La llamarada surgió de la nada, cayendo como una lengua de luz sobre el viejo pajar donde catorce robustos caballos andaluces dormitaban envueltos en sueños de prados infinitos. Macon, que en ese preciso momento merendaba en la casa blanca de tejas rojizas, oyó un rugido como de gigantes arrojando piedras en el Albaicín. Salió corriendo, boqueando el aire denso y absorto, y empezó a golpear con fuerza las puertas del establo, mientras alaridos de relinchos retumbaban por la Vega de Granada.
Su madre, Carmen Martín, recordaba después con voz temblorosa, como si hablara desde el fondo de otro sueño, Ni tu padre ni yo estaríamos aquí si no fuera por él. Las imágenes de su hijo lanzándose a través de los hilos llameantes le venían a la memoria como revuelos de las sábanas en días ventosos.
Mientras tanto, el terremoto que precedió el relámpago hizo vibrar los cristales y levantó una melodía extraña en las vajillas apiladas. Las casas de la colina, desde la Alhambra hasta las afueras, temblaron como si bailasen un fandango invisible. Sin embargo, como si la tierra quisiera sólo anunciarse y no dejar huella, no hubo heridos ni daños serios.
La ciudad de Granada no recordaba un terremoto así desde hace generaciones, ¿o tal vez nunca?, murmuró una portavoz de Protección Civil, Lucía Janer, con los ojos aún perdidos en el recuerdo de la sacudida.
Los gestos de Macon salvaron a los caballos de convertirse en cenizas flotantes. Lograron empujar a los animales hacia la luz pálida de la madrugada, mientras el humo dibujaba torres imposibles sobre los campos de olivos. El pajar, aunque marcado por el fuego, no fue pasto total de las llamas: una parte resistió, como resisten los patios en las casas antiguas cuando suenan los primeros acordes de una guitarra en la noche.





