Recuerdo aquella noche como si acabara de suceder, aunque han pasado ya muchos años. Salía de la clase de pilates y vi que tenía siete llamadas perdidas de mi madre en el móvil. No era habitual, así que me preocupé. Luego leí un mensaje suyo: Llámame en cuanto puedas. Aunque ya eran casi las once, decidí devolverle la llamada, porque mi madre siempre ha sido de esas personas que se angustian mucho y pueden pasarse toda la noche en vela por alguna tontería. Me pidió que fuese a su casa, llorando, y me contó que había ocurrido algo grave: la boda quizá tendría que suspenderse.
Yo tengo una hermana menor, Beatriz, apenas veintitrés años, que por entonces ya era una joven diseñadora con mucho futuro. Había terminado la carrera en Madrid hacía poco más de un año y rápidamente encontró trabajo. Estudió diseño y hacía prácticas; en cuanto finalizó, la empresa donde se formaba la contrató sin dudarlo. Beatriz era además un ejemplo en cuanto a vida personal; al menos, lo era hasta esa noche.
Llevaba algo más de un año saliendo con Francisco, un chico tres años mayor. Él vivía solo, tenía un buen empleo y ahorraba para poder comprar su propio piso. A mi madre le caía muy bien el futuro yerno; era educado, discreto y respetuoso.
Entre ambos tramitaron todo en el Registro Civil de Madrid. La boda estaba prevista para apenas dos semanas después.
Beatriz recibió un mensaje de una desconocida en las redes sociales. No nos conocemos, pero sé mucho de ti y creo que deberías saberlo antes de casarte, fue el aviso. Al revisar el perfil, vio que la señora rondaba los cuarenta y tantos, y pensó que poco importante podría ofrecerle.
Pero la mujer insistió, y empezó a escribirle desde diferentes cuentas. Finalmente acordaron verse en una cafetería cerca del trabajo de Beatriz.
Mi madre, al enterarse, montó en cólera y le dijo que no debía acudir a ese tipo de encuentros. Aun así, Beatriz fue. Mientras esperaba, entró una mujer embarazada. Al principio ni pensó que podría ser ella, pero se sorprendió al ver que se acercaba directamente.
¿Eres Beatriz? preguntó la mujer, como si fueran amigas de toda la vida. Me llamo Emma y llevo más de un año saliendo con Francisco. En cuatro meses vamos a tener un niño.
Por supuesto, mi hermana no creyó ni una palabra. ¡Era imposible, una locura! Ella y Francisco llevaban juntos más de un año y justo estaban a punto de casarse. Emma no le insistió, solo se marchó, no sin dejarle su número por si alguna vez quería resolver dudas, y añadió que podía hablarlo directamente con Francisco.
Cuando Beatriz habló con él, empezó el verdadero drama. Ella había decidido no tener relaciones íntimas con Francisco hasta el matrimonio. Paseaban juntos, se besaban y acariciaban, pero eso era todo. Beatriz carecía de experiencia; nuestra madre siempre la crió sola, instruyéndola con libros y principios tradicionales. Me sorprendía la situación: Beatriz estudió en buenos colegios, tenía amigas y compañeros, siempre fue una chica alegre y espabilada. ¿Cómo podía haber sucedido esto?
A resultas, Francisco, que ya tenía experiencia, soportó la espera y decidió buscar alivio en una relación sin compromiso. Se cruzó en su camino Emma, a quien dejó claro desde el principio que no quería nada serio. Al principio, ella aceptó.
Emma recién se había separado de su esposo, tenía un hijo a quien le pagaban buena pensión y trabajaba. No tenía expectativas de futuro con Francisco, pues la diferencia de edad era considerable.
Francisco le dijo a Beatriz que si el niño era suyo, se haría cargo; que era culpa de ella misma por los valores tan antiguos que seguía. Es la naturaleza, decía, un joven necesita esas cosas. Me parecía surrealista. Francisco afirmó que ayudaría económicamente si el niño era suyo, pero no tenía intención de involucrarse. Emma decidió continuar con el embarazo. Él le ofreció dinero para una intervención, pero ella fue firme en su decisión.
Nadie podía creer que Emma hiciera esto. Ahora nadie sabe dónde dará a luz ni cómo seguirá. Francisco suplicaba a Beatriz que no rompiese la relación, argumentando que la quería de verdad; que Emma solo fue una solución temporal, y si Beatriz hubiera sido más moderna, Emma nunca habría existido en su vida.
Francisco insistió en que asumiría la responsabilidad económica si el niño era suyo, pero nada más. Emma seguiría adelante sola. Así quedó todo, un lío tremendo.
Hoy me pregunto: ¿fue culpa de Francisco? ¿O fue su juventud y necesidad la que le llevó por ese camino? ¿Debería Beatriz abandonar a un novio que muestra escaso compromiso, o es que la falta de intimidad no justifica semejante traición? La vida, en aquellos tiempos, parecía tan fácil, hasta que te enfrenta a situaciones que nunca hubieras imaginado.





