Come. Ha sido Mónica quien no se lo ha terminado.

Life Lessons

Diario personal, 18 de abril

A veces pienso que mi hermana Lucía tiene una manera un tanto peculiar de comportarse, sobre todo en lo que se refiere a su hija pequeña. Tiende a engrandecerla hasta el extremo y parece que espera que todos sintamos ese mismo fervor que ella experimenta. Pero la realidad es muy distinta para el resto.

Su hija, Paula, apenas tiene cinco años. No tengo nada en contra, por supuesto; la queremos, como es lógico entre familia, pero sin excesos. Bastante tenemos cada uno con nuestros propios hijos.

Sin embargo, Lucía insiste en convencerse a sí misma y de paso a nosotros de que su pequeña es un ser especial, casi única en su especie. Pretende que la nombremos como angelito. Y claro, según ella los angelitos no cometen errores, así que todo lo que hace Paula debe ser perdonado, sin excepción.

Eso crea una atmósfera un tanto incómoda cuando viene de visita. Y qué decir de la obligación de acudir a su casa: tampoco resulta demasiado apetecible. La casualidad ha querido, además, que trabajemos juntas en la misma empresa, así que la convivencia es doble. Justo por eso, hoy tenía que hablar con ella de un asunto de trabajo.

Ven a casa, me dijo Lucía por teléfono. Te preparo tu tortilla preferida. Te espero a la hora de comer.

No hay nadie que cocine como ella, todo hay que decirlo. Su tortilla es famosa en toda la familia.

Allí estaré, le respondí sin mucho preámbulo antes de colgar.

Busqué las llaves del coche y, de camino, pasé por la pastelería a comprar algo dulce. Imposible una comida en casa de mi hermana sin un té o un café acompañado de pastelitos. Al llegar, Lucía estaba dándole de comer a Paula y me hizo un gesto para que me sentara. No tardé en acomodarme y, entre charla y charla, me dice:

Come, dijo empujando un plato con una tortilla bastante toqueteada. Paula no se la terminó.

En ese momento se me cruzaron los cables:

¿Ya no quedan platos limpios en casa?, pregunté, conteniendo las ganas de levantarme.

Mi Paula es la niña más limpia del mundo. Sus manos están siempre relucientes, contestó mi hermana, achuchando a la niña, que en ese instante tenía un dedo metido en la nariz.

Ahí fue donde decidí que nunca más volvería a almorzar en casa de Lucía.

¿Tú qué habrías hecho en mi lugar?

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