Mis padres siempre vivieron lejos, dejando que me criaran mis abuelos cuando era niña debido a la enorme carga de trabajo que tenían. A pesar de no tener problemas económicos, antepusieron sus carreras profesionales al tiempo que podían dedicarme. Por ello, el vínculo que fui forjando con mis abuelos fue mucho más profundo; ellos me arroparon y animaron durante toda mi infancia y juventud.
Cuando alcancé la mayoría de edad, heredé dos pisos, lo que me ofreció la ocasión perfecta para demostrarles a mis padres que era capaz de valerme por mí misma. Vendí aquellos pisos y con las pesetas que obtuve pude comprar una casa en Salamanca, la ciudad donde estudiaba en la universidad. Durante todo aquel tiempo universitario, mis padres seguían siendo casi unos desconocidos para mí, y me habitué a esa ausencia permanente en mi vida.
Desgraciadamente, mis abuelos fallecieron mientras yo continuaba mis estudios. Aquella pérdida me hizo sentirme aún más distante de mis padres. Sentía que apenas habían influido en mi educación ni en mi desarrollo personal. Esa falta de relación significativa también me hacía difícil encontrar momentos para dedicarles, igual que a ellos les costó hacerlo conmigo en mis años de niñez.
Al enterarse de la venta de los pisos y de que no habían recibido parte del dinero, mis padres se mostraron decepcionados, pero no sentí ninguna obligación de darles nada. A mi entender, no estuvieron conmigo en los momentos fundamentales de mi vida y ahora sentía la necesidad de priorizar mis propios intereses. Sus quejas de que no tuviera tiempo para ellos caían en saco roto, porque yo ya había aprendido de ellos la importancia de anteponer el trabajo y el bienestar personal, del mismo modo que ellos hicieron cuando yo era pequeña.
Mi respuesta a sus quejas siempre era clara y cortante: No tengo tiempo, estoy trabajando. Pensaba que, mejor que nadie, ellos debían comprender las exigencias que el trabajo puede imponer sobre la vida, ya que ellos mismos habían elegido ese camino. Decidir enfocar mi vida en mis propios objetivos y mi felicidad fue, con el paso de los años, la manera que encontré de sobrellevar su ausencia y de cuidar de mi propia satisfacción y plenitud.




