No eres mi esposo, Antonio…
Una anciana se sentaba junto a la cama de su esposo, limpiando su frente ardiente con un paño húmedo.
Antonio, siempre quise confesarte algo, pero no me atrevía. Te engañé, Antonio, no eres mi verdadero esposo.
El anciano abrió los ojos y miró a su mujer con asombro.
No me interrumpas, que si nos despedimos para siempre, al menos me habré arrepentido. ¿Recuerdas cuando, al terminar la guerra, acabaste por casualidad en nuestro pueblo? Yo me quedé petrificada al principio, pero luego te abracé. Que eras igualito que mi marido. A mí me llegó el telegrama de su muerte, pero apareciste tú, vivo, y pensé que se habían equivocado en las cartas y mi esposo volvía a mí. Me lancé a tus brazos, aunque de inmediato me di cuenta que me había confundido. Me puse colorada y te pedí disculpas. Te dejé quedarte en el pajar aquella noche.
A la mañana siguiente intentaste arreglar la puerta del pajar y una viga te cayó encima. Yo ya pensaba que iba a tener que enterrarte también. Pero vi que respirabas, y supe que estabas vivo. Llamé al médico y me dijo que eras fuerte, que solo te había afectado un poco la memoria. Ahí decidí decirte que eras mi marido. Hombre apuesto y robusto, y yo, tras la guerra, no podía sola con dos hijos. Te lo dije y tú me creíste. Luego la conciencia me martirizaba, pero nos acostumbramos, nos enamoramos, y no quise cambiar nada. Ahora te lo confieso, porque toda la vida decidí por ti. Quizá tu destino hubiera sido otro…
Antonio escuchaba en silencio… Y de pronto se echó a reír.
¡Qué ocurrencias tienes, anciana! ¿Para qué querría otra vida? Si siempre te he querido. Llegué a tu pueblo por casualidad, sí, pero cuando te vi me enamoré enseguida y no sabía cómo acercarme. Decidí ayudarte con las cosas de la casa, a ver si te fijabas y me dejabas quedarme, pero luego esa viga me golpeó y todo se volvió oscuro. Cuando desperté, ahí estabas tú y el médico. Le pedí que fingiera un poco sobre mi amnesia para poder quedarme en tu casa. Y tú me sorprendiste, reconociéndome como tu marido, y me alegré porque no tendría que inventarme nada.
¡Vaya, qué listo eres! sonrió la anciana. ¿No podías haberlo dicho antes? Así hubiese reído yo contigo.
Quise, pero nunca había tiempo. Primero criamos a los mayores, luego tuvimos tres más… sonrió el esposo con su bigote. Toda la vida llevamos estos secretos terribles, y resultan no ser secretos en absoluto.
Al menos ahora lo sabemos, que si contamos esto a los ángeles guardianes se reirán de nosotros dijo la anciana. Pero no te vayas, Antonio, no me dejes sola. Yo no sabría vivir sin ti.
No seas llorona, mujer, todo irá bien la animó Antonio. Ya basta de estar aquí, ve a acostarte. La madrugada trae buenos consejos.
Se acostaron, pero ella no logró dormir tranquila. Seguramente los pensamientos tristes revoloteaban en su cabeza plateada e impedían el descanso. Al amanecer, despertó antes que el sol. La cama de Antonio estaba vacía. El corazón se le encogió con temor. Miró al patio y allí estaba él, sentado en el porche, fumando un cigarro. Respiró hondo. Esta vez la Parca pasó de largo, así que aún les quedaba tiempo para seguir juntos, compartiendo sus días y sus secretos.




