Life Lessons
Un banco para dos La nieve ya se había derretido, pero la tierra del parque seguía oscura y húmeda, y sobre los senderos quedaban finos surcos de arena. Nadezhda Semyónovna caminaba despacio, sujetando la bolsa de la compra, mirando al suelo. Llevaba tiempo acostumbrada a fijarse en cada bache, cada piedra, no por precaución natural, sino porque el miedo a caer se le había instalado en el pecho tras romperse un brazo hace tres años, y no tenía intención de marcharse. Vivía sola en un piso de dos habitaciones, en el bajo, donde en otros tiempos resonaban voces, olores a comida, portazos. Ahora, silencio. El televisor murmuraba de fondo, pero a menudo se sorprendía mirando el telediario sin oír nada, solo leyendo los titulares. Su hijo llamaba por videollamada los domingos, a toda prisa, pero llamaba. Su nieto saludaba por la pantalla, le enseñaba juguetes. A ella le alegraba, pero al colgar sentía cómo la casa volvía a llenarse de aire inmóvil. Tenía rutina. Por la mañana: gimnasia, pastillas, gachas. Luego paseo corto hasta el parque y vuelta, “para que no se me apolille la sangre”, según la doctora. A mediodía: cocinar, noticias, a veces crucigrama. Por la tarde: serie y punto de media. No era nada especial, pero, como le decía a la vecina de rellano, el orden la mantenía en forma. Hoy el viento era duro, pero seco. Nadezhda Semyónovna llegó a su banco de siempre junto al parque infantil y se sentó con cuidado en el borde. Dejó la bolsa a un lado, comprobando la cremallera. Un par de niños jugaban a su lado, sus madres conversaban. Decidió: un rato allí y para casa. En el extremo opuesto del parque, Stepan Petrovich caminaba despacio hasta la parada. También él solía contar los pasos. Al kiosco: setenta y tres. Al ambulatorio: ciento veinte. Hasta esta parada: noventa y cinco. Le era más fácil contar que pensar que en casa no le esperaba nadie. Había trabajado de mecánico en la fábrica, viajado por negocios, discutido con encargados, reído con los compañeros. Ahora, la fábrica cerrada, los amigos menos presentes. Unos se fueron con sus hijos, otros ya en el cementerio. Su hijo vivía lejos, venía una vez al año, siempre de prisa. Su hija en otro barrio, dos hijos y una hipoteca. Él se decía que no les guardaba rencor. Pero a veces, de noche, mientras las tuberías suspiraban y la oscuridad llenaba la ventana, aguzaba el oído esperando el chirrido de la cerradura. Hoy salió a por pan y a la farmacia. Tenía en el bolsillo la nota con la lista. Los dedos le temblaron un poco al sacarla. Al llegar a la parada, el autobús acababa de irse. Sentada en el banco, una mujer de abrigo gris claro y gorro azul de lana. Miraba al parque, no a la carretera. Dudó. Le dolía la espalda, prefería sentarse, pero siempre temía incomodar a desconocidas. El viento era cruel; se decidió. —¿Le importa si me siento? —preguntó, inclinándose un poco. Ella le miró, ojos claros, arrugas en la comisura. —Por supuesto, siéntese —respondió, apartando la bolsa un poco. Él ocupó con cuidado su lugar. Silencio. Un coche pasó dejando olor a gasolina. —Los autobuses, como les da la gana, ¿eh? —dijo él, para romper el hielo—. Te giras, ya no están. —Ya —asintió ella—. Ayer media hora esperando. Menos mal que no llovía. La miró bien. No le sonaba, pero en el barrio había mucha gente nueva. —¿Vive por aquí cerquita? —preguntó. —Ahí, cruzando la calle. Primer portal, junto al súper. ¿Y usted? —Detrás del parque, en la torre—respondió él—. También cerca. Pausa. Nadezhda Semyónovna pensó que hablar en la parada era habitual: dos frases, adiós, olvidado. Pero el hombre parecía cansado, algo desorientado, aunque mantenía la postura. —¿A la consulta, eh? —preguntó señalando su bolsa con el logo de la farmacia. —Sí, fui por pastillas —alzó la bolsa—. Ando con la tensión. ¿Usted? —A por unas cosas al súper. Y por andar, que si no una se apolilla en casa. Pero al decir “en casa”, algo le pinchó en el pecho. “En casa” sonaba a hueco. El autobús dobló la esquina. Todos se pusieron de pie. Él dudó. —Por cierto, soy Stepan, Petrovich. —Nadezhda Semyónovna —ella también se levantó—. Un placer. Al subir, el flujo de gente los separó. Cruzaron miradas entre cabezas de pasajeros y se saludaron con un gesto. A los pocos días se reencontraron en el parque. Él apoyado ahora en un bastón —antes no llevaba—, por precaución. —Vecina de parada —saludó él, sonriendo—. ¿Me deja sitio? —Claro —respondió ella, más contenta de lo que esperaba. Él se sentó, dejando el bastón entre ambos. —Se está bien aquí —dijo, mirando a su alrededor—. Árboles, niños. No como en casa; allí las paredes pesan. —¿Vive solo? —preguntó ella, sintiéndolo oportuno. —Solo —asintió—. Mi mujer murió hace siete años. Los hijos en lo suyo. ¿Y usted? —También sola —respondió—. Mi marido murió hace tiempo. El hijo vive fuera, llama, pero… Se encogió de hombros. Él asintió. —Las llamadas están bien —dijo él—. Pero por la noche, el teléfono calla. Esas palabras, sencillas, la reconfortaron. Hablaron un poco, del tiempo, los precios, que otra vez cambiaron de médico. Al día siguiente, de nuevo coincidieron en el parque. Y así empezaron a verse regularmente: primero en la parada y el parque, luego junto al supermercado, luego en la consulta. Nadezhda se encontraba acomodando sus rutinas para coincidir con él. No lo admitía ni a sí misma. Iban juntos al ambulatorio, comentaban análisis, maldecían las citas electrónicas. —Eso tiene que hacerlo por la web —explicaba una chica de recepción—. Con internet. —Internet, dice, si tengo un móvil antiguo a patadas —protestaba Nadezhda al salir. Stepan escuchaba y resoplaba. —Le ayudo si quiere—sugirió él un día—. Mis hijos me dejaron una tableta vieja; ahí va eso. Salimos del agujero juntos. Al principio ella lo negó. Acabó aceptando. Sentados fuera del ambulatorio, él buscaba el apartado, a veces pulsaba mal y refunfuñaba. Ella reía, y su risa sonaba limpia. —¿Ve? —decía al final él—. Se puede elegir médico y hora. Solo hay que acordarse del pin. —Eso me lo apunto yo —aseguraba ella. Otras veces, ella le ayudaba a desentrañar facturas: él traía un puñado de papeles, ella ordenaba. —Antes era fácil—decía él—. Ibas, pagabas, hecho. Ahora, códigos raros, terminales… Libertad para perderse. —A ver —decía ella, práctica—. Esto es de la luz, esto el agua. No se mezcle. Tomaban té en la cocina. Ella sacaba mermelada, él rosquillas. Hablaban, discutían. —No tiene que pagarme esto —decía él un día, reacio a que ella operase el cajero—. Me apaño solo. —No lo pago por usted —replicaba—. Usted da el dinero, yo lo hago más fácil. No sea cabezota. Él se ruborizaba, pero consentía. A veces discutían, no fuerte, pero sí con desazón. Una vez, volviendo del supermercado, hablaron de los hijos. —Mi hijo me dice —contó Stepan—: “Vende el piso, vente con nosotros, ¿para qué solo?”. ¿Y qué? ¿Voy a vivir en el sofá? Allí van apretados y aquí tengo lo mío. —El mío igual —dijo ella—. “Mamá, vente, tendrás habitación”. Casa grande. Pero me da cosa. Aquí tengo la tumba de mi marido, amigas… aunque a veces lo pienso. —Allí no les haría falta —suspiró él—. Ellos trabajan, los nietos con deberes… He visto muchas historias así. —¿Y aquí a quién le hago falta? —preguntó ella. Él calló. Aquello de “aquí” le tocó, pensó que iba por él. Se encendió. —Bueno, perdón —gruñó—. Yo pensaba que éramos ya… No acabó la frase. “Amigos” le parecía demasiado. —No lo digo por usted —aclaró ella, suave—. Lo digo en general. Si me fuera, se acabaría todo aquí. Da miedo. Él asintió, y lo que quedaba de camino fueron en silencio. Esa noche él dio vueltas en la cama, pensando que había estropeado todo. No se vieron en días. El tiempo empeoró, nieve húmeda. Ella salía igual, pero no coincidía con él. Intentó no pensar, convencerse de que era un catarro o cualquier recado, pero la inquietud persistía. Al cuarto día, en el buzón, halló un papel: “Para Nadezhda, estoy en el hospital. Stepan P.” Ni dirección ni habitación. Solo eso. Le temblaron las manos. En casa, releyó el papel sentada. ¿Qué había pasado? ¿Infarto? ¿Quién le ayudaría? ¿Por qué nadie llamaba? Recordó que mencionó una vez el área de cardiología del hospital del distrito. Buscó su cuaderno, halló el número de información y llamó. Tras insistir y varios traslados, le dieron número de habitación y franja para visitas. No le gustaban los hospitales, pero a la primera hora del día siguiente, ya llamaba al timbre. Llevaba manzanas y galletas. Dudó si se había pasado. Tal vez no podía tomar dulce. La habitación era de tres. Él estaba en el centro, leyendo. Al verla, primero perplejo y luego aliviado. —Nadezhda Semyónovna —dejó el diario—. ¿Cómo me encontró? —Por el hilo—respondió—. ¿Qué pasó? —El corazón —suspiró—. De noche. Me llevaron en ambulancia. Aquí estaré unos días. Ella lo examinó con atención. Pálido, ojeroso, pero chispa en los ojos. —¿Tus hijos? —preguntó. —Vino mi hija, me trajo sopa. Al hijo no quiero alarmarle. Calló un rato. —Mi hija preguntó por usted. Que quién era esa mujer del papelito. Le dije que una vecina que me ayuda. A ella le escoció esa definición tan seca. Se sentó. —Bueno, la verdad es que soy vecina, y echo una mano. Él, avergonzado, rectificó. —No lo dije así porque lo pensara. Pero si digo que es amiga, empieza con “Papá, no tienes dieciocho años”. Se creen que estamos locos. —Y aun no teniéndolos —rió ella— seguimos siendo personas. Hubo un silencio. El vecino fingía dormir. —He estado pensando aquí tumbado. No temo a la muerte. Me da más miedo que me lleven así y nadie lo note, sin avisar. Los hijos en lo suyo… Pero pensé: por lo menos usted sabrá dónde estoy. Ella miró al alféizar, a una maceta reseca. —Yo también tengo miedo; pero hago como que no. Hasta que me acuesto y repaso las pastillas que me quedan. Qué gracia, ¿no? —No tiene gracia —dijo él—. Yo igual. Se miraron y sonrieron, aliviados. Entró la hija de él, media edad, aire familiar. —Papá, te traje sopa. ¿Y esta señora? —Nadezhda Semyónovna —escuetamente él—. Una… buena amiga. Me ayuda con recados. —Gracias, de veras. Pero no lo cargue todo usted —le dijo la hija—. Si pasa algo, avíseme. —No lo cargaré, tranquila —respondió ella—. Si puedo, ayudo. Stepan estuvo internado dos semanas. Ella iba día sí, día no. Fruta, letra clara, periódicos. Charlas, recuerdos de juventud: la fábrica, el colegio, las casas de campo ya vendidas. La hija de él se acostumbró a verla allí. Un día le dijo: —Gracias. Yo trabajo, no siempre puedo venir. Me alegra que papá tenga compañía. —No le quite la vida a nadie—contestó ella, tranquila—. Si puedo ayudar, ayudo. Le dieron el alta a fin de abril. El médico le mandó pasear, no alterarse, medicarse con rigor. La hija lo recogió, le ayudó en casa. Pese al cansancio, él fue directo, al día siguiente, al parque. Ella aguardaba ya en el banco. Al verlo, se levantó. —¿Qué tal está? —Vivo, que ya es mucho. Se sentaron. Pequeño silencio. Él habló: —¿Sabe qué pensé en el hospital? Que no quiero ser carga para usted. Me alegra que viniera, pero también me da apuro. Si le desvié de sus cosas… —¿Qué cosas? —suspiró ella—. Comprar, médico, tele. No exagere. —Aún así —insistió él—, no quiero que crea que tiene que cuidarme como a un niño. Ella lo miró. —¿Y cree que yo quiero ser carga? Todos tememos eso. Pero sabe, entendí una cosa: uno puede quedarse temiendo estorbar. O pactar. No prometer imposibles, solo… estar, dentro de lo que se pueda. Él meditó. —¿Cómo así? —Mire: usted no me llama de noche solo porque le apetece hablar. No soy el SAMUR. Pero si le da miedo ir al médico, sí. Si son papeles, venga. Si es pereza de ir al súper, vaya solo. Yo no soy recadera. Él se rió. —Tajante. —Sincera. Vale al revés. Si me encuentro mal, le aviso. Pero no le pido dejarlo todo. Tiene hijos, nietos. Respeto eso, y respete usted lo mío. Él asintió. Aquello le daba una extraña paz. No hacer teatro de héroe ni de víctima. —Pues trato hecho —dijo—. Nos ayudamos, sin fingir ser enfermero y enfermera. —Eso es —sonrió ella. Desde entonces, la amistad se serenó. Seguían viéndose en el parque, iban juntos a consulta, tomaban té de vez en cuando. Pero cada cual sabía su sitio. Si a ella le fallaba el grifo, lo llamaba. —¿Puede mirar, por favor? —pedía ella—. No quiero inundar la cocina. —Lo miro, pero si es grave, llamamos al fontanero —reconocía él—. Ya no estoy para arrodillarme mucho. Supervisó el grifo y llamó al especialista. Esperando, tomaron té, él evocó su destreza mecánica pasada, ahora limitada por los años. Ella pensó que la vejez no solo es achaques, sino saber cuándo pedir ayuda. A veces iban juntos al mercado: bullicio, gritos, gangas. Él regateaba patatas, ella elegía pollo. Al volver, se quejaban de los precios, pero sabían que la excursión daba sentido al día. Los hijos lo vivían a su modo. El hijo de ella, un día: —Mamá, nombras mucho a Stepan Petrovich. ¿Quién es? —Un vecino. Paseamos, me ayuda con la tablet, yo con sus papeles. —Tú mucho ojo. No se le deja dinero ni papeles a nadie, ¿eh? —No soy una niña —respondió ella. La hija de él a veces: —No te fíes, papá. Ella no es enfermera, a saber qué quiere. —Tenemos un acuerdo —replicaba él. —¿Qué acuerdo? —Uno de viejos —bromeaba. Llegó el verano casi sin sentir. En el parque, las hojas cubrían los bancos de costumbre. Jóvenes madres, estudiantes, y jubilados. Pero su banco era casi propio, fijo. Se sentaban en los mismos sitios, como si así el mundo fuera menos arbitrario. Una tarde, mirando cómo los chicos jugaban al balón, el aire fresco y olor a hierba, él apoyó el bastón. —Antes pensaba —dijo, sin mirar— que la vejez era el final de todo: trabajo, amigos, amor, intereses. Solo pastillas y tele. Pero ahora veo que algo puede surgir. No como antes, pero a su modo. —¿Habla de nosotros? —sonrió ella. —Sí, también. No sé cómo llamarlo: amistad, compañía, ser pareja en colas… Pero con usted no me siento tan solo. Ella miró sus manos, y después las propias, tan parecidas. —A mí también me pasa. Antes, al acostarme, decía: si mañana no amanezco, ¿quién lo notará? Ahora sé que al menos alguien se extrañará si no acudo al parque. Él rió bajo. —No sólo me extrañaré, levantaré todo el bloque. —Eso está bien —respondió ella. Sentados aún un tiempo, luego caminaron juntos, despacio, cada uno por su lado del sendero. Al cruce, se detuvieron. —¿Mañana al médico? —preguntó él. —Sí, análisis de sangre. ¿Viene conmigo? —Hasta la puerta, sólo. Si no, le agoto la sangre con mis charlas. Ella rió. —Hecho. Se despidieron y cada uno fue a su portal. Nadezhda subió, abrió, entró en su piso silencioso. Dejó la bolsa, fue a la cocina, puso la tetera. Se asomó a la ventana. Abajo, Stepan bregaba con la llave. Sintiendo la mirada, alzó la vista y saludó con la mano. Ella respondió. La tetera silbó, preparó el té, cortó pan, se sentó. En la silla de enfrente estaba su chal; apoyó la mano en él y sintió que la soledad ahora era otra: menos absoluta. Allí, al otro lado del patio, en otro piso, alguien iría mañana con ella al centro de salud, se sentaría con ella, se quejaría de los médicos y le preguntaría cómo estaba. La idea de que la vejez no se va no desapareció: los huesos duelen, las pastillas siguen, los precios suben. Pero ahora, entre todo eso, había un pequeño apoyo. No un milagro. Solo un banco más en la vida, donde sentarse juntos, respirar y luego seguir cada uno su paso, pero cerca.
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Banco para dos Ya se había derretido la nieve, pero la tierra en el parque seguía oscura y húmeda, y en los caminos quedaban todavía unas finas hileras de arena.
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חייתי עם אשתי 34 שנים, אבל היום התאהבתי באישה אחרת – אני בן 65, אשתי בת 62, ויש לנו בן נשוי ובני משפחה. מאז שיצאנו לפנסיה ועברנו לבית קטן בכפר, התרחקנו לגמרי זה מזו. אשתי לא הסתדרה במקום החדש ואני חזרתי לבדי לכפר, שם פגשתי אישה אחרת שהתאהבתי בה. עכשיו אני מתלבט אם להתגרש – אני פוחד מהתגובה של בננו ומסתיר את הקשר החדש מאשתי. מה עליי לעשות במצב כזה?
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שמי הוא אדם. אני בן 65. אני נשוי, אבל בגילי המתקדם התאהבתי באישה אחרת. אשתי בת 62. לנו בן בוגר שכבר נשוי וגם להם יש ילדים משלהם. לאחר שבננו בגר, עזב ובנה
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Cuando subí al avión rumbo a Roma con mi mujer, descubrí que nuestros asientos estaban ocupados por una madre española y su hijo: así resolvimos el conflicto sin perder la calma gracias a la ayuda del auxiliar de vuelo
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Diario, Hoy ha sido un día curioso, digno de ser contado. Nada más subirme al avión rumbo a Madrid, donde mi esposa y yo queríamos visitar a la familia
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איך אמא כזו יכולה ללכת על פני האדמה?! שלחה את הבן שלה לבית ילדים כי לא רצתה לטפל בו — והילד רק בן 4
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אי אפשר להבין איך יש אמהות כאלו! היא שלחה את הילד שלה לבית ילדים כי לא רצתה לטפל בו, והילד בסך הכול בן ארבע. יש לי חברה אחת, קוראים לה מיכל.
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Estás aprovechándote de la abuela: Ella cuida de tu hijo sin rechistar, pero ni siquiera acepta a la mía los fines de semana A veces la vida nos pone ante situaciones en las que hay que buscar soluciones rápidas. Justo eso le pasó a Laura. Mi hijo tiene ya cuatro años. No cabe duda de que es perfecto para mí. No puedo decir que sea un ángel, pero tampoco conozco niños intachables. Todos son un poco trastos. Ahora estoy esperando mi segundo hijo. Y ahí está el dilema. Cuando fui a mi próxima revisión ginecológica, me derivaron al hospital. Había motivos para preocuparse, y no podía esperar. Así que había que decidir quién se haría cargo de mi hijo. Mi marido estaba de viaje de negocios, y no volvería en diez días. Mis padres, también trabajando. No había más familia disponible. Mi abuela decidió ayudar. Dijo que se encargaría de mi hijo hasta que me dieran el alta. No tenía claro si podría con ello; tiene setenta años y mi hijo es un terremoto… así que nadie sabía. La decisión estaba tomada. Mis padres, que trabajan en la empresa privada, se ofrecieron a quedarse después de su jornada laboral con el nieto. Y durante el día, la abuela haría lo posible. Así lo organizamos. Pero yo seguía inquieta. Al fin y al cabo, se trataba de mi hijo. No tenía elección, así que llamaba a la abuela constantemente para saber cómo iban. Curiosamente, se entendieron muy bien. La semana pasó volando. Apenas llegué, mi marido tomó las riendas. Ya iba a recibir el alta cuando mi hermana llamó, furiosa. Su hija tiene dos años y, por más que intentó convencer a la abuela de cuidar de su niña, ella no quiso. Porque, según la abuela, la niña es demasiado pequeña. Mi hermana, casi de rodillas, le rogó que se quedara con su hija, pero ella se negó. ¡Has abusado de la abuela! – me dijo. Y yo le contesté: Estaba en una situación complicada. No podía meterme en el hospital con mi hijo. Te pedí ayuda a ti también y no accediste. Tú solo querías dejarle tu hija a la abuela para descansar y salir. ¿Sabes la diferencia? ¿Cómo puedes dejar a una niña tan pequeña con una mujer mayor? Llévala con sus padres. Pero ellos no quieren ocuparse, y yo tengo que hacerlo siempre. Creo que mi hermana se equivoca. Hay mucha diferencia entre un niño de 2 años y uno de 4. Si pudiera, yo tampoco dejaría a mi hijo con familiares. Pero mi hermana piensa que yo he engañado a la abuela.
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A veces, en la vida surgen situaciones en las que hay que encontrar una solución rápida a un problema inesperado. Así le ocurre ahora a Carmen.
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Mañana es el cumpleaños de mi suegra. Mi bebé tiene apenas cuatro meses y medio. Al principio, ella nos había invitado a pasar el día en su casa y habíamos
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הגיסה שלנו בחרה לבלות את הקיץ בנופש כשאנחנו עשינו שיפוץ – עכשיו היא דורשת לגור בנוחות בבית שרק אנחנו השקענו בו
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גיסתי בילתה את החופשה שלה בצימר יוקרתי בגליל, בזמן שאנחנו התעסקנו בשיפוץ הבית ששייך למשפחת בעלי, ועכשיו היא דורשת לגור בנוחות כמו מלכה. הצעתי לה שנשקיע
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Los niños vinieron a visitarnos y me llamaron mala ama de casa. Recuerdo que, en vísperas de mi cumpleaños, me dispuse a preparar los platos para la celebración.
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La lluvia golpeaba la ventana del piso con un ritmo constante, como un metrónomo que marcaba el tiempo hasta el final. Yo, Miguel García, me sentaba al
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Mi pareja se niega a cederle un piso heredado por su tía a nuestra hija mayor y prefiere venderlo para repartir el dinero entre los hijos, mientras yo insisto en que sería mejor que nuestra hija, ya universitaria, pudiera independizarse en el centro de la ciudad—¿quién tiene razón en este dilema familiar tan español?
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Diario de Ignacio, Madrid, 16 de abril Hoy he vuelto a darle vueltas a una discusión que llevo semanas arrastrando con Clara, mi mujer. Todo comenzó cuando