Ahora, al recordar mis años, me doy cuenta de que tengo cincuenta y siete. Llevo más de tres décadas casada con mi esposo, y durante todo ese tiempo he sido yo quien ha lavado su ropa, preparado sus comidas y procurado ese calor de hogar que no puede faltar en una familia española. Entre los dos tenemos dos hijos, a quienes educamos con mucho esfuerzo, llevando yo la mayor parte de las responsabilidades en colegios y después en la vida diaria. Siempre estuve ocupada como una ardilla, saltando de un lado a otro, trabajando en varios empleos simultáneamente y aprovechando cada oportunidad de trabajo extra. Todo para que a nuestros hijos nunca les faltara de nada, y pudieran ir vestidos igual de bien que los demás niños de nuestra ciudad, en Madrid.
A lo largo de nuestra vida juntos, mi marido, Mateo Sánchez, nunca fue muy trabajador. Cuando llegó a la edad de jubilación, se acomodó en casa y dejó de buscar empleo. Mientras tanto, yo sigo trabajando, ayudando a nuestros hijos, cuidando a los nietos, y manteniendo el hogar. No he dejado nunca de buscar cómo hacer más cómoda la vida de los que me rodean.
Muchas veces le pedí a Mateo que encontrara algún trabajo, aunque fuese como vigilante en algún edificio del barrio, pero él simplemente decía: “Estamos bien así, no hace falta que yo trabaje más.” Y encima, como buen castizo, ¡no le falta buen apetito! Apenas tengo tiempo para cocinar, y muchas veces llego del trabajo y me encuentro con que ha devorado lo mejor, y sólo me ha dejado el caldo de la olla.
Recuerdo una charla con mi amiga Carmen, quien me aconsejó que cocinara aparte: para él con productos baratos, y para mí con lo mejor. Me dio la idea y, al volver a casa, le dije a Mateo que el médico me había recomendado una dieta especial, y por ello no debía tocar mis platos.
Desde entonces, guardo los dulces en el armario y aprovecho los ratos en que él baja al trastero para disfrutar de un té y unas pastas. El jamón y el queso bueno los escondo en el frigorífico, fuera de su vista, y cuando nadie me ve, me doy el gusto. Por suerte en casa tenemos dos neveras: una para la comida diaria, y otra donde guardo los botes de encurtidos, y ahí escondo todos mis caprichos.
Ya sabéis cómo son los hombres, siempre despistados. Me compro pavo de calidad y preparo unas albóndigas al vapor para mí, y para él uso carne de cerdo pasada y le añado especias, que ni se da cuenta. Para él, compro macarrones de los baratos que no cuestan ni un euro, y para mí siempre elijo pasta de trigo duro.
No considero que lo que hago sea malo, no creo que esté obrando mal. Si quiere comer bien, que se busque trabajo y no se dedique sólo a descansar. A nuestra edad, sería una tontería divorciarnos; después de toda una vida juntos, tenemos la casa en Alcalá de Henares, ¿para qué venderla y repartir el dinero a estas alturas?






