Unos conocidos se ofrecieron a acompañarnos en nuestro coche, prometiendo compartir gastos. Al llegar dijeron: «Si al fin y al cabo ibais a ir igual»

Life Lessons

Todo comenzó como la preparación típica de unas vacaciones de verano. Mi mujer y yo, nuestro fiel SUV, una ruta de más de mil kilómetros hacia el sur y esa dulce sensación de libertad que da ir por carretera. Siempre hemos preferido viajar en coche: puedes parar cuando te apetece, ir a tu ritmo, cambiar de plan sobre la marcha Nada de horarios de tren, niños llorando en el compartimento de al lado ni vuelos retrasados.

Pero esta vez cometimos el error de mencionar nuestros planes delante de otros.

Fue durante una cena con amigos en Madrid, en una de esas reuniones con gente variopinta, cuando, sin pensarlo, conté que en dos semanas nos íbamos al sur con nuestro coche.

¿Ah, sí? ¿Qué días? preguntó enseguida la pareja que teníamos enfrente.

Eran Sergio y Carmen. No eran amigos íntimos, solo conocidos de amistades comunes.

Salimos el quince respondí, sin darme cuenta de lo que iba a venir.

¡Nos viene de perlas! exclamó Sergio, apartando la copa. Nosotros tenemos vacaciones desde el dieciséis. Queríamos ir en tren, pero ya no quedan plazas decentes. ¿Por qué no vamos con vosotros? Compartimos gasolina y así es más divertido. Os prometemos que somos tranquilos, sin líos.

Miré a mi mujer, Victoria, y su mirada solo decía ni pensarlo. Intenté excusarme diciendo que el coche iba lleno y que solemos parar a menudo.

Por favor, solo llevamos una maleta entre los dos insistió Sergio. Y encima nos ahorramos un buen pico. Ahora la gasolina está por las nubes Echadnos una mano, que no somos desconocidos.

Cedimos. El argumento del ahorro nos convenció y también estaba ese pudor de negar la ayuda cara a cara. Una debilidad que nos terminó costando dos semanas de incomodidad.

Si quieres evitar problemas, no hagas favores a medias
Quedamos en que pasarían por nuestro portal a las cinco de la madrugada. Victoria y yo salimos puntuales, el maletero perfectamente ordenado: nuestras mochilas, agua, herramientas, mantas. Sergio y Carmen llegaron casi cuarenta minutos tarde.

El taxi ha tardado mucho soltó Carmen, sin molestarse en disculparse, arrastrando una maleta del tamaño de una lavadora y varios bolsos llenos de comida.

Habíamos quedado en llevar lo justo dije ya algo molesto.

¡Es que Carmen es muy de cambiarse de ropa! se rió Sergio.

Nos tocó jugar a las piezas moviendo todo para que cupiera su equipaje.

La pesadilla empezó enseguida. A Carmen le daba calor pusimos el aire acondicionado y diez minutos después Sergio se quejaba de frío. Mi música no les gustaba. Y empezaron las paradas: al baño, para un café, que si querían estirar las piernas, o para fumar.

Mi ruta planificada para evitar las obras y atascos desapareció. De las escasas paradas planeadas pasamos a ir como un taxi compartido.

La gota que colmó el vaso fue en una gasolinera.

Llené el depósito, pagué 90 euros, y al volver al coche Sergio estaba ya comiendo un bocadillo.

Bueno, ¿hacemos cuentas? pregunté, esperando que hicieran un bizum.

Va, ya lo sumamos todo al final y lo pagamos, así no estamos con líos de cambio zanjó Sergio.

No me gustó, pero Victoria me susurró: Déjalo, seguro que al final pagan. Así que seguí conduciendo. También tuve que adelantar todos los peajes, ni preguntaron cuánto fue.

Se pasaban el viaje comiendo sus bocadillos, llenando el asiento de migas. Cuando les pedía cuidado, contestaban con una sonrisa: No pasa nada, ya lo limpiarás.

Llegamos de madrugada al apartamento agotados, más por la convivencia que por el viaje.

Solo íbamos en el coche contigo
A la mañana siguiente, después de descansar, coincidimos en la cocina compartida del hostal. Saqué la libretita donde apunté los gastos.

Bueno, gasolina 310 euros, peajes 65. En total 375. Tocan 187,50 por pareja.

Sergio casi se atragantó con el café y Carmen abrió los ojos perpleja.

¿Ciento ochenta y siete euros? ¿En serio? preguntó ella.

En serio. Lo acordamos antes de salir.

Sergio dejó la taza y dijo:

Vamos a ver Tú ibas a hacer ese viaje sí o sí. El coche y la gasolina los ibas a poner igual. Nosotros solo ocupamos hueco. No tiene sentido que paguemos la mitad.

Pero también quedamos en compartir gastos. Aguanté vuestras cosas extra, interrumpí la ruta cada dos por tres mínimo eso os toca respondí, conteniendo el enfado.

¡Exageras! bufó Carmen. Si lo que hicimos fue animar el viaje. Si lo vas a poner tan serio, habríamos buscado un blablacar y listo.

Pues si fuerais con otro conductor, igual os deja tirados por las migas saltó Victoria.

Mira, máximo te damos sesenta euros, como un gesto. Pero pagar la mitad es un disparate, ya teníamos justo el presupuesto.

Me levanté:

Dejadlo, no hace falta ni que me deis nada. Consideradlo un regalo. Pero la vuelta la hacéis por vuestra cuenta.

¿Perdón? Sergio se levantó, indignado. ¡Contábamos con que nos trajeras! ¡Eso lo hablamos!

Lo que hablamos fue compartir gastos. Vosotros no habéis cumplido, así que que tengáis buen viaje de regreso.

Vacaciones por separado y la verdadera lección
El resto de los diez días apenas nos saludamos, aunque estábamos en el mismo pueblo. Un par de veces nos cruzamos en la playa y ni nos miraron.

El día antes de volver, Sergio me escribió: Venga, no seas cabezota. Si quieres, te damos ciento veinte euros por todo y volvemos juntos. No tenemos billete y a Carmen le sientan fatal los autobuses.

No respondí.

Victoria y yo recogimos tranquilos, cargamos el coche, revisamos el nivel de aceite y arrancamos al amanecer. El viaje de vuelta fue un placer: nuestra música, paradas cuando queríamos y ese apreciado silencio.

Más tarde nos enteramos por amigos comunes de que ahora nos ponen de malas personas por dejarles tirados en Andalucía por un par de euros. Ellos acabaron cruzando media península en bus, gastándose más y teniendo un viaje horrible.

Pero nosotros nos llevamos una experiencia valiosa. Ahora, cuando algún conocido nos deja caer un ¿vas para fuera el finde? ¿Me llevas?, siempre contestamos, con educación pero con firmeza: Lo sentimos, preferimos viajar solos.

Y es que a veces un favor mal planteado complica más de lo que ayuda. Aprendimos que poner límites claros y cuidar nuestra tranquilidad también es una forma de respeto.

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