Mientras la peluquera me peina, mantenemos una conversación que resulta muy relevante para mí en este momento. Llevo tiempo pensando si debería enviar a mi hija a una escuela de música. Hay dos razones que me frenan: por un lado, la obligación de comprar un piano, y por otro, la responsabilidad de llevarla a clase y ayudarla en los estudios. Pero, al mismo tiempo, mi niña tiene un deseo profundo de tocar música.
Durante esta charla, la peluquera me cuenta su propio relato: Yo nací en una ciudad pequeña, en Castilla. Desde siempre tuve pasión por el canto y buscaba cualquier ocasión para practicar, ya fuese en coros, asociaciones culturales o incluso con los profesores de música del colegio. Me entregué totalmente al aprendizaje y logré aprender a tocar el piano. Sabía que la música era mi verdadera vocación. Quienes me escuchaban cantar reconocían mi talento sin dudarlo.
Sin embargo, en mi pueblo no existía una formación musical especializada. Recuerdo que, cuando tenía unos nueve años y aún estaba en primaria, llegó un grupo de personas a nuestra clase. Nos pidieron que aplaudiéramos y eligieron a algunos para cantar. Tres chicas, entre ellas yo, fuimos invitadas al salón de actos. Durante muchos días, íbamos por turnos a los instrumentos, tocábamos melodías que nos enseñaban, dábamos palmas y nos hacían adivinar las notas. Pasaron meses y casi olvidé esa experiencia. Pero un día, mi madre encontró en el buzón un sobre, con la palabra SOLICITUD escrita en letras rojas y gruesas. Yo era la única alumna del colegio que había sido aceptada en una prestigiosa escuela de música de Madrid.
La escuela asumía todos los gastos, no pedía ningún euro. Sin embargo, el traslado a la capital fue recibido con firme oposición por parte de mis padres. Lo rechazaron de plano, especialmente porque estaba relacionado con continuar mi carrera musical. Ambos trabajaban en una fábrica y se sentían muy orgullosos de su trabajo, considerándolo un empleo de verdad. Me aconsejaron dejar atrás mis fantasías y buscarme una ocupación estable. Durante un año, recibí invitaciones cada dos meses, pero luego dejaron de llegar. Fue entonces cuando sentí que algo se rompía dentro de mí. Mi pasión por el canto se apagó, y la idea de ir a la escuela perdió todo atractivo.
Sin embargo, a los catorce años apareció una luz de esperanza, cuando el director y compositor de una agrupación necesitaba una nueva cantante. Buscaba a una chica joven y, entre muchas candidatas, me eligió a mí. Sentí que las alas de la oportunidad volvían a desplegarse detrás de míno había perdido mi talento.
Por desgracia, solo asistí a dos o tres ensayos hasta que mis padres descubrieron la situación y me prohibieron seguir, argumentando que desconfiaban de las intenciones de aquel grupo. Esto marcó el final de mi búsqueda musical. Después dejé de estudiar música, me uní a un grupo de amigos y me entregué al tabaco y la bebida, algo que me parecía habitual en nuestro pueblo. Muchos de los que me rodeaban participaban en esas actividades. Apenas terminé tercero de la ESO cuando me admitieron en el instituto, pero mi vida continuó cuesta abajo.
Hasta hoy, cada una de aquellas invitaciones está guardada entre las páginas del álbum de recuerdos de mi madre. A menudo lo abre, las relee y las vuelve a guardar con cariño.





