Diario de Lucía Madrid, 15 de marzo
Hoy he tenido uno de esos días en los que me he parado a mirar hacia atrás y repasar mi vida. Llevo casada muchos años; conocí a Álvaro cuando estudiábamos en la Universidad Complutense. No tuve ojos para nadie más, le elegí a él y me quedé a su lado. Siempre pensé que era de esas personas que aún creen en la fidelidad a una sola pareja, casi como un fósil de otra época.
Nos casamos en tercero de carrera. Éramos muy jóvenes, quizá demasiado inexpertos. No sé si nuestro amor era tan grande como para resistir tanto, pero supongo que sí, porque a pesar de todo hemos compartido hogar durante largos años. Nuestros compañeros de clase siempre nos ponían como ejemplo, aunque no éramos la única pareja. ¿Por qué nosotros? Seguramente porque, aun en los peores momentos, nunca dejamos de apoyarnos mutuamente.
Cuando estábamos en cuarto, tuvimos a nuestro primer hijo. No abandonamos los estudios; muchos profesores entendieron nuestra situación y no nos aprovechamos de eso. Con tesón y mucho esfuerzo terminamos la carrera, recogimos nuestros títulos y lo celebramos. Álvaro siempre me ayudó mucho, compartíamos todas las tareas de la casa.
Jamás imaginé otro marido que no fuera él. Era mi mitad, mi ideal. Nos compenetrábamos perfectamente y casi nunca discutíamos. Pensaba que esa armonía familiar era ideal para criar hijos, así que dos años después, decidimos tener una niña.
¿Por qué no hacerlo? Tenía un marido atento, un hijo sano y autónomo Una hija completaría aquel puzle perfecto.
Parecía que era la mujer más feliz del mundo. Mi marido me quería, me ayudaba siempre. Aunque su trabajo tenía turnos, siempre volvía a casa con ganas de estar con los niños, y yo podía permitirme pequeños momentos para mí. Nunca me imaginé que de pronto todo fuera a torcerse, pero un día noté que Álvaro se había vuelto frío conmigo.
Empezó a llegar tarde del trabajo y a buscarme defectos en todo. Siempre estaba irritable, como si el mundo entero le molestase. Un día, cuando le pregunté ¿Cómo te va?, me soltó que mi obligación era cocinar cocido, limpiar los mocos de los niños y estar disponible por la noche.
Con ese trato, me fui apagando poco a poco, perdiendo hasta las ganas de dormir a su lado o de preparar la cena. Esperaba que recapacitara sobre su actitud, pero en vez de mejorar, las cosas iban a peor. Con el tiempo, se refugió en el alcohol y empezó a desaparecer por las noches. Había dejado de ser ese padre cariñoso y se transformó en alguien casi irreconocible.
Una tarde, volvió a casa y empezó a gritar:
Estoy harto de los chillidos de los niños y de verte siempre en chándal casero. Nunca he estado orgulloso de ti, no te arreglas ni te maquillas. No quiero ir contigo a ninguna parte porque no te cuidas. Lo único que te interesa es el dinero, pero nadie se preocupa de lo que quiero yo.
Llamé a mi suegra, buscando apoyo, pero solo defendió a su hijo y me rogó que no pidiera el divorcio. Harta, recogí mis cosas y me fui con los niños a un piso de alquiler. Una amiga me ayudó a encontrar plaza para mi hija en una guardería pública, y yo conseguí un trabajo extra. Vivir así es duro, pero al menos nadie nos grita ni nos asusta.
En el juicio descubrí que mi marido tenía problemas de salud mental. Sus padres lo habían ocultado deliberadamente. Quisieron que yo, tan tranquila y paciente, fuera la compañera perfecta para su hijo inestable. Había recibido tratamiento en Alemania, pero nunca funcionó. Luego tomaba pastillas para hacer vida normal. Me da pena, claro, pero no puedo seguir con alguien así a mi lado. Solo deseo que nuestros hijos hereden lo bueno, no la enfermedad.
Ahora, entre el miedo y la tranquilidad, afronto la vida con mis hijos en Madrid, sabiendo que merezco una nueva oportunidad y, sobre todo, paz.




