casa soltó entre lágrimas. Él bebía, me pegaba Los niños, con mamá, y yo No tengo dónde ir. Mamá me culpa: aguanta, los niños necesitan padre. Matilde igual: hay que soportar, mujer. Pero no puedo más.
Levantó los ojos, húmedos.
Rocío, ¿puedo quedarme? Un par de días. Estoy buscando trabajo, me iré pronto. No molesto, duermo en el suelo.
Rocío la observó: recordaba a Lola medio año antes, bramando por el videoportero ¡No tienes vergüenza!. Ahora solo veía a una mujer destrozada, pidiendo ayuda.
No en el suelo suspiró Rocío. El sofá del salón es cama.
Lola parpadeó, incrédula.
¿De verdad me dejas entrar después de todo aquello?
Sí. Pero con normas. Rocío sirvió té. Primera: sin niños aquí, no es casa para ellos. Segunda: solo una semana. Te ayudo con la inmobiliaria. Tercera: nada de consejos ni cotilleos con Matilde. Si te pillo, te echo.
Gracias De verdad. Te envidiábamos. Compraste piso, hiciste tu vida, y nosotras Somos unas necias.
La envidia destroza, sentenció Rocío. Bebe té, te preparo la cama.
Lola estuvo cinco días. Invisible, recogiendo y agradeciendo. Encontró pronto habitación y se marchó.
Ese fue el punto de inflexión. Lola, al probar otra vidatranquila y respetuosase animó a divorciarse, trabajar y romper lazos tóxicos. Empezaron a llamarse, a ir al cine.
Matilde nunca perdonó. Pero Rocío comprendió, sola al atardecer en su sofá con un Ribera del Duero y las luces de Madrid titilando enfrente, que mi casa es mi castillo no es solo un dicho. Es supervivencia. Y para que el castillo sea casa, hay que saber cuándo no bajar el puente levadizo, aunque al otro lado te llamen por tu propio apellido.







