Hoy, mientras paseaba con mi hijo Lucas por las afueras de Segovia, nos topamos con algo que nunca hubiéramos imaginado. La nieve cubría los campos después de una intensa nevada, y el frío se metía en los huesos. Al acercarnos a un sendero, vimos a un ciervo que no podía moverse, completamente atascado en un montón de nieve. Mi primer impulso fue seguir nuestro camino, pero ambos sabíamos que dejarlo allí sería condenarlo. Sin pensarlo mucho, sacamos las palas que siempre llevo en el maletero y comenzamos a quitar la nieve con todas nuestras fuerzas, codo con codo. El instante era intenso, los dos trabajando juntos con ansias por salvar al pobre animal.
Mientras paleábamos, Lucas de repente señaló más allá de los árboles. Otro ciervo, no muy lejos, también estaba atrapado, sin esperanza de salir por sí solo. Nos parecía increíble, pero nos dimos cuenta de que probablemente habían estado peleando, quizás buscando alguna raíz o bellota bajo la nieve, pero la tormenta los sorprendió. Con mucho esfuerzo, conseguimos liberar primero al ciervo más cercano, y al ver que podía moverse, corrimos hacia el otro para hacer lo mismo. Fue un momento de alivio ver cómo ambos, aunque agotados, se iban lentamente de vuelta al bosque.
Creíamos que había terminado allí nuestro deber por el día, pero al regresar por otro camino, escuchamos un maullido débil. En una vieja caja de cartón junto a la puerta de una casa deshabitada, descubrimos seis diminutos gatitos. Cuatro yacían inertes, con sus cuerpecitos helados, y dos respiraban apenas. No podíamos abandonarlos, así que los llevamos a casa corriendo.
Mientras yo llamaba a mi esposa Marta para que preparara un sitio cálido, Lucas buscó toallas, agua caliente y una manta térmica. Hicimos turnos para darles calor y frotarles suavemente, luchando para devolverles la vida. Fue una madrugada larga, pero contra todo pronóstico, los dos gatitos sobrevivieron.
Estos días, uno de ellos no deja de acercarse y restregarse junto a mí; siento que de alguna manera me da las gracias. Pero a veces, cuando miro a los otros pequeñines que no lo lograron, me invade la tristeza. El frío castellano es implacable y muchísimos animales sufren en silencio.
Hoy he aprendido que no todo podemos cambiarlo, pero nuestra humanidad se mide por esas pequeñas decisiones de cada día. No basta con sentir lástima; hay que actuar. Habría sido más fácil mirar hacia otro lado, pero la vida de dos ciervos y dos gatos hoy continúa porque elegimos ayudar. Eso me recuerda que la compasión no es cuestión de palabras, sino de hechos, aunque sólo sea en rincones anónimos de nuestro invierno.






