Chica, sienta a tu hijo en tu regazo

Life Lessons

Señorita, siente a su hijo en su regazome reprendió una mujer robusta, de unos cincuenta y tantos años. Por cierto, había comprado un billete para mi hijo en el autobús, y pagué 78 euros por él.

Aquel día llevaba a mi hijo, Rodrigo, a casa de su abuela. Es el mayor en nuestra familia, aunque solo tiene cinco años, pero todo el mundo lo ve como un niño de primaria. Además, en casa lo tratamos como si fuera un adulto. Por eso siempre le compramos un asiento propio en los autobuses, se comporta bien y, para colmo, es alto y pesa bastante; sería imposible tenerlo en brazos. Ni él ni yo estaríamos cómodos, y si estuviera sentado en mi regazo, podría manchar con los zapatos a otros pasajeros. En definitiva, mi hijo debe ir en su asiento, así estamos todos más a gusto.

Aquel día Rodrigo estaba sentado junto a la ventana y yo en el asiento a su lado. Elegimos los de delante para bajar rápido, antes que los demás pasajeros. Ya le había avisado al conductor de que tenía billete para el niño, para que no pusiera a otra persona en ese sitio.

Salimos de Madrid y, ya en la carretera, el autobús se detuvo para recoger a una señora corpulenta. Aún quedaban asientos vacíos detrás de nosotros, así que el conductor hizo la parada. Cuando la mujer se subió (no puedo describirlo de otra manera), la carrocería del autobús pareció temblar, y los demás pasajeros observaban boquiabiertos cómo entraba en el vehículo. Al cerrar la puerta, todos pudimos escuchar el suspiro resignado del conductor. El autobús echó a andar, y la señora empezó a acercarse cada vez más a los asientos de los pasajeros.

Chica, sienta a su crío en el regazome repitió la mujer de voz fuerte. Le expliqué que había pagado el asiento de mi hijo y no pensaba sentarlo sobre mí. El conductor, apoyándome, le dijo que pasara hacia la parte delantera, donde había más asientos libres. La señora, con malos modales, murmuró que había que darle un asiento a ella, porque era más fácil que nosotros nos moviéramos. Además, decía que viajaba habitualmente en ese microbús y que siempre ocupaba el sitio junto a la ventana.

No cedí el asiento, y el autobús fue acelerando, mientras la mujer seguía de pie junto a nosotros y se resistía a ir atrás. Me hervía la sangre, pero no quería montar una escenita delante de mi hijo. Decidí conversar tranquilamente con Rodrigo para distraerme de aquella señora. Su furia por verme tranquilo era tal que empezó a gritar: ¡Vamos, mueve al niño y déjame sentarme, ¿es que no lo entiendes?!yo respondí pausadamente que no pensaba ceder, que mi hijo es mayor y tiene su propio billete, y que habíamos subido antes y elegimos el sitio que queríamos. Que allí no se reparten los asientos.

El conductor no se distrajo de la carretera, pero noté que no era la primera vez que se encontraba en una situación similar. Los pasajeros al principio no prestaban atención, unos llevaban auriculares, otros dormían. Poco a poco la señora comenzó a recibir comentarios: Mujer, siéntate ya en algún sitio libre. No grites tanto, que esto no es tu casa. Ante la situación, la mujer alegó que no podía avanzar porque su tamaño no se lo permitía, aunque era evidente que actuaba por pura obstinación: ese asiento junto a la ventana era el que quería.

La tensión iba en aumento. Y entonces ocurrió lo más curioso de todo. El conductor detuvo el autobús, salió de su puesto, entró en la cabina, y tras sacar las bolsas de la mujer, la acompañó fuera del vehículo. La señora, desorientada y colérica, apenas tuvo un segundo para reaccionar antes de que el conductor se subiera de nuevo y arrancara. Durante unos segundos reinó el silencio absoluto. Luego, los pasajeros nos pusimos de acuerdo para reunir dinero que compensara al conductor por la plaza que había perdido. Al llegar, le entregamos el dinero, y él, agradecido y con una sonrisa, nos prometió que no volvería a dejar subir a esa señora, ya que siempre traía conflictos al autobús.

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