Mira, te voy a contar la historia de Pablita, que siempre me recuerda a esas viejas leyendas que contaban las abuelas en los pueblos de Castilla. Resulta que había un padre que tenía tres hijas. Dos de ellas, Leonor y Jacinta, eran guapísimas, de esas que parece que hasta el sol brilla solo para verlas, y la pequeña, Pablita, pues… apenas levantaba un palmo del suelo, era menudita, con la espalda un poco encorvada, pero eso sí, con unos ojos tan vivos y grandes que todo el mundo se fijaba en ellos. La pobre no podía con el trabajo del campo ni conseguía estar al día en casa, siempre iba detrás de las hermanas y todo le costaba el doble.
Leonor y Jacinta tenían pretendientes a patadas, vamos, que la entrada de la casa siempre estaba llena de mozos y familiares visitando. Pero a Pablita, ni uno solo. Así que un buen día, las mayores se plantaron y dijeron:
¡Hasta que Pablita no encuentre novio, aquí no se casa ninguna!
Pasaban los meses y nadie venía a pedir la mano de Pablita. Las hermanas la arreglaban, la pintaban las mejillas, pero nada, los chicos ni la miraban. Las amigas empezaron a bromear:
Si seguís esperando por Pablita, vosotras también os quedáis solteras…
Aquello a Pablita le dolía en el alma, pero no por ella, sino por sus hermanas. Pensando, pensando, decidió que lo mejor era marcharse de casa, y así al menos ellas podrían casarse tranquilas. Una noche, cuando todos dormían, hizo su atillo, se puso el pañuelo en la cabeza y se fue, rumbo a Salamanca, a ver si allí encontraba trabajo de criada.
Toda la noche caminó Pablita bajo la luna, por caminos medio apuntados de escarcha, sin miedo, hasta que llegó a un bosquecillo y ahí sí, le entró el canguelo: ¿y si sale algún jabalí ahora? Pero tiró palante. Algún tiempo después, cansadísima, se recostó bajo un avellano, con el atillo de almohada, y se quedó frita.
El caso es que la despertó el sonido de un hacha. Abrió un ojo y justo ¡zas!, cayó un árbol seco al lado. Pablita se asustó y se incorporó de golpe, dispuesta a salir corriendo, pero vio que era un viejito. Bajito, fuerte, con barba blanca y un hacha en la mano.
No temas, hija, que no te haré nada malo le dijo el hombre.
¿Y usted quién es, abuelo, si se puede saber?
Soy el guarda forestal le explicó. Vivo aquí al lado. ¿Qué haces tú, sola, por el monte?
Pablita se lo contó todo, lo de sus hermanas y lo triste que estaba. El viejito la miró, se acarició la barba y le dijo:
Se te ve buena chica, de buen corazón. Quédate conmigo en la caseta del monte, hazme compañía como si fueras mi nieta. Y si te cansas, yo mismo te llevo a la ciudad.
Pablita aceptó encantada y se quedó con él. El viejo era un encanto, siempre de buen humor, y le enseñó a Pablita mil cosas: distinguir plantas, recolectar bayas, secar hierbas, preparar remedios naturales… Vamos, que la muchacha aprendió más allí en unos meses que en toda su vida. Y el abuelo, todo se lo enseñaba, sin guardarse nada.
Llegó el día en que el viejo se puso muy malito y Pablita no se separó de su lado. Antes de morir, le dijo:
No estés triste, hija. Yo me voy, pero tú vuelve a casa y ayuda a los demás, usa todo lo que has aprendido para hacer el bien.
Así que Pablita lo enterró allí, lloró lo suyo y volvió, camino ya de vuelta, a su pueblo en las afueras de Zamora.
Cuando cruzó las calles, vio que sus hermanas ya estaban casadas, vivían en una casa grande con sus maridos, y cuando la vieron, no daban crédito, ¡Pablita viva y coleando! Le dieron una habitación y ella enseguida se puso a echar una mano: desde preparar remedios para toda enfermedad a sacar adelante las cosechas. Y mira tú por dónde, todo les iba como la seda. Las cosechas abundaban, el ganado estaba fuerte, ni un catarro en toda la casa.
El boca a boca corrió, y pronto todo el pueblo venía a Pablita a pedir consejo. A todos ayudaba, sin pedir ni un euro, bueno, algún que otro detalle le dejaban: huevos, un pañito… pero a los más pobres, ni eso.
Ahora, en esa aldea también vivía la vieja Hermelinda, que era la bruja del lugar. Sabía de todo, aunque la gente la evitaba, porque tenía mala leche. Cuando vio que todos iban a ver a Pablita en vez de a ella, se puso verde de envidia y decidió tentar suerte con la niña.
Llegó un día a casa de Pablita fingiendo que le dolía mucho el brazo:
Pablita, hija, échame una mano, que me muero del dolor.
Siéntate, abuela, vamos a verte ese brazo le dijo Pablita.
La revisó y al rato:
Abuela, tú no tienes nada en el brazo.
¡Ay, cómo no voy a tener! Mira cómo los dedos se me han quedado.
Pero Pablita se mantenía firme:
No tienes nada, abuela, igual lo tuyo es solo cansancio.
La vieja, viendo que no colaba, le soltó un espejito:
Toma, es para ti, para que presumas lo guapa que eres.
Pero el espejito estaba maldito, para ver si la fastidiaba. Y mira tú por dónde, a Pablita empezó a desaparecerle poco a poco la joroba. Se ponía el espejo ante la cara y se le alegraba hasta el alma. Al ver que el conjuro no funcionaba, la bruja volvió con otra excusa, que si le dolía la espalda, que si las piernas… y Pablita le dio hierbas y le explicó cómo prepararlas. Hermelinda, en agradecimiento, le regaló un peine de hueso, también encantado.
La belleza hay que cuidarla, y tú te lo mereces todo, hija mentía la vieja.
Pablita aceptó y, cuanto más usaba esos regalos, más guapa se ponía: se le puso la cara sonrosada, el pelo espeso y brillante, hasta parecía que andaba derechita. A la mala de Hermelinda, al contrario, se le iban secando las manos, la espalda se le dobló más aún, y apenas podía moverse. Al final, envió recado para que Pablita la visitara.
Las hermanas de Pablita, Leonor y Jacinta, no querían que fuera, que la vieja era una bruja malvada, pero ella les dijo:
Tranquilas, hermanas, que por la mañana todo se ve de otra forma.
Se levantó temprano, se lavó con agua fresca, se puso un vestido nuevo y preparó una cesta con miel, manzanas del huerto y hierbas aromáticas. Al verla, las hermanas se quedaron de piedra:
¡Pero qué guapísima estás!
Cuando llegó a la casa de la bruja, la puerta se cerró de golpe y por más que tiraba, no podía entrar.
¡Abuela Hermelinda, sal, que no puedo abrir! gritaba.
Dentro no paraba el jaleo: ruidos, voces, algo mugía, algo ladraba, vamos, un escándalo. Y una voz que repetía:
¡No la dejes entrar! ¡Su bondad todo lo cura!
Pablita dejó la cesta al otro lado de la verja:
¡He venido a verte y te dejo esto, espero que te mejores!
De repente, una nube negra salió de la casa, las ventanas se llenaron de cuervos, hasta que la casucha de la bruja se vino abajo y solo quedaron cenizas y unas brasas. Todos en el pueblo creyeron que la maldad de Hermelinda le explotó en la cara.
Lo mejor es que, desde ese día, Pablita fue aún más feliz, hasta encontró un buen muchacho del pueblo con el que se casó, y nunca faltó alegría en su casa. Leonor y Jacinta, contentísimas con su hermana. Y te digo más: donde estaba la casa de la bruja, creció una mata de frambuesas enormes y riquísimas. Tanto, que el pueblo empezó a llamarse Frambuesas y todos iban allí a por fruta. Así que, ya ves, al final la bondad de Pablita sirvió más que mil brujerías.
Vamos, que así es como la suerte da vueltas, y los buenos siempre acabamos encontrando nuestro sitio bajo el sol.





