Mi hermano me llamó para contarme que nuestros padres mayores estaban enfrentados, pero lo que más me sorprendió fue la solución que él proponía al problema.

Life Lessons

Ana tiene sesenta años. Tiene dos hijos y comparte piso con su marido en un pequeño piso de dos habitaciones en el centro de Valladolid. Pero hay que matizar: no vive realmente con su marido, sino que lleva años soportándole. Su carácter es insoportable; egocéntrico, orgulloso y de un temple frío como el mármol. Todo en la casa debe estar tal y como él impone. Por eso Ana ha aguantado tanto tiempo a su lado, sacrificando su paz y sus deseos.

Tienen dos hijos. Su hija, Lucía, lleva doce años casada. Lucía y su marido, Alejandro, pidieron una hipoteca y, por suerte, van pagando bien las cuotas. Cada paguita extra del trabajo se destina a seguir saldando esa deuda.

Ambos trabajan duro para no faltar a los pagosy aun así logran vestir bien a sus hijos y sacarlos adelante con esmero. El hermano de Lucía, Jorge, disfruta de una vida mucho más cómoda. Posee varios pisos por la ciudad y hasta una casa solariega a las afueras de Salamanca.

Un día, Jorge telefoneó a su hermana con voz impasiva para darle una noticia inesperada: Mamá y papá han decidido divorciarse, fue decisión de ella. Ya vendieron el piso y se han repartido el dinero. Le prometí a papá que me ocuparía de él. Te toca encargarte de mamá, Lucía.

¿Pero cómo dices eso? ¿Dónde va a vivir mamá? Sabes que sólo tenemos dos habitaciones y los críos, ¿dónde la meto?,balbuceó Lucía, llena de ansiedad.

¿Y eso me lo preguntas a mí? ¿Vas a dejar en la calle a tu madre?le contestó Jorge, tajante.

Alejandro tampoco estará de acuerdo, esto va a ser complicado,añadió Lucía, abatida.

Eso ya es asunto tuyo,zanjó Jorge antes de colgar.

Jorge ya le había cedido uno de sus pisos pequeños a su padre; ni lo pensó dos veces. Sin mucho donde elegir, Lucía decidió intentar conseguir una nueva hipoteca para su madre. Contra todo pronóstico, el banco se la concedió y puso el nuevo pisito a su nombre. Para la entrada usaron la parte de dinero que su madre sacó al vender el antiguo domicilio. Ahora, Lucía tenía que trabajar aún más para poder llegar a fin de mes entre sus propios pagos y los de su madre. Alejandro no termina de asumir la decisión de su esposa; a veces pasea por la casa con gesto amargo, murmurando que a ciertas edades, un divorcio no es de recibo, que toda la carga recae sobre los hijos. “No es justo”, repite en voz baja, como si rezongara contra la propia vida. ¿Y tú, qué piensas? ¿Tendrá razón Alejandro?

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