Te amaré por siempre.

Siempre te querré.

Marina llegó a duras penas a su portal, apoyándose en las paredes del edificio, como si fueran su único salvavidas. El mundo giraba tan deprisa a su alrededor que veía puntitos negros bailando ante sus ojos. Trasteaba con manos sudorosas en el bolso, buscando las llaves y, por si fuera poco, se maldecía por haber perdido los papeles en la consulta del médico. Pero, ¿cómo no perderlos?

La doctora Jiménez dejó las imágenes de la resonancia sobre la mesa y, con la serenidad imperturbable de quien ya lo ha visto todo, sentenció:

Marina García, el asunto es serio. Aneurisma. La pared del vaso sanguíneo está más fina que el papel de fumar. Imagínese un globo inflado a punto de estallar. Estrés, presión cualquiera puede pincharlo. Hay que operar lo antes posible. Esperar turno por la seguridad social eso es una ruleta rusa. No sabemos si le queda tiempo.

¿Y si la opero por privado? se le escapó a Marina, apretando el asa del bolso como si fuera la única cuerda que la sujetaba al mundo.

La doctora dejó caer la cifra como el que anuncia el Gordo de Navidad, sólo que para Marina sonó a sentencia de muerte. ¿De dónde iba a sacar ella ese dineral? Entre la miseria de la muerte de su madre, las deudas y ese miserable sueldo de bibliotecaria que apenas daba para pipas Podría haber vendido un riñón, pero ni por el riñón de la mismísima Sara Montiel le habrían dado tanto.

Espere la llamada para la plaza dijo la doctora con tono maternal. Y, por favor, mantenga la calma. No se altere.

Calma. Claro, cómo no Marina asintió y salió dando tumbos, con las piernas convertidas en flan.

Ahora estaba frente a la puerta de la casa del tío Basilio, intentando recuperar el aliento. Aquel piso heredado tras la tranquila y algo excéntrica muerte del hermano de su padre se había convertido en su herencia. Un pisito de tres habitaciones en un edificio de los años sesenta, abarrotado de cachivaches. Para algún loco, un tesoro de antigüedades. Para Marina, otro marrón monumental.

Hay que vaciar esto, pensaba paseando entre montañas de trastos, vender algo el aparador, el bufé, lo que sea. Aunque sea para pagar la entrada a la clínica.

La idea de quedarse quieta esperando a que su cerebro hiciera pum como un globo era insufrible. Necesitaba hacer algo. Lo que fuera. Moverse.

Empezó por el escritorio del salón. Robusto, de roble, con cajones llenos de papeles apilados sin ton ni son. Cogió una bolsa de basura y se puso a la faena. Recibos del 95: a la basura. Facturas con pesetas: basura. Manuales de planchas y aspiradoras que igual eran reliquias, pero para Marina eran sólo polvo y nostalgia. Todo, a la bolsa.

Operaba casi en modo automático, sólo por el movimiento. La jaqueca fue cediendo poco a poco. En el fondo del cajón más escondido, debajo de una pila de periódicos amarillentos de El País, notó algo duro. Una carpeta vieja de cartón, pelada por las esquinas, atada con lacitos desteñidos.

La curiosidad pudo más que el desánimo. Desató los lazos y vio un montón de cartas ordenadas. No había sobres, sólo hojas escritas con una letra masculina que adivinó de inmediato: la del tío Basilio.

Tomó la primera:

Querida Loli:
Han pasado ya tres meses desde que te fuiste y sigo sin acostumbrarme. Hoy he estado en la Universidad y todo me recordaba a ti. Vacío, sólo eso. Fui un orgulloso, un tonto de remate. No debí dejarte marchar tras aquella bronca absurda. No sé dónde estás ahora. Tu vecina sólo me dijo que os habíais ido, nada más. Te escribo como quien le habla a la nada, pero si no escribo, me muero. Es lo único que me queda.
Siempre tuyo,
Basilio.

Marina se quedó blanca. Ella siempre había visto al tío Basilio como un señor seco, medio marciano, sin carné para este planeta. Y ahí estaban, entre esas líneas: dolor, dulzura y una ternura que ni se imaginaba.

Cogió otra carta. Y otra más. Todas escritas en 1972, todas repitiendo la misma historia: se conocieron, se enamoraron, discusión monumental por una tontería (él no quiso ir a pedir la mano a los padres de la chica, miedo de compromiso lo de siempre), y Loli se fue con su familia. Sin dejar dirección. Basilio escribía cartas que no podría enviar nunca. Promesas de amor eterno.

Loli, te buscaré. Si no te encuentro, sólo te amaré a ti. Toda mi vida.

Por lo visto, cumplió. Viejo soltero, final solitario.

Las lágrimas se le escapaban a Marina solas. Ahora le dolía ese hombre. Y de esa tristeza nació una idea tan irracional como necesaria. ¿Y si? ¿Y si ella, Loli, aún vivía? Buscarla. Decirle que le habían querido. Que no la olvidaron nunca.

Esa misión llenaba su vacío y su miedo. Era algo que hacer, algo importante. Un destello de sentido.

Volvió a leer todas las cartas, buscando pistas. En una encontró una frase:

¿Te acuerdas de cuando paseábamos por el Retiro, junto al Palacio de Cristal? Siempre te reías de los leones de piedra que custodiaban la entrada de tu casa en la calle de Alcalá

Calle de Alcalá. Palacio de Cristal. Marina se lanzó a Google desde su móvil antediluviano. Encontró fotos de edificios históricos con leones de piedra. Pero necesitaba un nombre.

Registró el piso de arriba abajo. En la mesilla del dormitorio, un álbum de fotos con cubierta de cuero. Tío Basilio, jovencísimo, rubio, con cara de boa persona. En muchas fotos aparecía ella, una chica con dos trenzas negras y sonrisa luminosa. En el reverso de una imagen grupal, alguien había escrito: Grupo E-2, Politécnica, 1971. Loli G., Basilio, Sergio.

Loli G. Solo con esa inicial… ¡pero algo es algo!

Tocaba jugar al detective digital. En foros, bases de datos de antiguos alumnos, redes sociales Buscó Lola/Lolita/Lolita G, nacida entre 1950 y 1952, Politécnica de Madrid. Por fin, milagro: en un foro de antiguos politécnicos, alguien decía: Mi madre, Dolores González Miranda (de soltera, Gómez), acabó la Politécnica en el 73

Gómez. Dolores Gómez. Casada: González Miranda.

Eso servía. Marina buscó Dolores González Miranda en Google. ¡Bingo! Una pequeña entrevista en el periódico local con foto incluida, por el Día de la Mujer. Felicitaban a las veteranas de la docencia. Pelo blanco, mirada noble, la cara algo más arrugada pero indiscutiblemente la misma. En el álbum de su tío, una foto de Loli joven confirmaba el parecido: los mismos ojos claros y directos.

El artículo mencionaba que Dolores vivía en un pueblecito llamado Villasol y presidía la asociación local de mayores.

El corazón de Marina dio un vuelco. ¡Sólo faltaba la dirección! Llamó al ayuntamiento del pueblo, se hizo pasar por trabajadora social, y en un periquete obtuvo la dirección.

No recuerda bien cómo hizo la maleta, sólo que metió la carpeta de cartas, una botella de agua y se plantó en la estación Sur de autobuses. El trayecto se le hizo eterno, repasando mil finales posibles: ¿y si doña Dolores la echaba a la calle? ¿y si pensaba que era una timadora?

En Villasol la recibió una paz de campiña, olor a manzanos y casas bajas con parterres de rosas. El número buscado era una casita con valla verde y rosas que hacían sombra en la entrada. Marina, con las rodillas temblando, pulsó el timbre.

Abrió Dolores González Miranda, que en persona era aún más frágil y menuda de lo que parecía en el periódico.

¿Sí? preguntó con voz dulce, aunque cauta.

Perdón, ¿Dolores González Miranda? la voz de Marina traicionaba un temblor inhumano.

Sí. ¿Quién eres tú?

Me llamo Marina. Soy sobrina de Basilio García.

El efecto fue inmediato. La mano de la anciana apretó la verja como si le fuera la vida. El rostro, normalmente sereno, se crispó de dolor.

¿Basilio? musitó. ¿Basilio de qué?

Basilio García, mi tío. Falleció hace un mes.

Dolores retrocedió lentamente y, aún con la voz ausente, la invitó a pasar. Marina cruzó el jardín y entró en una casa sencilla pero con mucho mimo. La dueña se sentó en el sillón y tardó unos minutos en encontrar palabras.

¿Murió? Yo he mirado los obituarios de vez en cuando, Me preguntaba si le pasaría algo si seguía vivo, mi Basilio

Ese mi Basilio fue como un suspiro viejo, una rendija de amor no olvidado.

Dolores, él nunca nunca se olvidó de ti.

Dolores se le quedó mirando con mezcla de asombro y reticencia.

¿Y tú cómo lo sabes?

Encontré esto Marina sacó la carpeta y la puso delicadamente en sus manos. Todas estas cartas eran para ti. Todas. Las escribía y las guardaba.

La anciana cogió la carpeta como si hubiera recuperado un tesoro frágil. Las manos le temblaban mientras desataba el lazo y empezaba a leer. Lágrimas, primero una, luego otra, rodaron por sus mejillas.

Ay, tontorrón, de verdad ¿para qué atarse así toda la vida?

Él te quería susurró Marina. Nunca se casó. Nadie.

Lo sé dijo Dolores, con otra lágrima saltando. Lo averigüé hace quince años. Por una compañera. Me contó que seguía solo. Y ya no me atreví a buscarle. Me dio vergüenza. O miedo.

¿Vergüenza?

Sí Me marché porque pensé que no me quería, que no quería compromisos. Y yo se quedó en silencio, estrujando la carta. Yo estaba embarazada, Marina.

A Marina casi se le para el corazón.

¿Perdón?

De dos meses. No supe cómo decírselo. Y después de aquella bronca pensé que se iba a asustar y, antes, me escapé yo con mis padres. Tuve un hijo.

Y el silencio pesó como una tonelada en el aire.

¿Tío Basilio tuvo un hijo?

Dolores asintió, mirando por la ventana.

Alejandro creció siendo un gran hombre. Yo me casé después, con Nicolás, que siempre lo supo y lo aceptó. Le dio su apellido, le quiso como suyo. Pero Basilio viajaba siempre conmigo, aquí se llevó el puño al pecho. No le olvidé nunca. Y Alejandro siempre supo quién era su verdadero padre.

Marina sentía vértigo. Tenía un hermano, un primo, familia.

Y ¿Alejandro, dónde está?

Es cirujano dijo Dolores, mostrando una mezcla de orgullo y nostalgia. Muy reputado. Tiene su clínica privada en Madrid. Medisalud, seguro que te suena Y es especialista en cirugía vascular…

De repente, Dolores miró a Marina como madre experta.

Hija, tienes mala cara. ¿Tú te encuentras bien? ¿Estás enferma?

Ese hija tan de madre la desarmó completamente. Marina, que no pensaba quebrarse, acabó contándole toda la verdad. Los mareos, el diagnóstico horrible, la cifra inalcanzable, la larga y tensa espera

Dolores escuchó todo sin interrumpir y, en cuanto terminó, se levantó, cogió el teléfono fijo y marcó.

¿Alejandro? Ven ahora mismo, por favor. Sí, urgente. Yo estoy bien. Es que ha ocurrido un milagro. De verdad. Tienes que venir a conocer a tu hermana.

La presentación tardó hora y pico. Alejandro apareció en la puerta: alto, elegante, unos cuarenta y tantos, pelo entrecano, ojos grises y profundos, igualitos a los del tío Basilio.

Mamá, ¿qué ha pasado? preguntó con voz grave.

Alejandro, te presento a Marina, hija del hermano de tu padre, tu prima.

Se quedó helado. Miró a Marina, luego a las cartas, y por fin a su madre. Como si todo encajara y a la vez costara encajar.

¿Mi padre Basilio García? dijo, despacio.

Sí asintió Marina. Tengo fotos, mira.

Le pasó el móvil, con las fotos digitalizadas del álbum familiar. Alejandro las miró largo rato, mudo. Al cabo, frunció la mandíbula y se volvió hacia Marina.

¿Nunca se casó?

Nunca susurró ella.

Él levantó la mirada, cada vez menos frío.

Mamá dice que estás enferma.

Marina asintió. Dolores resumió la historia.

¿Tienes los informes? preguntó, ya con tono de médico.

Marina sacó la carpeta de diagnósticos de la bolsa. Alejandro los leyó al trasluz, con minuciosidad de cirujano. Tras unos minutos, sentenció:

La operación es urgente. Esperar sería un error fatal.

Ya pero no tengo

Mañana a las nueve te espero en mi clínica la cortó él. Yo te doy la dirección. Te haremos todas las pruebas y te programo. Pasado mañana te opero yo mismo.

No puedo pagar titubeó Marina, acalorada.

Los ojos de Alejandro se suavizaron, incluso sonrieron.

Marina, escúchame. Tengo de todo: clínica, dinero. Pero tú eres mi familia. Para la familia no existe la palabra pagar. ¿Entendido?

Marina sólo acertó a asentir, con los ojos llenos de lágrimas. No era sólo suerte: era un milagro, venido del pasado, del amor que sobrevivió a medio siglo.

Dolores se acercó y la abrazó. Fuerte, como solo una madre sabe.

Ya está, hija. Ahora sí que todo irá bien. Luego miró a Alejandro. ¿Verdad, hijo? Que se queda aquí con nosotras mientras se recupera.

Por supuesto, mamá respondió él, sonriendo por fin con la misma ternura García de familia, la que adoptaba a Marina como parte de ese nuevo mundo.

Y viéndolos así un hermano recto, una abuela con el alma ya en paz Marina sintió que el miedo empezaba a menguar. Lo ocupaba algo nuevo y, ojalá, duradero: la convicción profunda de que, al fin, ya no estaba sola. Y de que, por fin, le quedaba vida.

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