Claudia creció siendo huérfana teniendo a sus padres aún con vida. Si bien de su madre solo sabía por algunas fotografías y esporádicas videollamadas desde el extranjero, su padre vivía justo en el piso de al lado, aunque nunca se involucró en su crianza.
A Claudia siempre le pareció que el hombre evitaba mirarla, como si temiera que le pidiera algo. Antes solía guardarle rencor a su madre por haberla dejado en su afán de buscar la felicidad lejos, pero con el tiempo comenzó a entenderla.
No debe de haber sido fácil criar sola a una niña con solo dieciséis años, menos aún si el padre de la criatura es tu compañero de instituto y vecino de toda la vida.
Por lo menos, su madre, Aurora, tuvo el valor de tenerla. Aunque solo la dejó con los abuelos maternos, Claudia le agradecía haber nacido; nunca habría querido ser una renuncia más en la vida de nadie. No sabía cómo habría sido su vida con una madre que, por lo visto, jamás sintió instinto maternal.
En cambio, la infancia de Claudia fue feliz, llena de cariño y ternura de sus abuelos.
La abuela Carmen y el abuelo José la adoraban, y Aurora, de vez en cuando, enviaba desde Madrid ropa de moda y juguetes que arrasaban entre los niños.
Con el tiempo, Aurora se casó con un francés, y los paquetes y transferencias bancarias se hicieron aún más frecuentes.
A veces, Claudia creía que su madre intentaba redimirse de algún modo. Por sus dieciocho años, incluso mandó suficiente dinero para que el abuelo pudiera comprarle un pequeño piso en Salamanca. Así, cuando arrancasen las clases en la universidad, Claudia no tendría que vivir en una residencia.
Era evidente que Aurora quería que Claudia sintiese que todo aquello sus ausencias, sus envíos, sus gestos era por su bien.
Contra todo pronóstico, y para asombro de sus abuelos, Claudia no guardaba rencor, aunque tampoco sentía calidez especial hacia su madre.
Cuando Aurora volvía en alguno de sus breves viajes, muchas personas las confundían con hermanas, de tan parecidas que eran, y porque Aurora, a sus treinta y cuatro años, aún aparentaba veinticinco.
¿Y bien, Claudita? ¿Por qué no vienes conmigo a Barcelona?, le proponía su madre en uno de esos regresos.
No, aún me queda mucho por estudiar, mamá.
Bueno, sigue así, estudiosa Este es mi número nuevo, llámame si te hace falta dinero, o cualquier cosa, ¿eh?
Gracias, mamá. Ya me has comprado de todo y me has dado suficiente dinero, me bastará por mucho tiempo.
Claudia ni notó cómo a Aurora se le tensaba el gesto al escuchar aquel mamá. Nunca había terminado de sentirse madre, ni siquiera su marido francés sabía de la existencia de Claudia; le decía que ayudaba a sus padres y a una hermana pequeña y jamás mencionó que tenía una hija adulta en España.
Parecía querer a Claudia pero con un afecto distinto, más propio de una pariente lejana.
Pero cuando el marido francés de Aurora la dejó por una compatriota, fue Claudia la primera persona a la que acudió.
Claudia, ¿te importaría si me quedo contigo?
Por supuesto que no contestó. De todos modos pronto me voy a casar, y después de la boda pensábamos irnos a vivir a casa de Diego.
¿Casarte? Pero, ¡si apenas cumpliste los veinte!
¿Pronto? Tú me tuviste con dieciséis pensó para sí Claudia, pero se calló, sin ganas de abrir viejas heridas. Ya era una mujer adulta, capaz de decidir por sí misma cuándo y con quién casarse.
Claudia no podía evitar comparar a los padres de Diego con su madre; los de Diego la habían recibido con los brazos abiertos, mientras Aurora ni siquiera le había preguntado con quién iba a casarse.
Iré a la boda, pero primero necesito descansar, y recuperar un poco de fuerzas. Me voy a Grecia un tiempo anunció Aurora.
Mmm Grecia Debe de ser precioso Diego va a veces por trabajo, incluso se marchó ayer para unas reuniones…
Faltaban apenas unos días para la boda. Claudia estaba exhausta, ocupándose ella sola de todos los preparativos del día más importante de su vida.
Diego se había demorado por obligaciones urgentes y su madre, desde que se había ido, tampoco daba señales de vida. Claudia se sentía sola, pero estaba segura de que Diego se pondría inmensamente feliz al saber que iban a ser padres.
No había sido planeado, pero quedaba tan poco para casarse, que nadie pensaría mal sobre su embarazo.
¡Por fin! Ya pensaba que te habías enamorado de una griega y te habías olvidado de mí bromeó Claudia, al ver llegar a Diego.
¿Qué cosas dices?, mi amor, sabes que no tengo cabeza ni para una aventura
Aunque en el fondo Diego mentía esa vez sí había sucedido.
Aquello fue como una explosión de fuegos artificiales, una conversación confusa, secreta y dolorosa: de repente, apareció Lucía, una chica española a la que Diego había conocido en Atenas.
¿Qué secretos guardáis?, interrumpió Lucía, con voz tensa. Yo voy a ser madre de Diego, se lo dije hace tiempo para que te lo contara
¿Qué dices? balbuceó Claudia.
Sí conocí a Diego en Grecia y pasamos juntos algunas noches. Incluso aquí, poco antes de tu boda Diego, díselo tú, díselo, reconoce cómo fueron las cosas.
¡Fuera los dos de aquí! gritó Claudia, vencida por la rabia y el dolor.
Claudia, perdóname, fue un error atinó a decir Diego.
Error fue querer casarme con alguien capaz de algo así.
Claudia solicitó el divorcio. Jamás consiguió perdonar a Diego y dejó de hablar con su madre.
Regresó al pueblo, al lado de sus abuelos, donde con calma y cariño llevó su embarazo a término y dio a luz a un niño.
De Aurora y Diego nunca volvió a saber ni quiso saber.
Sin embargo, al mes de nacer su hijo, la llamaron desde el hospital de Salamanca:
¿Eres hija de Aurora Mendoza?
Sí, ¿ha pasado algo?
Tu madre ha fallecido en el parto. Ha nacido una niña. Pensamos que tal vez querrías hacerte cargo. Si no, tendremos que llevarla al centro de acogida
¡Iré enseguida! exclamó Claudia temblando.
No podía dejarla en la cuneta, ni aunque lo hubiera querido.
Diego tampoco habría querido saber nada de la niña. Él seguía convencido de que Aurora tenía toda la culpa de sus desgracias.
Pero Claudia entendía que la culpa era de ambos, y que, al final, los hijos no deben pagar los errores de sus padres.
Los hijos son una bendición, su propio milagro, y de la felicidad, como todos sabemos en el fondo, nunca hay demasiada.





