Durante cinco años creyó que vivía con su esposo, pero resulta que está casada con su propia madre

Life Lessons

Hace muchos años, recordando todavía aquellos días, Cristina era una joven de un pequeño pueblo castellano. Allí, bajo los olivos y el sol de la meseta, Cupido la alcanzó con sus flechas. Cristina se enamoró de Javier, y él también se enamoró de ella. Decidieron escapar de su tierra natal. Informaron a sus padres que irían a Madrid a ganar dinero para la celebración de su boda. Y en verdad, partieron a la capital a buscar fortuna. Pero, con el tiempo, decidieron no gastar el dinero en una boda fastuosa.

Estaban cansados de la juventud madrileña que llegaba a los enlaces vestidos con zapatillas y vaqueros, aceptaba regalos únicamente en euros y, en vez de banquetes, organizaban un sencillo aperitivo; en ocasiones, incluso se conformaban con una videollamada, y gastaban los regalos en el primer pago de la hipoteca.

Así lo hicieron Cristina y Javier. Sin embargo, cuando sus madres regresaron al pueblo de toda la vida, les prepararon un humilde convite. En Madrid no tenían ni un conocido, pero eso es lo de menos; os cuento todo esto para que os forméis una idea de la pareja, y podáis imaginar su carácter…

Han pasado cinco años desde aquel enlace. Decidieron esperar con los hijos, pues ambos debían juntar euros para pagar la hipoteca. La madre de Cristina era de carácter fuerte, educó a su hija sola y, cada vez que hablaban por teléfono, no perdía la oportunidad de recordarle que estaba más que lista para ser abuela. Aunque Cristina sabía que, si vivían con la madre, acabarían separándose en poco tiempo. No había prisa, así que se han tomado su tiempo para formar familia.

Y entonces Cristina empezó a sentir celos y resentimiento hacia su marido, algo que ya había sentido antes, pero antes lograba distraerse. Me llamó una tarde:

Habla por teléfono con cualquiera durante horas, pero conmigo solo hola y adiós… Cuando llegue del trabajo, podréis charlar más. Quiero ver una película tranquila de amor tras la jornada, y él solo se interesa por películas de terror. ¿Cuántos televisores tenéis? Hoy en día se puede ver películas en el ordenador con auriculares. Pero no es vida en pareja si ambos están juntos pero la cabeza en mundos diferentes. ¡Eso mismo pienso! ¡Javier no me entiende! Es bastante original lo que dices. ¿Por qué te ríes? Vale, no lo haré. Cristina, ¿cuándo lo pasáis bien juntos? Cuando estamos de vacaciones, o cuando vienen amigos… Ahí sí que Javier está atento…

Nuestra conversación duró casi una hora. Me contó cómo se conocieron y cómo todas las chicas le tenían envidia. Por lo que me contó, entendí que el problema era que Cristina tenía una necesidad femenina no satisfecha de lucirse ante los demás, y en Madrid no tenía nadie ante quien presumir. Ese era el primer problema, y el segundo…

Cristina, ¿cómo imaginas el matrimonio perfecto? Obligatoriamente con hijos. Es habitual hablar de los niños, pero muchos matrimonios se rompen después… Mi esposo debería interesarse por mi ánimo, por cómo me va en el trabajo… Debería saber valorar mi ropa y alabar mi comida… ¿No lo valora en absoluto? Sí, dice que está bien, pero a mí eso no me basta. Cuéntame detalladamente… Él llega a casa, le pones un plato de croquetas y patatas, ¿y él…? Frota las manos y sonríe. ¡Eso también es un cumplido! Creo que te molestaría si apartase el plato con desdén diciendo que no tiene hambre…

Cristina se quedó callada; intuí que no comprendía realmente la raíz de su queja. Pero de alguna manera, guardaba resentimiento hacia Javier. Lo que exactamente le molestaba, yo ya lo sabía. Para confirmar mis sospechas, le pregunté sobre su relación con la madre.

Su madre era una mujer emocional y siempre le hacía mil preguntas. Cuando algo iba mal, jamás le faltaba una palabra de apoyo y le aseguraba que todo mejoraría.

Dicen que nos casamos con personas que se parecen a nuestros padres, o con quienes nos dan mucho amor. Cristina nunca tuvo padre, y no podía siquiera imaginar que no todo el mundo expresa sus emociones igual.

Le sugerí entonces que, en realidad, llevaba cinco años casada con su madre y esperaba que su esposo reaccionara igual que ella. Al principio, Cristina se extrañó, pero tras reflexionar, estuvo de acuerdo.

¿Cómo me divorcio de mi madre, entonces? Es sencillo. Cada vez que surja el resentimiento, imagina que Javier no tiene nada que ver: porque la compañía, la empatía y el cariño son de tu madre, no de él, y no puede competir con ella. ¿Así de fácil? Así de fácil. Y ya verás cómo el resentimiento desaparece solo.

Así terminó nuestra conversación. Recuerdo esos días con cariño; las cosas simples, los croquetas, los sueños y la búsqueda del sitio en la ciudad grande, donde las costumbres cambian y el corazón anhela lo familiar.

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